Academia Therian

Capítulo 6: En la oscuridad de la cueva

En la oscuridad de la cueva

Su voz, que antes había sido un rugido potente, salió como un gorgoteo ahogado, una mezcla de dolor y una incredulidad furiosa. Miró hacia arriba, hacia el cielo. El claro, la luna. Todo se estaba volviendo un borrón difuso.

El humo, espeso y penetrante, envolvía el claro, una manta oscura que devoraba la brillante luz lunar. Val jadeó, el aire lleno de ceniza y el residuo acre de la bencina le quemaba las fosas nasales. La vista de la luna menguando, oculta tras el manto gris, le produjo un dolor visceral, una sensación de poder drenado.

—¡Miserable! —bramó.

Sus garras temblaban inútilmente contra la tierra quemada. Su cuerpo, que antes era una mole de poder ilimitado, se sentía extraño, pesado, casi humano. Era como si miles de agujas estuvieran tirando de su carne, regresándola a su forma anterior.

—Tramposo… ¡Esta no es una pelea justa!

La risa triunfal desapareció, se ahogó en su garganta mientras su cuerpo comenzaba a encogerse visiblemente. El pelaje denso retrocedía, sus huesos crujían con un sonido horrible. Era un dolor insoportable, la esencia de su ser desgarrándose, siendo forzada a regresar.

Sus ojos, ahora disminuyendo en tamaño y perdiendo el fulgor amarillento, se fijaron en la silueta de Mike.

—¡Esto no termina! ¡No todavía! ¡Me niego!

El grito fue un lamento agónico mientras la transformación la consumía. Val volvía a su forma humana poco a poco.

—Te lo dije, Val. La preparación lo es todo —dijo Mike soltando un suspiro.

Val se retorció en el suelo, su cuerpo temblaba incontrolablemente. El dolor de la transformación inversa era agónico, los huesos crujiendo y los músculos contrayéndose con violencia. El vello oscuro retrocedía, revelando piel pálida, mientras sus extremidades perdían volumen y sus dientes se acortaban. La ira en sus ojos, aunque disminuida, se mantenía como un rescoldo furioso. Estaba exhausta, magullada y humillada.

—¿Preparación dices?

Las palabras salieron de sus labios, rasposas y débiles, una sombra de su anterior bramido. Luchaba por recuperar el aliento entre espasmos de dolor. Su visión, había mejorado considerablemente; ya podía discernir con mayor claridad la figura de Mike.

—¡Cobarde! ¡Solo usas trucos sucios porque sabes que no puedes enfrentarme de frente!

Levantó una mano temblorosa, ahora mucho más pequeña, y golpeó el suelo con frustración impotente. El impacto fue débil, un reflejo patético de su fuerza anterior. Sus ojos recuperaron su verde natural y su cuerpo desnudo era prueba de su vulnerabilidad.

—Créeme este no es el final… Aunque me venzas a mí, otro ocupará mi lugar… La noche es larga, y lo único que has hecho es llamar la atención…

El temblor en su voz era evidente. Intentó empujarse para sentarse, pero sus músculos flaqueaban.

—Te juro por esta luna… ¡que esto recién comienza, Mike!

El olor acre del humo y la bencina llenaba el aire, haciendo que sus pulmones dolieran con cada respiro. La debilidad la invadió por completo. La rabia, sin embargo, permanecía como un núcleo frío y duro en su pecho. Cada gramo de energía la abandonaba, pero la promesa de venganza no lo hacía. El dolor de la reversión era una pequeña tortura, cada célula de su cuerpo gritaba.

Se tambaleó, apoyándose en sus rodillas, la cabeza gacha. La sensación de ser vulnerable de nuevo la llenaba de pavor. Mike aprovechó la situación y rápidamente la amarró y le cubrió el cuerpo con una tela, especialmente para taparle los ojos. Necesitaba que no volviera a ver la luna. Por ahora la cortina de humo había dado resultado, y al ocultar la luna por unos instantes, había conseguido que su transformación se revirtiera, pero sabía que esa ventaja no duraría mucho, así que había planeado llevarla hasta una cueva cercana.

Val siseó, intentó resistirse, pero ya no podía hacer nada. Mike la cargó sobre el hombro y anduvo con ella casi doscientos metros.

—¡Suéltame, animal despreciable! —protestó. Sus palabras salieron entrecortadas en una mezcla de furia y la desesperación de su estado. Intentó patalear, golpeando el aire con las piernas aún temblorosas, pero fue inútil.

El interior de la caverna era frío y húmedo. Sus ojos, sensibles y escocidos, apenas distinguían la penumbra. El olor a tierra mojada y a moho envolvió sus sentidos. La humillación era aplastante, una ola gélida que la empujaba al borde de un abismo. Luchó contra las ataduras, cada movimiento era un esfuerzo agotador.

—¡¿Qué piensas hacerme ahora?! ¡Bestia!

La voz de Val era ronca y llena de odio, rebotando en las paredes rocosas de la caverna. Trató de incorporarse, pero las cuerdas se apretaron más, inmovilizándola contra el suelo. Un sollozo de pura rabia escapó de sus labios.

—¿Bestia? Qué irónico…

—¡Cobarde!

El pecho de Val subía y bajaba con respiraciones agitadas. Aún quedaban remanentes del ardor del spray.

—¿Crees que puedes mantenerme aquí para siempre? ¡No sabes con quién te estás metiendo, Mike! ¡Te juro que te arrepentirás! —dijo con su voz quebrándose al final, ahogada por la impotencia.




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