De Asesino A Asesino, Hay amor

CAPÍTULO 6 EL ADIÓS QUE SE CONVIRTIÓ EN VENGANZA

— Un segundo, ¿quién es usted, señor? — intervino un oficial, bloqueando el paso.

— Soy el tío de los niños, por lo que he venido a llevarlos — respondió él, con la voz firme.

—Lo siento, pero necesito su identificación y que reconozca los cuerpos que están saliendo.

—Lo siento, pero necesito su identificación y que reconozca los cuerpos que están saliendo.

El hombre sacó su cartera lentamente, pero antes de que pudiera mostrarla, un grito desgarrador rompió el aire: Takumi y Lys vieron cómo dos oficiales cargaban el cuerpo de su padre, cubierto por una manta azul que se manchaba con cada movimiento.

El grito desgarró la noche.

— ¡PAPÁ, DEJEN A MI PAPÁ! — gritó Takumi con todas sus fuerzas, con una voz que no parecía suya.

Trató de correr hacia él, desconsolado, pero Rhys lo alcanzó y lo detuvo contra su pecho. Takumi pataleaba, lloraba, le pegaba.

Lys, en cambio, no reaccionó. Se quedó paralizada, como si su alma se hubiera ido de su cuerpo. Miraba fijo, sin respirar.

Hasta que salieron los otros dos oficiales. Llevaban el segundo cuerpo. Lento. Con cuidado.

A Lys le bastó ver un mechón. Un mechón de cabello castaño suelto que se escapaba de la manta.

— ¡Mamá, tienes que despertar! ¡Mamá, por favor despierta! — gritó, y por fin se rompió. sus lágrimas ardientes que caían como lluvia sobre sus mejillas, pero seguía de pie, queriendo luchar contra todos.

El tío ordenó con voz grave: —Rhys, súbelos al carro ahora.

—Lys, tenemos que irnos, por favor —insistió Rhys, con urgencia en la mirada.

Pero la oscuridad ya había devorado todo. Los cuerpos extendidos en el suelo eran un paisaje de pesadilla. El de Akira apareció después, su mano derecha asomaba aún sangrante, inmóvil, como un último gesto congelado en el tiempo.

El mundo se volvió gris y negro. Lys mordió la mano de Rhys con desesperación y jaló a Takumi hacia ella. Un sonido agudo retumbaba en sus oídos, como un susurro de muerte.

—Tenemos que despedirnos, Takumi… ven.

—¡Maldita loca! Mis padres acaban de morir y tú no lloras como yo —gritó él, empujándola con rabia.

Dos oficiales intentaron detenerlos, pero Lys se revolvió como un animal herido, mordiéndose hasta hacerlos sangrar. No entendía lo que sentía, solo sabía que debía estar junto a los cuerpos, junto a su familia.

Dos oficiales corrieron a sujetarlos para que no se acercaran. Lys, fuera de sí, los mordió, los rasguñó, hasta lastimarlos de verdad. No entendía lo que sentía, solo sabía que tenía que estar con ellos. Que no podía dejarlos ahí solos.

Rhys no tuvo opción. Tomó rápidamente a Takumi, que no dejaba de llorar, lo cargó como pudo y lo subió al asiento trasero del carro oscuro.

Luego corrió hacia Lys.

Ella ya había caído de rodillas frente a los cuerpos. Y por primera vez en toda la noche, dejó salir todo. Un llanto que no era llanto, era un aullido. Se abrazó a las mantas frías y exclamó con el alma rota:

— ¡No me dejen sola, por favor! ¡No me dejen sola!

Su llanto era tan fuerte, tan doloroso, que hasta los oficiales bajaron la mirada.

Rhys se acercó lentamente, se arrodilló detrás de ella y la abrazó. Él también estaba llorando. Permanecieron así por unos minutos, dos niños rotos en medio del caos.

Hasta que Rhys, con todo el dolor del mundo, la cargó en brazos y la llevó rápido hasta el carro donde estaba su hermano.

Cuando Takumi la vio, la abrazó con fuerza y, entre sollozos, le dijo:

— Perdóname, hermanita... pero yo no quiero que se vayan, ¡no quiero!

La camioneta arrancó y el barrio donde crecieron empezó a desaparecer entre la niebla del vidrio.

— ¿A dónde nos llevas? — preguntó Lys, abrazando a su hermano. Su voz se rompió.

— A un lugar donde no los puedan encontrar — respondió el tío, sin quitar los ojos del camino —. Una casa que era de tu madre.

El camino se hizo largo. Dejaron la ciudad, luego la carretera, luego solo hubo árboles. No había letreros. Solo bosque.

— ¿Nos estás secuestrando? — susurró el hermanito.

El tío por fin los miró por el retrovisor y sonrió, pero no era una sonrisa dulce.

— Si quisiera hacerles daño, ya estarían muertos.

Rhys apretó la katana.

— No hables así frente a ellos.

El tío lo ignoró.

Después de casi una hora, entre los árboles apareció. No era una casa. Era una mansión de piedra, con todas las luces apagadas excepto una.

La mansión se erguía como un guardián silencioso, con pasillos interminables que parecían susurrar secretos. Lys avanzaba con cautela, su hermano menor pegado a ella, mientras Rhys observaba cada rincón con desconfianza.

El tío los recibió con una sonrisa cargada de tristeza. Se inclinó hacia ellos y, con voz suave, dijo:

—Sé que han perdido demasiado… pero no están solos. Yo estoy aquí, y siempre lo estaré.

Takumi lo miró con ojos enrojecidos, buscando un refugio. El hombre le acarició el hombro con ternura

. —Tu madre y tu padre dieron todo por ustedes. No quiero que su sacrificio se pierda en la oscuridad.

Rhys frunció el ceño, interrumpiendo con voz firme:

—No hables de ella como si fuera tuya. Yo estuve allí, vi cómo arriesgaba su vida por causas que tú jamás entenderías.

El tío lo miró con seriedad, sin perder la calma.

—No pretendo adueñarme de su memoria, Rhys. Hanna era mi hermana, y la amé tanto como ustedes. No quiero que su legado se marchite.

La tensión entre ambos se volvió palpable, como si el aire se cargara de electricidad. Lys los observaba, confundida, sintiendo que cada palabra era un golpe contra su corazón.

El tío continuó, con voz grave pero sincera:

—Ella tenía un plan más grande. Misiones que aún no han terminado. Y tú, Lys, eres la clave para concluirlas. No porque seas un arma, sino porque eres su hija.

Rhys dio un paso adelante, desafiante.

—No la uses. No la conviertas en tu herramienta.



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En el texto hay: lenguaje adulto, violencia, romance oscuro

Editado: 27.09.2026

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