Tiempos

3: ¿Quién eres?

Ariana y yo nos conocemos desde que somos niñas.

A los seis años se sentó a mi lado y compartimos nuestra comida, desde ahí nos volvimos inseparables. Tuvimos nuestras peleas y dramas, pero siempre fue la chica que me entendía completamente.

Ella y yo nos comunicábamos con miradas, nos reíamos escandalosamente de tonterías y nos pintábamos las uñas intentando imitar diseños de internet. Ella me mostraba canciones que le gustaban y yo le hablaba de mi serie favorita en ese momento.

Nunca pensé que mi mejor amiga de toda la vida, no estaría conmigo toda la vida.

Cuando entré a la universidad ella empezó a trabajar con su madre en un salón de belleza y poco a poco, nos fuimos distanciando. Ella se enamoró, su novio estaba mucho más presente que yo y cada vez, eran menos los mensajes.

Nos veíamos ocasionalmente, nos hablábamos de vez en cuando y un día, los mensajes dejaron de llegar. Podría culparla a ella o podría culparme a mí, no lo sé.

Ella fue la que dejó de enviarme mensajes y no es que esperara un mensaje diario o que respondiera cada vez que le escribiera pero dos meses pasaron y ni siquiera podía enviar el típico “¿Cómo estás?”.

Así que un día, cansada de su desinterés en nuestra amistad, le envié un mensaje diciéndole que había sido un placer conocerla pero que sin duda nuestra amistad había terminado.

Lo leyó y nunca más contestó.

Te soy honesta, la extraño más de lo que me gustaría admitir y lo hago cada vez que recuerdo nuestros años adolescentes. Los descansos sentadas en el jardín, riéndonos de nada y de todo. Las tardes que salíamos al centro comercial y veíamos ropa que no podíamos comprar. Los sueños que queríamos cumplir. Las promesas que se han perdido.

A veces la recuerdo, en una canción o en una película. La recuerdo también cuando chicas de secundaria se toman fotografías juntas o veo cómo entrelazan los brazos para caminar.

Ariana fue y será, mi única mejor amiga real. Después de ella, tuve miedo a dejar entrar personas a mi vida porque todas se van, dudé si la amistad puede existir y si existía, no era para mí.

Pero ahora, aquí está, un mensaje de ella como si nada hubiera pasado. Como si jamás nos hubiéramos separado.

Porque, no lo hemos hecho.

“no quiero ir mañana ayuda”

Sonrío, reteniendo lágrimas en mis ojos. Ese mensaje, tan casual y tan simple.

Le contesto: “yo tampoco”

Porque es algo que diría pero en realidad, sí quiero hacerlo. Ahora sé qué iba a ocurrir en mi primer día, a quién iba a conocer pero en ese momento solo era un año escolar más y ya.

Veo el otro mensaje, uno de alguien más de mi antigua secundaria. Supongo que hablaba con muchas personas que eran mis compañeros y eso era normal. Ahora, en mi presente, mis contactos y conversaciones son menos.

Cuando creces empiezas a perder el contacto con muchas personas, incluso con aquellos con los que estuviste estudiando desde tu niñez.

“Sam”

No recuerdo a ninguna Samantha pero la verdad es que no recuerdo muchas personas de mi pasado. Presiono en la foto de perfil y ahora la recuerdo, Samantha era una chica que me agradaba aunque después de la escuela nunca la volví a ver.

Me respondió con unas caras felices, le envié una imagen con una frase sobre amistad. Arrugo la nariz, recordando que antes era así, intentaba ser amigable todo el tiempo, era el tipo de chicas que enviaba “feliz Navidad” a todos sus contactos y se aseguraba de desear “feliz cumpleaños” a cada persona que conocía.

He cambiado mucho, ahora soy más amargada.

No lo sé, pero crecí y me sentí mal cuando las personas dejaron de contactarme si yo no las contactaba primero. Intentaba convencerme de que solo estaban ocupadas pero con el tiempo, entendí que no era tan relevante en sus vidas.

Supongo que es normal, las personas crecen y te olvidan, es así.

Yo tengo pruebas de ello.

Tomo mi teléfono y salgo de la habitación de nuevo, lista para salir con mamá. Bajo las escaleras otra vez, asegurándome de seguir recordando aspectos de “mi presente”.

Papá me habla desde el sofá. —Adiós, Charlie.

Levanto mi mano. —Adiós, nos vemos.

Salgo al exterior y esto sigue siendo extraño para mí. Primero, está ese árbol al frente que cortaron dos años después que me fui a la universidad. Al frente está la casa de la señora Jakes, quien murió unos meses después que mi abuela.

Eso significa que ella sigue viva, me pregunto si su familia se arrepiente de no pasar tiempo con ella. Bueno, nadie iba a pensar que alguien de sesenta años iba a tener un infarto, aún era joven.

Veo el auto de mamá, supongo que en esta época es “nuevo” porque lo compró el año pasado, pero a mis ojos, se ve como un auto no tan moderno.

Me acerco a la puerta del conductor y entro, respiro profundo, este auto siempre ha olido a algo en específico. No sé cómo describirlo, una mezcla de flores y limpio.

Me abrocho el cinturón pero ahora, un pensamiento cruza mi mente. Aquí no puedo morir, ¿no? Digo, sé que viviré como mínimo hasta los veintisiete, entonces si tenemos un accidente, es posible que no pase nada.

¿O sí puedo morir?

¿Quién controla esto?

—Charlie, has estado toda la mañana con esa expresión —mamá enciende el aire acondicionado, porque ella siempre tiene calor—. ¿Por qué?

Suspiro. —No sé, um, ¿nunca has sentido que tienes muchas preguntas y pocas respuestas?

Asiente. —Claro, es parte de la vida, pero lo interesante es vivir y las respuestas llegan eventualmente.

Recuesto mi cabeza en el vidrio de la ventana. —No sé.

Mamá enciende la radio y sonrío, escuchando una canción que me gustaba mucho. Automáticamente comienzo a cantarla mientras mamá conduce, dejándome sentir como antes, como la chica de diecisiete que no tenía muchas preocupaciones.

Bueno, en realidad, sí las tenía.

Recuerdo que odiaba mis muslos, no me gustaba que mi cabello fuera tan rebelde, me molestaba no tener ropa tan linda como las populares de la escuela y luego de conocer a Emil, conocí los celos, el corazón roto y la desilusión amorosa.




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