Putengers. La niña, el dragón y la Musa del Destino.

PÉTALO I

En un día tranquilo, los alumnos de la prestigiosa Escuela Imperial de Verayork eran guiados celosamente por sus tutores a través del Museo de los Héroes. Los guardias, un elfo solemne y un valiente asgardiano, resguardaban los pasillos. Era un recinto majestuoso, con un suelo de mármol café tan pulido que reflejaba los pasos, y paredes donde se exhibían las odiseas de un mundo salvado en múltiples ocasiones. Los periódicos enmarcados relataban hazañas imposibles; los restos de armaduras de combate descansaban en vitrinas blindadas, y óleos pintados por un tal Gianluigi recreaban a los ídolos en su máximo apogeo.
Al salir de la galería principal, el grupo fue conducido al jardín de rosas azules. En el centro exacto, una estatua de oro macizo rendía homenaje a la primera generación de héroes.
Una niña llamada Ximena, de piel morena, cabello lacio y ojos oscuros y brillantes, quedó hipnotizada. Una pequeña sonrisa se asomó a sus labios mientras leía las placas.
-Pendehulk, el héroe de iones... Piñaman, el cruzado de los mil años... Maderaman, el títere tecnológico... Parasyde, el héroe simbiótico... Corazón Salvaje, la voz de la naturaleza... Ethan Storm, el legendario héroe mestizo... -susurró para sí misma. Su imaginación comenzó a recrear todos los escenarios épicos que alguna vez había escuchado; las historias que le contaban su madre, su abuelo y los vecinos del barrio.
De pronto, todo su mundo de fantasía se vino abajo cuando uno de sus compañeros la empujó violentamente por la espalda.
-Hazte a un lado, plebeya -siseó un niño rubio de ojos azules-. ¡O haré que mi padre despida a tu madre!
Ximena trastabilló, pero logró mantenerse en pie. Lo miró con la voz baja y contenida.
-Mi mamá no trabaja para tu papá...
El chico germánico ni siquiera se molestó en devolverle la mirada. El maestro a cargo del grupo se acercó, exhaló un suspiro de infinita pereza y murmuró.
-Joven Franz, está mal empujar a sus compañeros.
El llamado Franz sonrió. Era una satisfacción cruel que caló en los huesos de Ximena.
Una chiquilla de piel blanca como la nieve y cabello platinado, con un acento extranjero muy marcado, Rika se cruzó de brazos.
-Señor, intente no molestarnos con trivialidades, por favor.
Un joven de apellido Bonaparte se unió al coro de burlas.
-Si tuviéramos que adivinar, es muy probable que ella conociera el calzado apenas el día que comenzó a convivir con nosotros.
Ximena chasqueó la lengua en silencio. De reojo, miró a su tutor, esperando alguna defensa, pero el adulto simplemente bajó la mirada y guardó silencio.
Derrotada, la niña observó sus propios zapatos, los cuales su madre había pulido con tanto esmero esa mañana. Los chicos ricos, luciendo impecables con sus blazers oscuros y el parche
imperial bordado en el hombro, continuaron con sus risas y juegos exclusivistas. Ximena apretó los puños contra el filo de su falda. Se miró a sí misma: llevaba el mismo blazer, el mismo parche.
"Si pudiera lanzar rayos por los ojos, se lo pensarían dos veces antes de criticarme", pensó con amargura.
Una nube se apartó en el cielo y un destello dorado rebotó desde la estatua directamente hacia sus ojos. Ximena parpadeó y, al mirar a los héroes de metal, sonrió levemente.
-Ustedes no permitirían nada de esto, ¿verdad?
Al momento de la salida, los estudiantes pasaron frente a la enorme tienda de recuerdos. Ximena suspiró con resignación. Se quedó apartada, viendo cómo sus compañeros pagaban estatuillas y pósters utilizando dispositivos de luz sólida de última generación. Los sonidos de las compras confirmadas de las compras eran una ridícula sinfonía de clase social.
De repente, una voz suave, casi maternal, la hizo reaccionar.
-Oye, pequeña... ¿Quieres llevarte algo?
Ximena se giró. Era una mujer de figura despampanante, de piel canela y un cabello oscuro que caía en cascadas onduladas. Sus ojos avellana la miraban con curiosidad, y poseía unas orejas largas muy puntiagudas que le daban un aire irreal, como si acabara de salir del reino de los elfos.
Ximena sacudió la cabeza con timidez, encogiéndose de hombros.
La mujer sonrió, abrió un bolso de diseñador y sacó una tarjeta holográfica edición especial de Pendehulk. Se la tendió.
-Yo también asistí a la Escuela Imperial -dijo la chica mestiza-. Sé que es un ambiente muy exigente, así que no te rindas.
Ximena tomó un mechón de su propio cabello y lo retorció con nerviosismo.
-No la entiendo...
La mujer le regaló una sonrisa tan deslumbrante que parecía capaz de detener el tráfico.

-Si lograste entrar ahí, es porque eres tan buena como cualquiera de tus compañeros. Debes tener un potencial enorme.
La niña levantó la vista y observó los detalles de la extraña mujer: la falda corta, elegante, la blusa blanca con pliegues perfectos, además llevaba unos anteojos personalizados que le daban un toque analítico.
Fue entonces cuando notó el caos a su alrededor. Sus compañeros, al salir con sus bolsas de recuerdos, se habían quedado petrificados. A varios se les cayeron las cosas al suelo. El tutor con alopecia se adelantó, inclinó la cabeza hasta casi tocar el piso y tartamudeó.
-Es... es un honor, señorita Lilia Storm.
Ximena miró a los niños ricos y luego a la mujer frente a ella. "Storm... ¿Dónde escuché ese apellido antes?"
Franz, el niño germano, tragó saliva, pálido como un fantasma.
-Schwein -susurró-. Ella es la dueña del museo... la heredera de la fortuna Storm. ¡Agacha la cabeza, estúpida!
El pánico se apoderó de Ximena. Un sudor frío le recorrió la nuca. "¡La nieta del héroe de iones, la hija del héroe mestizo!", gritó su mente. Las piernas le temblaron de puro terror. "Si ella quisiera, podría destruir hasta el último átomo de mi ser por atreverme a hablarle. ¡Qué miedo!"
Sin embargo, Lilia solo soltó una risita cálida y le acarició la cabeza con suavidad. Parecía que pudo leer su mente.
-Te pareces a mis hermanos pequeños.
Acto seguido, Lilia se giró hacia el resto del grupo y, con una elegante reverencia, se despidió.
-Niños, gracias por pasar a ver los recuerdos de los héroes del pasado.
El hechizo de terror se rompió y todos los alumnos salieron corriendo a rodearla. Hubo gritos, empujones y un aluvión de preguntas. Las niñas querían saber su rutina de belleza; los chicos le exigían que mostrara sus poderes.
Aprovechando el alboroto, Ximena se alejó en silencio. Le dio la vuelta a la tarjeta holográfica y descubrió que estaba autografiada. Con un cuidado religioso, guardó su nuevo tesoro entre las páginas de su libro de texto.
Mientras caminaban hacia la salida del recinto, un chico de cabello oscuro resopló con cinismo.
-Mi papá dice que todo este lugar es pura propaganda del Estado. Que los villanos son fabricados por los mismos héroes para mantenernos controlados.
Una chica de cabello rizado asintió enérgicamente.
-Así es. El mío dice que son unos fascistas.
-¿Fascistas? -murmuró Ximena en la distancia, saboreando la palabra desconocida.
De pronto, desde algún lugar en lo alto, una pequeña piedra verde y traslúcida cayó en picada y la golpeó directamente en la cabeza.
El impacto seco la hizo tropezar y caer de rodillas. Ximena se frotó el cráneo, sorprendida, y miró a todos lados buscando a su agresor. El tutor pasó caminando a su lado, arrastrando los pies.
-Niños, no le lancen piedras a su compañera, por favor -dijo el hombre, sin ninguna convicción.
Ximena encontró la piedra en el suelo. Al recogerla, notó que era genuinamente hermosa, tallada con grabados profundos en un idioma que no lograba comprender. Encogiéndose de hombros, se levantó, limpió el polvo de sus rodillas y siguió al grupo, guardando la extraña gema en el bolsillo de su falda.




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