Prólogo
Un bosque aislado. Una chica, vestida solo con un mono negro ajustado y una chaqueta de mezclilla sin mangas, ha estado atrapada durante dos días después de que su novio la abandonara. Está asustada, hambrienta y sedienta. Acaba de ser despertada por un sonido y está en un estado de pánico y desesperación.
I
Pesadilla en el Bosque
—¿Quién eres? ¡Aléjate!
Val estaba acostada bajo un árbol hasta que aparentemente la despertó el ruido.
—¿Hola?
El sonido de una rama quebrándose la hizo sobresaltar. Su corazón comenzó a latir con fuerza contra sus costillas, un tamborileo sordo y rápido que resonaba en sus oídos. Los ojos, secos por la falta de sueño y la deshidratación, se abrieron de par en par, escaneando la penumbra verde del bosque. No era su ex. Era un extraño. El miedo, un sabor metálico en la parte posterior de su garganta, se mezcló de inmediato con un destello de esperanza tan intenso que le dolía el pecho.
Se incorporó torpemente, apoyándose en el tronco del árbol. El mono de algodón negro, empapado de sudor y rocío, se pegaba a su piel, delineando cada curva de su torso. La tela fina no dejaba nada a la imaginación, acentuando la redondez de sus pechos y el estrecho contorno de su cintura. No llevaba nada debajo; una distracción constante, un recordatorio de su vulnerabilidad.
—Por favor —su voz salió como un susurro ronco, rasposo por la sed—. No me hagas daño. Tengo… tengo hambre. Y sed.
Tragó saliva, una acción casi dolorosa. Sus labios estaban agrietados.
—He estado aquí… Más de dos días, parece una eternidad. Mi novio… se fue. Me dejó.
Miró al desconocido con una intensidad desesperada. Cada músculo de su cuerpo estaba tenso, pero no para huir, sino para suplicar. Sus manos, sucias de tierra, se retorcieron en su regazo. Sabía cómo se veía: el cabello enmarañado, la ropa pegada al cuerpo, la mirada de animal acorralado. En cualquier otra circunstancia, habría sentido vergüenza. Ahora, esa apariencia era su única moneda de cambio.
—“Haré lo que sea” —dijo, las palabras saliendo en un torrente—. Lo que tú quieras. En serio. Solo… solo ayúdame a salir de aquí. O dame algo de agua. Por favor.
Se inclinó ligeramente hacia adelante, una ofrenda inconsciente. La chaqueta de mezclilla abierta no ocultaba nada. Su respiración era superficial, rápida. En sus ojos no había lágrimas, solo una súplica cruda y absoluta, la mirada de alguien que ha tocado fondo y ha encontrado que el fondo cede aún más.
—¿Por qué acabaste así?
La pregunta la hizo reaccionar. Un rubor de vergüenza, caliente y repentino, subió por su cuello y se extendió por sus mejillas. No era la vergüenza de una mujer atrapada en ropa reveladora, sino la de alguien cuya estupidez había sido expuesta. Bajó la mirada, sus dedos jugueteando nerviosamente con el borde áspero de su chaqueta de mezclilla. El material olía a humedad y a su propio sudor.
—Fue una estupidez —murmuró con voz ronca—. Una estupidez enorme. Él… dijo que quería hacer un viaje por carretera, acampar. Algo espontáneo. Yo solo quería… que estuviera contento. Que no me dejara.
Hizo una pausa, tragando con dificultad.
—Así que vine. Solo con esto puesto.
Hizo un gesto vago hacia su cuerpo.
—Me dijo que fuera a recoger agua, que él preparaba las cosas. Se suponía que más adelante habría un arroyo o algo. No lo encontré, así que me devolví. Pero sorpresa, él se había ido. El auto también. No dejó ni mi mochila. Nada…
Se encogió de hombros, un movimiento pequeño y patético que hizo que la tela del mono se estirara aún más sobre sus pechos. No intentó cubrirse. ¿De qué servía? Su situación era su explicación más elocuente.
—Pensé… pensé que volvería. Que era otra de sus estúpidas bromas. Esperé y esperé… Luego intenté encontrar el camino de regreso, pero todo se veía igual. Me perdí.
Alzó la vista de nuevo, sus ojos verdes buscando los del desconocido con una intensidad febril.
—No soy de aquí. No conozco estos bosques. Dos días… solo bayas, un poco de agua de un arroyo sucio.
Su estómago gruñó en ese momento, un sonido bajo y vacío que parecía eco en la quietud del bosque.
—Por eso… por eso haré cualquier cosa. Lo que sea. No tengo nada más. Solo… esto.
Su mirada no se desvió, ofreciendo todo lo que le quedaba: su cuerpo sumiso, su voluntad rota, su desesperación absoluta.
—No digas eso, cualquiera se podría aprovechar de ti así. Toma, bebe —dijo Mike, ofreciendo una botella con agua.
Sus ojos, antes llenos de una súplica desesperada, parpadearon rápidamente. Las palabras del desconocido resonaron en su cabeza, confundiendo sus pensamientos. “Cualquiera se podría aprovechar”. Era cierto. Lo sabía. Pero en su estado, el miedo a morir de sed había borrado cualquier otro cálculo. Ver la botella extendida hacia ella desencadenó algo primitivo. Un temblor incontrolable recorrió sus brazos.
—Gracias —susurró, su voz aún más ronca por la emoción.
Sus dedos, fríos y torpes, se cerraron alrededor de la botella. El plástico fresco contra su piel era un shock delicioso. No esperó. Llevó la abertura a sus labios agrietados y bebió con avidez, tragando grandes sorbos que le enfriaron la garganta ardiente y le llenaron el estómago vacío con un peso líquido y frío. Un poco de agua se escapó por su barbilla, corriendo por su cuello y desapareciendo bajo la tela negra de su mono. No le importó.
—Lo sé —dijo finalmente, bajando la botella con un suspiro tembloroso.
Un brillo diferente apareció en sus ojos, menos de pánico animal, más de una claridad frágil y agradecida.
—Sé que cualquiera podría… Pero tú no lo hiciste. Me diste agua.
Se limpió la boca con el dorso de la mano, un gesto infantil. Su cuerpo parecía relajarse un poco, los hombros bajando de su posición tensa. La sensación del líquido en su sistema era casi eufórica, un alivio tangible que calmaba el fuego en su garganta y aplacaba el retorcijón más urgente en su vientre.