Al filo de la cordura
“¿Será la mitológica criatura?”, pensó Mike.
El exterior estaba nublado y la luna no se veía, lo que hacía que todo fuera más oscuro de lo normal. Mike hizo un esfuerzo por enfocar entre la penumbra. Sin embargo, lo que había allí, a pocos metros de la fogata extinta, no se trataba de ningún hombre lobo, aunque eso no lo hacía menos peligroso.
—¿Un oso?
Val salió de la carpa, su cuerpo temblaba sin control. El crudo frío de la noche la golpeó con más fuerza que antes, mezclándose con el olor a tierra húmeda y el miedo palpable que exudaba de Mike. Abrió bien los ojos y se esforzó por penetrar la oscuridad densa y sin luna. El vaho de su propia respiración se mezclaba con el aliento helado del bosque.
El oso era grande. Demasiado grande. Una mole oscura y peluda, moviéndose pesadamente entre los restos humeantes de la fogata. Un gruñido bajo vibró en el aire, haciendo que el suelo pareciera temblar bajo sus pies.
—No es el... hombre lobo.
Val apenas logró articular las palabras, su voz reducida a un susurro ahogado por el pánico. El corazón le latía desbocado, un tambor sordo en sus oídos que apenas le permitía escuchar. Agarró el ahuyentador con ambas manos. La promesa de seguridad de Mike, sus insultos, el plan elaborado, todo se desvanecía en la insignificancia frente a esa bestia real, palpable y aterradora.
—¡Mike! —exclamó con desesperación.
Sus ojos, ahora bien abiertos, seguían el movimiento torpe del oso, que olfateaba el suelo donde antes había estado el fuego. "Un oso. ¿Ahora qué?", pensó.
Sintió un escalofrío recorrerle la columna. No era el misticismo del hombre lobo, sino el instinto puro de un depredador. La promesa de Mike de llevarla a casa se sintió vacía ante la realidad. ¿Un oso era mejor o peor? ¿Menos temible? No. La amenaza era inmediata.
—Esto no estaba en el plan —dijo, susurrando más para sí misma que para Mike. El aire frío y denso le quemaba los pulmones. Los dedos le temblaban al agarrar el dispositivo de ultrasonido.
—No sé nada de... de osos, Mike.
—Al carajo, usemos el plan con él. Solo con un cambio, necesito mi mochila, Val. Está dentro de la carpa; lánzamela mientras lo distraigo.
Val parpadeó. La orden de Mike la golpeó con la fuerza de una bofetada fría, más que la brisa helada del bosque.
—¿Estás loco? —preguntó Val, su voz un susurro rasposo que el gruñido del oso ahogó sin esfuerzo. El animal, una sombra inmensa, seguía olfateando los restos de la hoguera. Una sacudida le recorrió el cuerpo. Era absurdo. Completamente desquiciado.
—¿Distraerlo? —continuó Val, su mirada se encontró con la figura apenas perceptible del oso a pocos metros. Los latidos de su corazón eran atronadores en sus oídos.
—Mike, no es un... perro… ¡Es un oso!
Se volvió hacia él, sus ojos intentando penetrar la oscuridad para discernir su expresión. ¿La mochila dentro de la carpa?
—El plan era para el monstruo —dijo Val. El pánico le oprimía el pecho, volviendo el aire denso y pesado—. No para esto. No puedo. No voy a entrar ahí mientras esa cosa está aquí —señaló con la cabeza hacia el oso. Su mano temblaba visiblemente—. Ni hablar.
El frío de la noche, mezclado con la cercanía del oso, hizo que un escalofrío helado le recorriera la espalda. No era el miedo abstracto de un monstruo, sino la cruda realidad de un depredador que se movía, respiraba y gruñía a unos pocos metros.
—No es parte del plan, Mike —repitió, y se aferró a esa idea con desesperación—. Esto no es parte del plan.
Mike encendió una antorcha y se acercó con cuidado. El oso notó de inmediato su presencia y se irguió en dos patas. Pasaba fácilmente los dos metros de altura. Mike tragó saliva, pero no se detuvo. Le enrostró la antorcha encendida. El animal retrocedió unos pasos, pero solo para arremeter con un ataque de su zarpa. Mike se lanzó rodando hacia su costado, eludiendo un golpe mortal.
El golpe del oso había destrozado un árbol delgado.
—¡Val! ¡Mi mochila, rápido! —gritó Mike desde el suelo.
La oscuridad, el oso, el árbol partido en dos: todo se fusionó en una pesadilla ruidosa y en movimiento. Val vio el manotazo, no la madera rompiéndose, sino la furia ciega, incontrolable. El miedo le tenía petrificada.
—¡La mochila! —repitió Mike. Su voz atravesó el aire con un grito que rompía la irrealidad de la escena.
Val se quedó paralizada un instante, el ahuyentador todavía en sus manos, inútil. ¿La mochila? ¿Ahora? Sus piernas, antes ancladas al suelo por el pánico, de repente se activaron con una urgencia brutal. No había tiempo para deliberar. No había plan. Solo una orden que resonaba en sus oídos.
Se lanzó hacia la carpa, el plástico rozándole la cara al intentar meterse a gatas de nuevo en la oscuridad opresiva. No se lo pensó. Su mano palpó a ciegas, buscando la mochila entre el revoltijo de mantas y equipo. Era de Mike, grande y voluminosa, pesada.
Los sonidos de afuera eran confusos, distantes, como en una burbuja. Escuchó un gruñido, el chisporroteo de la antorcha, y lo que sonó como un impacto. La rabia, el miedo, la humillación, todo se transformó en una adrenalina pura que la impulsaba. Debía moverse. La vida de Mike dependía de ella.
Finalmente, sus dedos se engancharon en una correa de la mochila. Tiró con fuerza, arrastrándola hacia la abertura de la carpa. Era más grande de lo que esperaba, un bulto pesado que se atascó un instante. Puso toda su fuerza en ello.
—¡Aquí está! —jadeó Val, extendiendo la mochila como si fuera una ofrenda desesperada. No le importó si sus manos temblaban, si su voz sonaba como un quejido. El oso, la noche, Mike. Necesitaba que él la tomara.
—¡Lánzala con todas tus fuerzas!
Val se irguió, la mochila de Mike colgando pesadamente de su mano. El rugido del oso y el chispazo de la antorcha resonaban afuera. Una ráfaga de aire frío atravesó el pequeño hueco de la carpa, trayéndole el olor metálico de la sangre y el aliento pesado de la bestia. El grito de Mike exigiendo que la lanzara la espoleó.