La luz blanca que salió de mi muñeca no se apagó. Creció.
Los tres guardias que me sujetaban soltaron las cadenas de plata como si quemaran. Y quemaban. Pero no por la plata. Por mi luz.
Uno de ellos cayó de rodillas, llevándose las manos a los ojos. El otro aulló, un aullido que no era humano, era el aullido de un lobo herido. La Directora Ravana retrocedió un paso, por primera vez en su vida con miedo en la cara.
Solo Kael no se movió. Seguía delante de mí, como un escudo. Su espalda ancha temblaba, pero no de miedo. De contención. Estaba conteniendo a su propio lobo.
Elara, no mires, me dijo con voz ronca. No dejes que te controle.
Pero ya era tarde. La sangre en mis venas no era solo mía. Era de mi madre, la Reina. Y era de su padre, el Alfa Magnus. Dos sangres que durante siglos se habían odiado, ahora se mezclaban dentro de mí y pedían salir.
Sentí mis colmillos más largos. Sentí mis uñas afiladas. Y sentí algo nuevo en mi espalda, como si algo quisiera rasgar mi piel desde dentro.
¿Qué me está pasando? pregunté, y mi voz sonó doble. Mi voz y otra voz más grave, más antigua.
Estás despertando, dijo Kael sin girarse. Tu parte lobo está despertando. No luches contra ella. Si luchas, te va a doler más.
La Directora se recuperó del deslumbramiento. Su rostro gris se torció de rabia.
¡Es una abominación! ¡Lo ven! ¡Es mitad vampira y mitad lobo! ¡Esa cosa no debería existir! ¡Guardias, atrápenla! ¡Si no podemos controlarla, la mataremos!
Kael giró la cabeza. Sus ojos ya eran completamente dorados, brillando en la oscuridad de la biblioteca.
Inténtenlo.
Fue una sola palabra. Pero dicha por un Alfa, fue una orden. Los guardias dudaron. Su instinto de lobo les decía que obedecieran a su Alfa, pero su miedo a la Directora era más fuerte.
Yo aproveché ese segundo de duda. Me arranqué las cadenas de plata que aún colgaban de mis muñecas. La plata siseó al tocar mi piel, dejando marcas rojas, pero mi luz blanca las curó al instante. La piel se cerró sola.
Me levanté. Mis piernas ya no temblaban.
Déjame ir, Ravana, dije. Y me sorprendí de lo tranquila que sonaba mi voz. No quiero pelear.
La Directora se rió. Una risa seca, sin humor.
Tú no decides, niña. Tu sangre nos pertenece. Desde que tu madre te concibió, le perteneces al Consejo. Eres un arma. Y las armas no deciden. Se usan.
Se acercó a mí, demasiado segura. Extendió su mano, con garras largas y amarillas, hacia mi cuello. Quería mi sangre.
Fue su error.
En el momento en que su garra tocó mi piel, mi marca de luna estalló por segunda vez. Pero esta vez no fue luz. Fue hambre.
Un hambre que nunca había sentido. No era hambre de comida. Era hambre de poder. Hambre de sangre de lobo. Mi parte vampira olió la sangre Alfa de Ravana y la quiso. Toda.
Abrí la boca y mordí.
No su mano. Su antebrazo. Mis colmillos, que ahora eran largos como dagas, se hundieron en su carne gris.
El grito de Ravana fue inhumano. No era un grito de dolor. Era un grito de sorpresa. Nadie, nunca, se había atrevido a morder a la Directora de la Academia del Lobo.
Su sangre entró en mi boca. Era caliente, espesa, amarga. No sabía como la sangre humana que había probado una vez a escondidas. Sabía a bosque, a luna llena, a poder puro. A Alfa.
Y con su sangre, llegaron sus recuerdos.
Vi a mi madre, joven, hermosa, con el vientre abultado, corriendo por este mismo bosque bajo la lluvia. Vi a Magnus Black Moon, el padre de Kael, alto, con ojos dorados como los de su hijo, abrazándola y diciéndole que huyera. Vi a Ravana, más joven, con una daga de plata en la mano, gritando que la mestiza debía morir.
Solté a Ravana y caí al suelo, jadeando. Su sangre me quemaba la garganta, pero me hacía fuerte. Mis ojos, lo sabía, ahora eran completamente blancos.
¿Qué has hecho? susurró Ravana, sujetándose el brazo que sangraba. Su sangre, al tocar el suelo de piedra, humeaba.
He recordado, dije.
Kael me miró, con horror y fascinación mezclados.
Elara, tu boca...
Me toqué los labios. Estaban manchados de sangre negra. Su sangre.
Los guardias por fin reaccionaron. Se lanzaron hacia mí, transformados a medias, con hocicos y garras.
¡No! rugió Kael, y esta vez sí se transformó.
No por completo. Solo a medias, lo suficiente para ser más grande, más rápido, más letal. Su camisa se rasgó, dejando ver un torso cubierto de pelaje negro y músculos que parecían de piedra. Sus ojos eran dos soles dorados. Su aullido hizo temblar los libros de las estanterías.
Se interpuso entre los guardias y yo. De un zarpazo mandó a uno contra la pared. Al otro lo agarró del cuello y lo levantó del suelo.
Ella está bajo mi protección, gruñó, y cada palabra era una orden Alfa que hacía que los lobos más jóvenes quisieran agacharse. Quien la toque, muere.
Ravana, pálida por la pérdida de sangre, se apoyó en una mesa.
Estás cometiendo traición, Kael Black Moon. Tu padre te desheredará. El Consejo te cazará. Por una vampira.
No es una vampira, dijo Kael, aún sosteniendo al guardia en el aire. Es mi hermana. Y es mi...
Se detuvo. No dijo la última palabra. Pero me miró. Y en esa mirada entendí todo. No era solo protección de Alfa a manada. No era solo deber de hermano. Era algo más oscuro, más prohibido que todo lo demás. Algo que ni siquiera él quería nombrar.
La Directora aprovechó que Kael estaba distraído mirándome. Sacó de su cinturón un pequeño frasco de cristal negro. Lo rompió contra el suelo.
Un humo negro, espeso, con olor a azufre, llenó la biblioteca en un segundo.
¡Veneno de lobo! gritó Kael. ¡No respires, Elara!
Pero ya había respirado. El humo se metió en mis pulmones. Mi parte vampira lo rechazó, tosiendo, pero mi parte lobo lo inhaló con ansia. Era veneno hecho para matar lobos. Y yo era mitad lobo.
Caí de rodillas. La luz de mi muñeca empezó a parpadear, como una vela a punto de apagarse. Sentía mis dos sangres peleando dentro de mí. La sangre vampira quería expulsar el veneno. La sangre de lobo lo absorbía y se moría con él.