De Asesino A Asesino, Hay amor

CAPÍTULO 2 CÓDIGO ROJO

No fue una vibración normal. Fue fuerte, seca, larga. Tanto que hizo que su mesa de madera retumbara y que los treinta alumnos del salón, incluida la maestra, voltearon a verla al mismo tiempo.

De inmediato se asomó a su bolsillo para ver su teléfono, trató de apagarlo, pero al ver que era una llamada de emergencia, le pidió permiso a la maestra con calma y salió al frío pasillo. Sus compañeros reclamaban, pero no le importó.

El pasillo estaba frío y oscuro. La lluvia azotaba los vidrios.

Al fin observó su teléfono.

Fondo de pantalla: su padre junto a su madre, su hermano mayor a lado de su padre, su hermano menor del lado de su madre pero enfrente, y ella en medio. Todos sonriendo en un parque.

Batería: 42%. Hora: 4:02 PM. WiFi y datos encendidos. 40 mensajes y 2 llamadas perdidas de “Desconocido”.

Contestó.

— Habla.

Del otro lado, el hombre se rió. Bajito. Enfermo.

— Qué bonita voz fría tienes. Así me gustas. Sin emociones.

— ¿Quién eres?

— Shhh. No importa quién soy. Lo que importa es dónde estoy. Estoy en tu casa, princesa. Tu madre está aquí a mi lado, muy calladita. ¿Quieres que te la pase? No, mejor no. Está... ocupada tratando de no llorar.

— No la toques.

— Yo no toco si me obedeces. Solo colecciono cosas que me faltan. Y me falta él. Rhys.

Ella apretó el teléfono.

—Al fin lo descubrí. Ese olor... no es un demonio cualquiera. Es el más fuerte. El que todos buscan y nadie encuentra. Por eso me urge. Mi plan no puede esperar y tú eres la llave para traerlo.

—Tómate tus pastillas mejor.

— Graciosa. Fría y mentirosa. Ven a tu casa. Ahora. Tráelo contigo.

— ¿Y si no lo hago? estoy a mitad de mi clase

— Entonces tu hermano menor no volverá a tener un mañana. Y tu madre... va a recordar por qué me tenía tanto miedo. Diez minutos.

Colgó y guardó el teléfono.

Rhys.

Repitió el nombre en su mente.

¿Quién era Rhys? ¿De qué demonios estaba pasando?

Miró hacia el salón, donde sus compañeros seguían en clase. Miró hacia la salida, donde la lluvia no paraba.

No sabía quién era Rhys. Pero ese psicópata creía que ella sí.

Y tenía a su familia. De igual forma iría a salvarlos.

Guardó el teléfono en el bolsillo de su falda. No dijo nada. No pidió permiso dos veces. Solo tomó su mochila del suelo del pasillo, se la colgó como pudo y corrió.

Corrió.

Pensó en su madre. En cómo debía estar en la sala, con las manos apretadas, tratando de no llorar para no asustar a su hermanito. Y ahí fue donde empezó a romperse.

Abrió la puerta de la escuela de golpe y la lluvia la golpeó en la cara. Fría. Fuerte. Le empapó el cabello en dos segundos, le pegó el uniforme al cuerpo. Pero no se detuvo.

Sus tenis se resbalaban en el pavimento mojado. Cada paso sonaba a charco reventado. Podía escuchar su propia respiración agitada y su corazón latiéndole en los oídos, más fuerte que la lluvia.

_Diez minutos._ Le había dado diez minutos.

— Mamá... papá…hermanos…espérenme... por favor — susurró mientras corría.

Se acordó de la mesa de la cocina, de cuando era niña y su mamá llegaba cansada del trabajo pero igual se sentaba con ella. "A ver, enséñame a dibujar una estrella". Su mamá nunca aprendió, le salían todas chuecas, todas temblorosas. Y ella se reía. "Mamá, así no". Y su mamá se reía más fuerte:

"Es que tú sí tienes el don, mi amor, yo solo tengo las ganas de verte dibujar".

Pensó en su hermano menor, con su mochila de dinosaurios que todavía dejaba en la entrada. Con sus tenis mal amarrados. Con esa forma que tenía de correr a abrazarla cuando llegaba de la escuela.

Y luego pensó en la foto de su fondo de pantalla, todos sonriendo en el parque. Todos juntos. Su padre abrazando a su madre, su hermano mayor haciéndose el serio, el pequeño al frente con un helado chorreando, y ella en medio, sintiéndose a salvo. ¿Será ese el último recuerdo que tenga de ellos?

Ahí se le rompió el pecho.

Sintió como un hueco. Como si alguien le hubiera metido la mano y le hubiera apretado el corazón. Le faltó el aire a mitad de la calle. Tuvo que bajar la velocidad porque las piernas ya no le daban.

La lluvia le pegaba fría, helada, le calaba hasta los huesos. Pero lo que le escurría por la mejilla estaba caliente. Quemaba.

Se limpió con la manga del uniforme, creyendo que era agua.

Y no. Era espeso. Era salado. Le llegó a la boca.

No era lluvia.

Eran lágrimas. Suyas.

Estaba llorando a mares mientras corría, con la mochila rebotandole, con el cabello pegado a la cara, y no se había dado cuenta hasta ese momento. No podía soportarlo.Era ese llanto desgarrador, que te hace hipar, que te aprieta la garganta y no te deja respirar. El de cuando sientes que ya llegas tarde.

Cruzó la avenida sin mirar. Un coche tocó el claxon fuerte, la luz le pegó en la cara y tuvo que saltar hacia la banqueta. Cayó de rodillas. El golpe le raspó las piernas, la mochila salió volando un metro. El dolor le quemó, pero se levantó de inmediato, cojeando, con las rodillas sangrando y llenas de lodo.

Se levantó y siguió corriendo.

Fue ahí cuando lo vio.

Bajo la lluvia, a mitad de la calle, parado bajo un árbol como si no le importara mojarse.

Era alto. El cabello negro mojado le caía sobre la frente. La camisa negra pegada al cuerpo. Y unos ojos que no eran normales, no eran humanos, la miraban fijo. Era Rhys.

No supo cómo supo que era él. Pero lo supo. El olor que el hombre había mencionado, ahora lo entendía. Era él. Olía a lluvia y a algo más, a algo peligroso y caliente.

— Tú — dijo ella, sin aire.

Él ya estaba frente a ella en dos pasos. La agarró de los brazos para que no se cayera de nuevo. Sus manos estaban calientes, quemaban a pesar del frío.

— No vas a ir — le dijo. Su voz era grave, baja, enojada pero no con ella. — Te dije que no fueras. Sabía que te iba a llamar. Por eso te estaba cuidando desde la escuela.



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En el texto hay: lenguaje adulto, violencia, romance oscuro

Editado: 27.09.2026

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