El frío de la biblioteca prohibida se me metía hasta los huesos, pero no era el frío del invierno. Era algo más antiguo. Algo que vivía en las piedras.
Sostenía la carta de Black Moon con tanta fuerza que el papel temblaba en mis manos. Las palabras de mi madre seguían quemando mis ojos. No confíes en ningún lobo. Y sobre todo, no confíes en él.
¿En él quién?
La puerta de roble se cerró de golpe detrás de mí. No la había tocado.
Sabía que vendrías aquí, dijo una voz grave desde las sombras.
Me giré. Era él. Kael. El Alfa de la Academia. El heredero de Black Moon. El chico que todo el mundo adoraba y que yo había jurado odiar desde el primer día que pisé este lugar.
Llevaba el uniforme desabrochado, el cabello oscuro revuelto como si acabara de pelearse con alguien. Sus ojos dorados brillaban en la oscuridad, y no era un brillo normal. Era el brillo de su lobo.
¿Me estás siguiendo ahora? pregunté, intentando que mi voz sonara firme. No lo logré. Sonó como un susurro asustado.
Te estoy protegiendo, respondió, acercándose un paso. Cada paso que él daba, yo retrocedía uno. Hasta que mi espalda chocó contra la estantería más alta. Los libros antiguos temblaron. Este lugar está prohibido para los de primer año. Sobre todo para ti.
¿Para mí? ¿Porque soy una vampira?
Él sonrió, pero no fue una sonrisa amable. Fue una sonrisa llena de dolor.
Porque eres la Reina.
El aire se me fue de los pulmones.
Nadie lo sabía. Nadie en esta academia sabía que yo era Elara Nocturne, la última heredera del linaje de la Reina Vampira. Para todos yo era solo Elara, la chica rara, la pálida, la que no podía salir al sol sin quemarse.
¿Cómo?
Tu sangre. Sus ojos bajaron a mi cuello, donde mi pulso latía descontrolado. La huelo desde el primer día que entraste por esa puerta. Todos los lobos la huelen, Elara. Es dulce. Es poderosa. Es imposible de ignorar. Por eso te odian y te desean al mismo tiempo.
Se acercó más. Demasiado. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, un calor que contrastaba con mi piel fría de vampira. Era el calor de un Alfa. Un calor que prometía protección y destrucción a la vez.
No deberías estar aquí leyendo esas cartas, susurró, y su mano rozó la mía para quitarme el papel. Sus dedos eran calientes. Los míos, hielo. Black Moon no es lo que crees. Mi padre no escribió esa carta para tu madre por amor.
Le arrebaté la carta.
No te atrevas a hablar de mi madre.
Tu madre murió por nuestra culpa, dijo de golpe, y sus ojos se llenaron de una culpa que no entendía. Mi padre la amaba. La amaba de verdad. Y por eso la mataron.
El mundo se detuvo.
¿Qué has dicho?
Kael cerró los ojos como si recordar le doliera físicamente.
Hace diecisiete años, tu madre, la Reina Selene, vino a esta academia buscando alianza. Los vampiros y los lobos llevaban siglos en guerra. Ella quería paz. Mi padre, el Alfa Magnus, la aceptó. Se enamoraron. Nadie debía saberlo. Un hijo entre una vampira y un lobo es una abominación según las leyes antiguas. Es el fin de ambos linajes.
Me apoyé en la estantería porque mis piernas ya no me sostenían.
Estás mintiendo.
Ojalá. Sacó algo de su bolsillo. Era un medallón. Lo abrió. Dentro había un retrato miniatura de una mujer idéntica a mí, pero con ojos más sabios, más tristes. Mi madre. Y a su lado, un lobo negro inmenso. Tu madre estaba embarazada cuando huyó. Mi padre la ayudó a escapar la noche que los Ancianos descubrieron su secreto. Le dio esa carta. Le dijo que se escondiera en el mundo humano. Que nunca volviera.
Las lágrimas quemaban mis ojos. Los vampiros no lloran sangre, pero yo sentía que sí.
Entonces mi padre es...
Magnus Black Moon, asintió Kael, con la voz rota. El Alfa más poderoso que ha tenido esta academia. Mi padre.
No. No podía ser. Eso significaba que...
Somos... mi voz se quebró.
Hermanastros, terminó él la frase que yo no podía pronunciar. Por sangre. Tú eres la hija de la Reina Vampira y del Alfa. Eres las dos cosas, Elara. Por eso tu poder es diferente. Por eso no eres solo vampira. Tu sangre puede controlar a los lobos. Y la sangre de lobo en ti te hace inmune al sol. Eres la profecía. La Reina Vampira en la Academia del Lobo. La que unirá o destruirá ambos mundos.
Me reí. Fue una risa histérica, sin alegría.
Esto es una locura. Es una historia estúpida para...
No pude terminar. Porque en ese momento, la marca que tenía en la muñeca desde que nací, una marca en forma de luna creciente que siempre pensé que era un lunar, empezó a brillar. Un brillo rojo y dorado a la vez. Vampiro y lobo.
Kael la miró y se arrodilló. Literalmente se arrodilló frente a mí en el suelo polvoriento de la biblioteca prohibida.
Lo sabía, susurró, tomando mi mano con una reverencia que me heló la sangre. Cuando te vi en el patio, tu marca me llamó. Mi lobo lo supo antes que yo. Por eso no puedo dejar de seguirte. Por eso no puedo dejar de...
¿De qué?
De quererte, dijo, y levantó la vista. Sus ojos ya no eran dorados. Eran completamente negros, llenos de deseo y de lobo. Y de querer tu sangre al mismo tiempo.
Antes de que pudiera reaccionar, la puerta de la biblioteca volvió a abrirse de golpe, esta vez con violencia.
¡Kael! ¡Sabía que la traerías aquí!
Era la Directora. La temida Directora Ravana, una loba gris de más de cien años. Y detrás de ella, tres lobos guardias con cadenas de plata.
La plata. Mi debilidad.
Elara Nocturne, dijo la Directora, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. O debería decir, Princesa Mestiza. Por fin te encontramos. Llevamos diecisiete años esperando a que tu madre muriera para poder reclamarte.
Kael se levantó de un salto, poniéndose delante de mí. Su cuerpo temblaba, su lobo a punto de transformarse.
No la tocarán, gruñó, y su voz ya no era humana. Era un rugido.