Destino

Capítulo 4


 

Ese día, al volver a casa, el padre de Mariana no notó nada inusual en ella. Más, su hermana Rosa si lo hizo, pero no menciono nada a la hora de la cena. Esperó que su padre se fuera a dormir para llevarla a la azotea e interrogarla sobre lo acontecido. Y entre su charla contándole los hechos se le escapó el apellido Molina. ¡Que jodida metida de pata de su parte! Rosa, enmudeció unos segundos y luego abriendo los ojos como si hubiese visto a un demonio la toma por los hombros, estrujándola fuerte con sus manos.
 

—¿Dijiste Molina? ¿Acaso ese hombre tiene a algún hijo ahí?

— ¡Cálmate! Deja la paranoia, hay miles de apellidos iguales en el mundo y no por eso tienen que ser familia.

—¡Lo sé! pero solo hay un Federico Molina Wilson. ¿Hablaste con su hijo? ¡Dime!—la sacude por los hombros.

—¡Basta! Me haces daño ¿Qué te sucede? —intenta zafarse de sus garras.
 

Estaba tan histérica que sus uñas parecían sembrarse en su piel.
 

—¡Dime que no hablaste con él!, ¡dímelo! —Insiste fuera de sí.

—¡Basta! ¡Estás loca! —se aparta al fin, adolorida. —¡Me tienen harta con su paranoia de los Molina! ¡¿Y si así fuera que vas a hacer?!  ¿Le dirás a papá para que se vuelva loco y me obligue a dejar la universidad?

—Quizás lo haga.

—¡Entonces, ve y díselo! Y te juro que jamás te lo perdonaré.

Rosa deja correr sus lágrimas, como si un puñal le hubiese atravesado el corazón.
 

—Tú no entiendes —solloza.

—¡Claro que entiendo! ustedes están obsesionados con ese señor, y quieren culpar a sus hijos por sus errores, no hay nada más triste que obligarme a llenarme de amargura contra alguien que no conozco. ¿Por qué debería odiarlo?
—¿Por qué ese hombre mato a mi madre?

Un balde agua fría cayó sobre mariana, que se congeló ante esa confesión horrenda.
 

—P-pero… dijiste que…

—Por culpa de Federico Molina, nuestras vidas se destruyeron, creciste sin una madre, papá fue infeliz y yo...

—¿y crees que es justo meter a todos en el mismo saco?

—Todos son iguales.

—Yo no seguiré la cadena de odio.

—Te prohíbo que te relaciones con su familia.

—Quiero ver que me lo impidas. —La desafía.

Sabe cuánto la quiere Rosa, y nunca le ha dicho que no, a nada. Pero quizás esta vez era diferente.
 

—¡Si es necesario yo misma te sacaré  arrastras de esa universidad para encerarte en tu habitación hasta el día que mieras!

—Te escuchas igual a papá, me entristece saber que tienen el corazón podrido de tanto odio.
Se gira para irse.

—¡Te lo prohíbo! No dejaré que te lastimen.

—Ya ustedes me han lastimado lo suficiente. Si he llegado hasta aquí. Es porque tengo la ilusión de llegar a mi mayoría de edad y tener el derecho de tomar mis propias decisiones. — Expresa con firmeza y un poco de frialdad.

Era la primera vez que veía a su herma romper en llanto de esa manera y su corazón no se conmovió. LA dejo llorando en la azotea fría, sola y oscura y bajo las escaleras para entrar a su habitación y meterse bajo las sabanas con una sensación extraña, no era tristeza, u odio, quizás solo sentía rabia por al descubrir que la persona que le había brindado tanto amor, tuviese tanto odio acumulado.
Pero ¿Sería posible que todos los Molinas fuesen malo? Alonso no se vía tan malo, era dulce, bueno, atento, la defendió ante el director y hasta grito a los cuatro vientos que detestaba a Arlene. ¿Acaso eso no era real? ¡No! Su corazón no se equivocaba y le gritaba que Alonso Molina, es bueno.

 

***Mientras tanto***
Unas horas antes en la mansión Molina, Alonso y su padre tenía una de esas cenas incómodas donde su madrastra, Alma; era la protagonista.
 

— ¿Cómo van las cosas con Arlene? —Pregunta ella tratando de encontrar un tema de conversación.

—Igual.

—El sábado iremos a cenar a su casa y…

—¿Por qué no dejas de meterte en mi vida? —deja el cubierto sobre la mesa, mirándola con odio.

—¡Alonso! Que falta de respeto es esa, para con tu madre.

—ella no es mi madre, cuantas veces tengo que repetirlo.

—¡Tranquilo, mi vida! —expresa con calma mirando a Federico con dulzura mientras acaricia su mano. —Los jóvenes de ahora, están a la defensiva, quizás tuvo un mal día.

 —¡De hecho! si lo tuve. —se pone de pie. — ¿Quieren saber lo que paso? Pues, aunque no les interese, rompí oficialmente con Arlene, frente a todos en la universidad, ¡Ya no la soporto! Y a ustedes tampoco.

—¿Hiciste qué? —grita Federico.

—No te preocupes de que esta marioneta seguirá dispuesta a seguir con el circo del noviazgo. Hasta que se te dé la gana de darme libertad para amar.—responde fastidiado.

—¡No es circo! —grita Federico. —¡Y vuelve a sentarte que no hemos terminado de cenar!

—Perdone, señor. Pero yo ya he terminado y me olvidaba decirle que la boda es solo por sus intereses.

—¡Ya basta! Te prohíbo que… —Grita.

—¿Acaso alguna vez me preguntaste si quiero casarme con ella? —Interrumpe levantando la voz. —¿Por qué tengo que hacerlo? ¡Si mamá viviera!
—Tu madre no está aquí. Y este matrimonio no solo es un convenio familiar, son negocios y ¡Sí! Quizá creas que eso es conveniente para mí, pero no es solo mi fortuna, es tu patrimonio.
—Pues prefiero ser pobre y sentirme libre. Aunque parece que eso no te importa.
 

Las cosas están saliéndose de control y Alma, como la buena esposa que creía ser, intenta frenar ese cruce de palabras.

—Dejemos esta discusión ahora. ¡Por favor! Somos una familia feliz, no enemigos.
—habla por ti. —replica Alonso caminando fuera de la mesa.
—¡Alonso! —grita Federico viéndolo alejarse.



Deysi Juarez (Dama de Hierro)

Editado: 18.01.2021

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