Su anhelo es tener un heredero que reine en su lugar, pero por más que ha buscado a la hembra correcta, no ha podido dar con ella y ninguna ha cumplido con su objetivo de darle un hijo.
Un macho de su especie solo puede aparearse con una hembra, por ello siempre buscan a la más fuerte. Pero Leo, al ver que ninguna de las hembras de su manada podía concebir, se llenó de frustración, una frustración que lo llevó a una taberna, donde sus ojos dorados quedaron atrapados en los de ella.
Como un poseso se acercó y no se despegó de ella en toda la noche, una noche en la que compartieron más que besos, bailes y arrumacos, una noche en la que él reclamó su cuerpo como suyo.
Ella solo había ido de visita, queriendo disfrutar de ese bello sitio al que perteneció una vez. Lo que no imaginó fue que, en una de sus salidas nocturnas, terminaría con un completo desconocido.
Asustada y sin verle el rostro, se vistió y se marchó. No podía creer que hubiera perdido su inocencia con un desconocido. ¿Qué le diría ahora a aquel hombre que la esperaba para sellar su compromiso?
Lo único que recordaba de él eran sus ojos, pero no podía decirle que había caído ante el hipnotismo de unos ojos dorados.
Su preocupación se hizo más latente cuando, días después, se encontró frente a un hombre con la misma mirada penetrante y el mismo color de ojos.
Él estaba ahí, de pie frente a ella, percibiendo su olor entremezclado con el de ella. ¿Por qué su aroma estaba combinado con el suyo? Hasta que lo recordó: ella era la mujer con la que había pasado la noche hacía unos días, y al parecer aquel encuentro pasional había dado fruto.
Lo había logrado, al fin su búsqueda había terminado. Eso era lo que él creía.
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Editado: 09.10.2026