El Diario no me dejó dormir.
No era solo un libro. Era un latido. Desde que lo toqué en la biblioteca prohibida, sentía su pulso bajo mi almohada, como si alguien respirara dentro de mi habitación.
_No confíes en los lobos. Sobre todo en él._
¿En él? ¿Kael?
Pasé toda la noche mirando el techo de piedra de la Academia Black Moon. Afuera, la luna estaba tan roja que parecía una herida abierta en el cielo. Los lobos aullaban. No era un aullido normal. Era un llamado.
Hoy era mi primera Cacería. Y yo, Serra, la única vampira de toda la academia, tenía que sobrevivir.
Me vestí con el uniforme negro de cuero. Me quedaba grande. Mis colmillos picaban por la ansiedad, llevaba tres días sin sangre para no perder el control.
Tocaron la puerta. Fuerte. Sin permiso.
Era Kael. Sin chaqueta, solo una camiseta negra pegada al cuerpo, mojado por la lluvia. Sus ojos amarillos de lobo ardían. Olía a bosque, a tormenta, a peligro.
"¿Leíste el diario, Serra?" dijo sin rodeos.
Me quedé helada. ¿Cómo lo sabía?
"No sé de qué hablas," mentí, abrazando el libro contra mi pecho.
Se acercó. Cada paso suyo hacía que el aire se hiciera más denso. No me tocó, pero se inclinó lo suficiente para que sintiera su calor. Los lobos son hornos andantes, y yo estaba helada desde que nací.
"Hueles a secretos viejos. Y a miedo," susurró. "El Diario de la Primera Reina. Creí que se había perdido hace cien años. Mi madre me habló de él."
"¿Tu madre? ¿La directora?"
"Exacto. Si ella sabe que lo tienes, te expulsará. O algo peor," continuó. Sus ojos bajaron a mis labios. "La Primera Reina era como tú. Una vampira en una escuela de lobos. Y terminó muerta. Asesinada por el Alfa de su generación."
Sentí un escalofrío.
"¿Me estás amenazando?"
Kael sonrió. No fue una sonrisa amable. Fue la sonrisa de un depredador que por fin acorrala a su presa favorita.
"Te estoy salvando, princesita. Esta noche, en la Cacería, todos van a ir por ti. Eres la diferente. La sangre nueva. Los lobos jóvenes no saben controlarse cuando huelen a una vampira con miedo."
Me tomó la muñeca. Su mano era enorme y caliente. En el momento en que su piel tocó la mía, algo pasó. Una chispa. No, un incendio. Vi, por una fracción de segundo, no esta habitación, sino otra. Un bosque nevado. Yo, con un vestido rojo. Él, con ojos de lobo, abrazándome por detrás.
Retiré la mano como si me hubiera quemado.
"¿Qué fue eso?"
Él también parecía confundido.
"El Vínculo," dijo en voz baja. "No... no puede ser."
Un cuerno sonó a lo lejos. Grave y profundo. La señal de que la Cacería comenzaba.
"Quédate detrás de mí esta noche. No importa lo que veas, no te separes de mí. ¿Entendido?" dijo Kael, volviendo a ser duro.
"No necesito que un perro me cuide," espeté.
Se rió. "No soy un perro, Serra. Soy el lobo que va a decidir si vives o mueres esta noche."
Salimos. El patio era un caos de estudiantes transformados a medias, ojos brillantes, garras afuera. Cuando aparecí yo, todos se giraron. El murmullo se cortó. Ciento veinte lobos mirándome. A la intrusa.
La directora, una mujer altísima de pelo plateado y ojos idénticos a los de Kael, gritó desde el balcón: "¡Corran, cachorros! ¡Que el bosque elija a los fuertes!"
Las puertas del bosque se abrieron. Y corrimos.
No, ellos corrieron. Yo intenté seguir el ritmo, pero mis botas se hundían en el barro. En cinco minutos, me había perdido.
El bosque de las Sombras no era un bosque. Era una boca. Los árboles se movían aunque no había viento. Susurraban mi nombre. _Serra... Serra..._
Entonces los sentí. Tres lobos. Jaxon y sus amigos, los que me tiraban sangre de animal en la comida.
"Se perdió la reinita vampira," dijo uno, ya con el hocico de lobo.
"Huele delicioso cuando tiene miedo," dijo el otro.
Mi espalda chocó contra un árbol enorme. Saqué una estaca pequeña de madera que había robado.
Se rieron.
Fue entonces cuando un aullido partió la noche. No era un aullido cualquiera. Era una orden de Alfa.
Un borrón negro y plateado saltó entre nosotros. Gigante. Un lobo del tamaño de un caballo, de pelaje negro como la noche con una raya plateada en el lomo.
Kael. Transformado.
No luchó. Destrozó. Con un solo zarpazo mandó a uno contra un árbol. Al otro lo agarró del cuello y lo lanzó lejos. El tercero huyó llorando.
El lobo se giró hacia mí. Tenía sangre en el hocico. Debería haber tenido miedo. Pero no corrí. Me acerqué. Puse una mano temblorosa sobre su cabeza enorme. Su pelaje era áspero y caliente.
"Gracias," susurré.
El lobo cerró los ojos y empujó su cabeza contra mi mano. Un gesto sumiso. Imposible. Un Alfa nunca se somete.
En ese instante, bajo la luna roja, entendí lo que el Diario quería decir. No confíes en los lobos. Sobre todo en él. Porque él no iba a ser mi asesino. Iba a ser mi condena.
El lobo volvió a ser Kael, jadeando, desnudo de la cintura para arriba, cubierto de barro y sangre. Me miró como si yo fuera lo único real en todo ese bosque.
"Ya te dije que te quedarás detrás de mí," dijo, pero su voz ya no era dura. Era necesitada.
Y sin pensarlo, me puse de puntillas y lo besé. Sabía a sangre, a lluvia y a luna.