Princess Darkness

Maurin El Circo

En la ciudad había anuncios por todos lados: la llegada de un circo tradicional con un toque oscuro. Darkness había escuchado que ahí tocaba una violinista gótica que interpretaba el violín de forma sublime, y que lo mejor de sus espectáculos eran los números aéreos. Para tranquilizar a Calavera, lo llamó y lo invitó:

—Llegó un circo, se presentará esta semana, acompáñame. Vi en internet unos videos y se ve interesante —le dijo.—

—No lo sé, no me atraen los colores de los circos —respondió él.—

Darkness intentaba convencerlo; en parte sabía que no aceptaría por lo que había pasado en la mansión.

—Vamos, acompáñame, no quiero ir sola —insistió.—

Calavera recordaba cómo lo había tratado.

—Vamos, pero te advierto: si no me gusta, me regreso y te quedas sola —concluyó.—

Darkness aceptó; tampoco tenía otra opción. Pasó por él en su auto, el cual se acababa de comprar. Calavera se quedó sorprendido, pues no sabía que Darkness manejaba.

Primero salieron hacia Puerta de Hierro, en Zapopan. El contraste fue inmediato. Al bajar del auto, el sol de la tarde rebotaba contra las enormes fachadas de cristal de las plazas comerciales y las torres residenciales de lujo; un entorno de mármol pulido y guardias de seguridad privada que desentonaba por completo con sus ropas oscuras. Caminaron a paso rápido entre la gente que cargaba bolsas de diseñador hasta llegar a la librería exclusiva del complejo.

El lugar era minimalista, iluminado con luces blancas y estridentes. Al fondo, sobre una mesa de novedades, un exhibidor de terciopelo negro vacío confirmaba las sospechas: el cartel anunciaba la edición limitada del libro gótico, pero ya no quedaba un solo ejemplar. Darkness apretó los puños, frustrada, mientras el empleado de la caja simplemente se encogió de hombros, ajeno a la importancia de la pérdida. Calavera observó la repisa vacía con indiferencia, cruzándose de brazos, impaciente por salir de ese entorno tan comercial que le resultaba ajeno y molesto.

Sin perder más tiempo, regresaron al auto. El Circo del Lobo estaba en Tlaquepaque, justo al otro extremo. Tenían una hora para platicar, pero Darkness solo puso música; el tráfico de la avenida era un caos total de cláxones, luces rojas de frenado y motores encendidos. Sin embargo, las notas de la música clásica que salían de las bocinas nuevas del auto aislaban el habitáculo del ruido exterior, calmando el ambiente. Avanzaban a vuelta de rueda, pero iban con excelente tiempo.

Calavera rompió el silencio:

—Dices que no soy un gótico de verdad, ¿por qué no me ayudas y me muestras cómo es un gótico real? —preguntó.—

Darkness respondió:

—Es natural, los muertos no se levantan de las sepulturas para enseñarnos. Alguien que quiere pertenecer o tener su identidad tiene que conocer la historia, las verdaderas raíces —le contestó.—

—Enséñame las raíces, entonces —replicó Calavera.—

Pensaba en libros de manual; no le gustaba la lectura, pero lo iba a intentar mientras el tiempo pasaba y el tráfico se acumulaba.

—Dime qué libros comprar para estudiar los cimientos del gótico —pidió.—

—No es así. Cuando vayas a la mansión te muestro lo que se tiene que saber, están impregnados en los cuadros que te relatan la historia. Pero cambiemos de tema, ¿por qué no te gustan los circos? —añadió Darkness.—

—Solo payasos ridículos hay ahí adentro, no me atraen —respondió.—

—Es verdad —dijo Darkness—, pero este circo tiene un toque especial: una gótica tocando el violín con 16 años. Su manera de tocar, con una seriedad... se siente la música —concluyó.—

A lo lejos se veían las carpas, el ambiente ya se notaba a circo: niños con pelucas de payasos, narices rojas y caras pintadas. Se bajaron del auto y se encontraron con un bufón amargado y gritón que estaba regañando a un payaso porque su ropa estaba algo arrugada; un mimo estaba a su lado respaldándolo. No le tomaron importancia, era parte del trabajo.

Pasaron a ver los animales: leones, tigres y un perro que andaba por todo el circo libre. Calavera lo vio y le dijo a Darkness:

—Mira, se llama Ejecutor, eso dice en su collar.—

—Ejecutor, bonito nombre para un amigo fiel —dijo ella.—

Entre los animales estaba una serpiente. Calavera, riéndose, le dijo:

—¿Qué haces encerrada en una caja de cristal?—

Darkness no contuvo la risa:

—Deja que vea un chango y te diré lo mismo.—

Un arlequín gritó:

—¡Primera llamada, primera llamada!—

Todos pasaron a la segunda carpa. Compraron chucherías y tomaron sus asientos en las gradas de madera. Pasó la segunda llamada y también la tercera.

Las luces de la carpa se apagaron en seco. El murmullo del público se detuvo. Un reflector blanco apuntó directo al centro de la pista e iluminó a Maurín. El arco golpeó las cuerdas del violín con fuerza, soltando las primeras notas. De inmediato, los focos del escenario cambiaron a un tono rojo oscuro y la banda del circo entró al unísono, subiendo el volumen de golpe.

Así empezaba la función. Mientras la música sonaba, los trapecistas se soltaron desde las plataformas superiores, cruzando el aire a varios metros de altura. Abajo, el público seguía el movimiento con la cabeza levantada. Calavera permanecía con los brazos cruzados y la espalda rígida contra el asiento. La presentación de la chica gótica no captó su atención; la combinación de luces brillantes y el vestuario le quitaba seriedad a la melodía.

Los reflectores principales se encendieron por completo. El presentador caminó hacia el centro de la pista con el micrófono y anunció el intermedio. La gente comenzó a levantarse de sus lugares. Calavera, fastidiado por el ruido, miró a Darkness de reojo, se puso de pie y caminó hacia la salida sin decir una palabra, dejándola sola en la grada.

Pero Darkness se quedó, en el intermedio, y al final, los payasos y los demás interactuaban con el público, Darkness se acercó y se presentó con la violinista Maurín.




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