La Torre Sur tenía un secreto que ni siquiera el Rey Alfa conocía.
Detrás de la biblioteca vieja, había una puerta pequeña que nadie usaba. Llevaba a los antiguos túneles de servicio que conectaban todas las torres. Elara los había encontrado cuando la castigaron a limpiar la biblioteca durante una semana entera por ser una Sin Lobo.
Yo lo supe por su diario. Sí, lo encontré. No debajo del colchón, donde todos buscarían. Elara era más lista. Lo escondió dentro de la pared falsa detrás del espejo roto del baño del ático. Un lugar que solo una chica de 170 cm que se agachaba para llorar vería.
El diario no era un diario bonito. Era un cuaderno de hechizos barato, con manchas de acónito seco. Su letra temblaba en las últimas páginas.
La primera entrada era de hace un año y tres meses. Llena de esperanza.
"Día 1 en Black Moon. Me dijeron que ninguna Sin Lobo había entrado antes que yo. Todos me miran raro. Dicen que soy defectuosa. Que no tengo lobo. Pero les voy a demostrar que una Sin Lobo puede ser útil. Quiero ser sanadora como la Profesora Lyra. Ella fue la única que me sonrió hoy."
Pasé las páginas rápido. Dibujos de plantas, notas de clases de herbología, cómo el acónito en dosis pequeñas podía curar la fiebre de los cachorros lobo. Elara realmente quería ser útil.
Luego, en el mes tres, la letra cambió. Más pequeña. Más asustada.
"Hoy Selene me llamó basura frente a toda la clase de Combate. Dijo que mi uniforme gris apesta. Que los Sin Lobo deberían limpiar los baños de los Alfa, no estudiar con ellos. Le dije que no. Me empujó. Me caí y me rompí la rodilla. El profesor Beta vio todo y no hizo nada. Dijo que fue un accidente. Siempre dicen que fue un accidente."
Mes cuatro.
"Me quitaron mi comida en el comedor. Los chicos de Bloodhowl. Dijeron que los Sin Lobo no necesitan tanta proteína porque no tienen lobo que alimentar. Me escondí en el baño a comer pan duro que guardé. Escuché a Selene hablando con sus amigas. Dijo que el Rey Alfa Orion nunca me miraría porque soy una Sin Lobo. Que debería irme antes de que me pase algo malo en la iniciación. Tengo miedo."
Mes cinco. La última semana antes de su muerte.
"Hoy fue lo peor. Me llamaron a la oficina del Director. Dijeron que para graduarme del primer año, todos los estudiantes deben pasar por la Cámara de Acónito. Es tradición. Inhalar gas de acónito durante tres minutos y dejar que tu lobo luche contra el veneno. Si tu lobo es fuerte, sobrevives. Si no..."
"Yo no tengo lobo. Se lo dije al Director. Me dijo que no me preocupe, que sería una dosis muy pequeña, solo simbólica, porque soy Sin Lobo. Que la Profesora Lyra estaría allí para sanarme. Me dio un papel para firmar. Consentimiento de iniciación. Lo firmé. Quería quedarme."
"Pero después, Selene y dos chicos Alfa me siguieron hasta el ático. No fue la dosis pequeña. Me golpearon aquí, en mi habitación. Me patearon las costillas. Dijeron que esto era para enseñarme cuál es mi lugar. Que mañana en la Cámara me enseñarían la lección final. Que nadie lloraría por una Sin Lobo. Que escribirían en mi informe que fue un triste accidente porque mis pulmones de Sin Lobo no pudieron soportar el acónito. Dijeron que el Rey Alfa ya firmó el permiso, así que a nadie le importaría."
"Si estás leyendo esto, por favor, no lo dejes como accidente. No fue accidente. Fue asesinato. Y la líder fue Selene Blackwood de Bloodhowl. No confíes en ella. Ni en la Torre Norte."
La última página tenía una mancha de sangre seca. De ese día. Del día que la golpearon en el ático antes de llevarla a la Cámara.
Cerré el diario. Mis manos, que habían vivido quinientos años y habían visto imperios caer, temblaban. No de miedo. De rabia. Una rabia fría que hacía que mi Disfraz Perfecto casi se rompiera y mis ojos quisieran volverse rojo sangre.
Elara no murió por ser débil. Murió porque fue valiente y se negó a limpiar baños.
Esa misma noche, no dormí. A las tres de la mañana, cuando incluso los lobos de la Torre Norte dormían profundamente, salí del ático. No por la puerta. Por la ventana. Salté. Tres pisos. Caí sin hacer ruido. Daywalker. Mis huesos no se rompen como los de los humanos.
Fui directo a la Cámara de Acónito. Estaba en el sótano de la Academia, sellada con cadenas de plata y hechizos. Solo los Alfa de último año podían abrirla.
Puse mi mano sobre la cadena. No usé fuerza bruta. Usé Blood Manipulation. Sentí la sangre del último guardia que tocó esa cadena hace un día. Usé su rastro para deshacer el hechizo. La cadena cayó al suelo sin ruido.
La cámara era pequeña, de piedra negra, con un solo asiento de hierro en el centro y agujeros en la pared por donde salía el gas morado del acónito. El olor aún estaba allí, un año después. Dulce y mortal.
Me senté en el asiento donde Elara murió. Donde la obligaron a sentarse. Cerré los ojos e inhalé. El poco gas que quedaba en la piedra entró en mis pulmones.
Para cualquier lobo, incluso un Alfa, ese gas quema. Para un Sin Lobo, es muerte segura porque no hay lobo que filtre el veneno. Para mí, una Reina Vampira Sangre Pura, era como inhalar polvo.
Pero pude verlo. En mi mente, vi su último minuto. No con magia, con mi poder de sangre. La sangre seca en esa silla me habló.
Elara tosiendo. Selene riendo, sosteniendo la palanca del gas más tiempo de los tres minutos. Dos minutos extra. Cinco minutos en total. Elara gritando que no podía respirar. Selene diciendo: "Vamos, Sin Lobo, usa a tu lobo inexistente para salvarte. Oh, espera, no tienes."
Fue entonces cuando escuché pasos detrás de mí. No eran pasos de guardia. Eran pasos pesados, regulares, que hacían vibrar el suelo de mármol incluso en el sótano.
Orion.
No tuve tiempo de esconder el diario. Estaba en mi regazo.
La puerta de la Cámara se abrió de golpe. No la rompió el viento. La rompió él.
Orion Blackwood estaba allí, sin camisa, solo con pantalones de dormir negros, el cabello negro despeinado, como si acabara de levantarse y correr. Su pecho musculoso subía y bajaba rápido. Sus ojos azul hielo, que siempre eran fríos, ahora estaban encendidos, salvajes, llenos de algo que no era ira.