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Tenía la sospecha de que ese día iba a ser complicado cuando Cloe se negó por tercera vez a dejarle cargar su mochila.
—Puedo sola, mamá.
La pequeña apretó el asa y continuó avanzando por el enorme vestíbulo, arrastrando tras ella la mochila azul que guardaba su concentrador portátil de oxígeno. El tubo transparente salía discretamente de uno de los bolsillos y subía hasta la cánula que rodeaba sus mejillas.
Renata caminó a su lado, conteniendo las ganas de quitársela.
—Solo quería ayudarte.
Llevaba toda la mañana diciéndose que conseguiría ese empleo. Lo había repetido mientras se vestía, mientras preparaba el desayuno de Cloe y nuevamente en el automóvil, después de comprobar que el concentrador portátil tuviera suficiente batería.
—Siempre quieres ayudarme.
El edificio de Grupo Aeris era mucho más impresionante de lo que había imaginado cuando envió su currículum.
—Porque soy tu madre. Viene incluido en el contrato.
Cloe la miró de reojo y continuó caminando despacio a su lado.
—Yo nunca firmé nada.
Renata sonrió a pesar de los nervios. Cloe había heredado de ella la terquedad y, probablemente, también la costumbre de fingir que podía con todo.
Su pequeña no debía acompañarla esa mañana, pero no había tenido alternativa. La mujer que iba a cuidarla canceló apenas unas horas antes y Renata no podía perder la entrevista. El alquiler vencía pronto, los ahorros disminuían demasiado rápido y el nuevo tratamiento recomendado por el neumólogo costaba una cantidad que prefería no recordar.
Llegaron frente a los ascensores y Renata comprobó la hora. Faltaban quince minutos para su entrevista.
—Vamos bien —murmuró.
Cloe la escuchó. —Has mirado la hora seis veces. Mamá, conseguirás el trabajo.
Renata sonrió y sujetó su pequeña mano. —Han sido tres veces. ¿Desde cuándo me cuentas?
—Desde que empezaste a contar mis respiraciones.
La sonrisa de Renata perdió fuerza, Cloe sabía demasiado. Las puertas del ascensor se abrieron y ambas entraron. Renata pulsó el piso treinta y dos mientras su hija acomodaba la pequeña mochila junto a sus piernas.
Estaban a punto de subir cuando una mano apareció entre las puertas, un hombre entró. Renata se hizo a un lado para dejarle espacio y, casi sin darse cuenta, colocó a Cloe entre la pared metálica y su propio cuerpo.
El desconocido era alto, de cabello claro, y llevaba una camisa oscura con las mangas remangadas hasta los antebrazos. No tenía acreditación visible ni cargaba documentos. Parecía demasiado tranquilo para alguien que estuviera llegando al trabajo a esa hora.
Renata dejó de prestarle atención, Cloe no. La niña lo observó durante varios segundos hasta que Renata reconoció esa expresión curiosa que casi siempre terminaba en una pregunta.
—Cloe —advirtió en voz baja.
Su hija fingió no entender mientras el ascensor comenzaba a subir. Consiguió permanecer callada hasta el cuarto piso.
—Disculpe —dijo, inclinándose un poco hacia delante para que él pudiera verla.
El hombre dirigió la mirada hacia ella. —¿Sí?
Renata soltó lentamente el aire. —Cloe, no hables con extraños.
La niña la miró con auténtica confusión. Renata sintió la necesidad de disculparse y habló sin mirar directamente al hombre.
—Disculpe. Mi hija es un poco parlanchina.
—Pero le dije disculpe —protestó Cloe. —Además, mamá, tú acabas de hablarle.
—Sigue siendo un extraño.
El hombre bajó ligeramente la cabeza, intentando ocultar una sonrisa que Renata alcanzó a notar de todas formas.
Cloe aprovechó que todavía tenía su atención. —Solo quería preguntarle si trabaja aquí.
Renata apoyó una mano sobre el hombro de su hija. —Cariño…
—Es una pregunta normal.
El desconocido pareció considerarlo. —Algunas personas aseguran que trabajo bastante.
Cloe frunció el ceño. —Eso significa que sí.
—Eres rápida.
—Tengo ocho años —respondió, como si eso explicara perfectamente su capacidad para llegar a conclusiones. —Mi mamá viene a una entrevista —continuó Cloe.
Renata cerró los ojos durante un instante. —Eso tampoco necesitaba saberlo.
—Pero no es secreto.
El hombre miró brevemente hacia ella. —Entonces espero que le vaya bien.
Renata sostuvo su mirada por solo un segundo. —Gracias.
No agregó nada más. El ascensor continuó subiendo, Cloe jugueteó con el asa de su mochila mientras observaba los números cambiar sobre la puerta.
Todo iba bien hasta que Renata escuchó el primer silbido y su cuerpo se tensó. —Cloe.
La niña respiró otra vez, el sonido se repitió. —Estoy bien, mamá.