De Asesino A Asesino, Hay amor

CAPÍTULO 4 UN COMIENZO OSCURO

Lys no podía respirar.

Trató de acercarse un paso más. Un paso nada más.

Rhys le agarró la mano para detenerla, pero ella se zafó.

Y entonces lo vio.

Por el reflejo de la tele, un brillito chiquito le pegó en los ojos de su papá. Estaban abiertos. Fijos. Sin luz.

No estaba desmayado.

Hanna tampoco se movía. No lloraba. Tenía la cabeza colgando de lado, demasiado quieta.

Ya estaban muertos.

Lys abrió la boca para gritar.

Rhys le tapó la boca con la mano en seco y la jaló contra su pecho.

El sujeto en la sombra se acercó lentamente a ellos justo detrás de la puerta. Era el flaco de la gorra para atrás, con el pañuelo negro. Cargaba a su hermanito del cuello de la playera.

— Ya viste, ¿verdad? — dijo riéndose bajito — Te ahorré el drama.

— ¿Qué quieres? — Rhys habló por ella, con Lys temblando abrazada a él.

— Negociar contigo, Ruiz. No con ella. — el flaco dejó a su hermanito en el piso, pero le puso el pie en la espalda para que no se moviera — Tú me das a la niña por las buenas, y yo no le hago lo mismo a este. ¿Trato?

Rhys no contestó. Ya no percibía el aroma de Hanna, colapsó al suelo bruscamente.

La mujer que él amó durante reencarnaciones, ya no existía más, sólo podía llorar desconsolado mientras sentía como unas cuchillas filosas lo desgarraban por completo. Definitivamente un dolor indescriptible.

— ¡Hanna! — exclamó fuertemente.

Empezaba a descontrolarse.

Soltó a Lys un segundo y se le fue encima al flaco, lo agarró de la chamarra y lo estrelló contra la pared de la cocina. El hermanito cayó al piso tosiendo.

De él empezó a emanar unas llamas combinadas de color negro y azul, de sus ojos un brillo azul intenso comenzaría a reflejar su ira. Sus lágrimas al estrellarse contra aquellos pisos de azulejo blanco se derretía y creaba un gran hoyo oscuro, era lava azul. Fue entonces cuando se dieron cuenta que habían despertado al peor monstruo que haya existido.

— ¡No debieron haberla tocado ni uno solo de sus cabellos! ¡Pagarás muy caro, cabrón!

— Rhys — Lys trató de detenerlo, asustada de verlo así.

El flaco se rió, con sangre en la boca.

— No fui yo. Fueron órdenes.

— ¿Órdenes de quién?

— Suficiente.

De la sombra salió el segundo. El señor. Camisa blanca limpia, manos en los bolsillos. Como si no manchara.

— Te dije que te ibas a poner así. Por eso te dije que no te enamoraras de ella.

Rhys lo soltó y se le fue encima a él también, pero el señor ni se movió.

— Si los tocas, te mato aquí mismo — le dijo Rhys con los ojos rojos.

— ¿A todos? ¿También a ella? — el señor miró a Lys — Porque si sigues así, nos los llevamos a todos. A ti, a la niña, al chiquito. Y a Hanna ya la perdiste por ponerte emocional.

De la puerta repentinamente apareció el tercero. Más grande, calvo, con la cruz tatuada en el cuello. Tenía dos cuchillos sujetadas con fuerza en sus dos manos.

— Ya, compórtense, por favor. — dijo el calvo, mirando a Lys — Niña, tú no sabes nada, ¿verdad? Tu mamá sí es tu mamá. Hanna sí es tu sangre. Pero él — señaló al cuerpo del papá — él no era tu papá. Nunca lo fue. Te escondieron aquí por eso. Por él.

Lys negó, pegada a la pared, abrazando a su hermanito que ya había gateado hacia ella.

— No... no es cierto...

— Es cierto, Liz. Y por eso te tenemos que llevar. Si no, todos los que amas van a terminar como ella.

Rhys escuchó eso y terminó de enfurecerse.

Ya no era rabia. Era poder.

El piso empezó a vibrar. Tanto la televisión como el foco de la habitación estallaron. Rhys protegió a Lys y a Hanna junto a su padre y su hermano.

— No van a tocar a Liz. No van a tocar a su hermano. — dijo entre dientes, con las manos temblando — Y van a pagar por lo que le hicieron a Hanna.

Observó fijamente a los sujetos. Aquella mirada ya predecía lo que sucedería.

— ¡Rhys, no! — gritó el flaco.

Hubo un zumbido feo, como aire comprimido. Y en un segundo, los tres — el flaco, el señor y el calvo — desaparecieron. Rhys se los llevó. Con su poder, al otro lado. Lejos de la casa.

Quedó silencio.

Solo lluvia afuera. Frío. Oscuridad. La casa olía a tierra mojada y a fierro.

Lys se quedó sola, sentada en el piso, con su hermanito temblando abrazado a ella, llorando bajito. Su hermano mayor desapareció. Hanna en el sillón. Todo oscuro.

— ¿Rhys? — susurró, buscando.

Rhys no estaba. Se había ido con ellos.

Ya no pudo soportarlo más y comenzó a gritar desesperadamente:

—¡Mamá, Papá!— soltó un gritó agudo

Y entonces lo sintió.

Detrás del sillón volteado de su papá, donde antes estaban Hanna y su papá, algo se movió.

No se había llevado a todos. Se le olvidó uno.

El cuarto sujeto, que había estado agachado todo el tiempo en la sombra, sin respirar, se levantó lento.

Y fue directo hacia ella y su hermano.

¡PAZ!

La puerta de atrás de la cocina se abrió de una patada.

— ¡Quítale las manos de encima a mi hermana!

Era él. Su hermano mayor.

No venía como siempre. No venía con su sudadera normal. Apenas y podían reconocerlo, como si fuese todo lo contrario al chico cálido que conocían.

Venía todo de negro, como espía. Pantalón táctico negro, playera negra pegada, botas negras, y una chamarra negra abierta que le goteaba de lluvia. Traía una capucha abajo y una línea de sangre seca que le cruzaba la ceja izquierda. Cojeaba un poco de la pierna derecha, y tenía el labio partido, como si ya hubiera peleado antes de llegar a la casa.

Traía una especie de objeto extraño en las manos.

Eran dos cuchillas curvas, una de cada lado, que brillaban en azul eléctrico. Hacía un zumbido bajito, como electricidad. Era su arma espacial. De agente secreto. Aquel secreto que tanto habían tratado de ocultar, al fin se había revelado.

El cuarto sujeto se volteó, sorprendido por el zumbido.



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En el texto hay: lenguaje adulto, violencia, romance oscuro

Editado: 27.09.2026

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