De Asesino A Asesino, Hay amor

CAPÍTULO 3 AL FIN NOS ENCONTRAMOS

La lluvia parecía querer empeorar, sin embargo no era suficiente para que Lys se detuviera.

— Ya suéltame — le dijo ella, limpiándose la cara —. Voy a ir.

Se dio la vuelta. Iba a correr sola a su casa. Le valía si él era un demonio o no.

No dio ni dos pasos cuando sintió un jalón. No en la mano. En todo el cuerpo. Como si el aire se hubiera vuelto pesado y no la dejará avanzar. Se le hizo difícil respirar.

— ¿Qué...?

Rhys estaba atrás. No la estaba tocando. Tenía las dos manos levantadas frente a él, con las palmas abiertas hacia ella. Respiraba un poco fuerte.

Los dedos le temblaban. Como si estuviera sosteniendo algo muy pesado que nadie más podía ver. Las venas se le marcaban hasta el codo. Le salía como un humito negro entre los dedos, y cada que apretaba el puño, a ella le costaba más respirar.

Estaba usando su poder para detenerla.

Y no lo podía controlar bien, porque de su espalda, por debajo de la playera empapada, se le asomó una colita chiquita, blanca, esponjosa, que se movía nerviosa. Y de su cabeza, entre el cabello negro mojado, le salieron dos orejitas chiquitas, puntiagudas, como de lobo pero blancas, todas agachadas.

Su cuerpo lo estaba delatando de que estaba haciendo mucho esfuerzo por no dejarla ir.

— ¡Déjame ir! — gritó ella —. ¡Qué me estás haciendo!

Él corrió y la alcanzó. La abrazó por la espalda para que no corriera más. Fuerte. Ya no pudo esconder las orejas.

— No te voy a dejar ir sola — le dijo al oído, con la voz bien melancólica, bien rota —. Si entras así, te va a agarrar. Por favor.

Ella se quería soltar pero estaba temblando y él era mucho más fuerte de lo que pensó.

— ¿Por qué te importo tanto? ¡Ni me conoces!

Rhys respiró hondo. Todavía abrazándola.

— ¿Cómo se llama tu mamá? — le preguntó bajito.

Ella se quedó quieta.

— ¿Qué?

— Tu mamá. ¿Cómo se llama?

— Hanna...

Al escuchar ese nombre, él la soltó poquito. Como si le hubiera dado un golpe. Las orejitas se le agacharon más.

— Hanna — susurró él —. Entonces eres tú.

— ¿De qué hablas? ¿Conoces a mi mamá?

Él la volteó para verla de frente. Ya no se veía peligroso. Se veía triste.

— La amé mucho antes de que tú nacieras. Ella sabía cómo llamarme. Era la única que sabía. Cuando se casó... me dejó. No porque no me quisiera. Sino porque quiso una vida normal. Sin demonios. Sin mí. Me olvidó para poder ser feliz. Y yo la dejé ir porque la amaba.

Le agarró la cara con cuidado.

— Ese cabrón que está en tu casa lo sabe. Por eso quiere a Hannah y te quiere a ti. Cree que tú guardas lo que ella olvidó. Cree que tú sabes cómo invocarme. Por eso pensó que si las lastimaba a las dos, yo iba a aparecer.

De nuevo el aire se volvió pesado.

Se volteó.

Rhys estaba atrás con las dos manos levantadas, las palmas abiertas hacia ella. Los dedos le temblaban, las venas marcadas hasta el codo, un humito negro saliéndole entre los dedos. Cada que cerraba el puño, a ella le costaba más avanzar.

De su cabeza ya se le habían salido dos orejitas blancas puntiagudas, todas agachadas. Y una colita chiquita blanca moviéndose nerviosa por el esfuerzo.

— ¡Baja las manos! — le gritó.

Él las bajó de golpe y el aire volvió.

— Por eso no puedes ir — le dijo agitado —. Ese cabrón que está en tu casa lo sabe. Por eso quiere a Hanna y te quiere a ti. Cree que tú guardas lo que ella olvidó. Cree que tú sabes cómo invocarme. Por eso pensó que si las lastimaba a las dos, yo iba a aparecer.

Ella se quedó helada.

— Entonces con más razón tengo que ir. Son mis papás.

Llegaron a su casa a las 5:31.

La puerta estaba entreabierta. Eso fue lo primero que le erizó la piel. Su mamá nunca dejaba la puerta así. Nunca.

La luz de la sala estaba prendida, pero no alumbraba bien. Era como si algo se estuviera tragando la luz.

— Quédate atrás de mí — le dijo Rhys, y por primera vez le agarró la mano de verdad. No con poder. Con miedo de que se le soltara.

Entraron.

Olía a tierra mojada. A fierro. A humedad fea. Su casa no olía así. Su casa olía a café y a fabuloso lavanda.

El sillón de su papá estaba volteado. La tele estaba prendida en estática. Shhhhhhh.

Y en medio de la sala, atados espalda con espalda con una cuerda gruesa, estaban sus papás.

Su mamá, Hanna, con el cabello suelto, con la boca tapada con cinta gris, llorando sin hacer ruido cuando la vio. Y su papá con la frente sangrando, desmayado.

Ella se iba a soltar a gritar pero Rhys le tapó la boca con la mano a tiempo.

Porque no estaban solos.

Atrás, en la sombra de la cocina, donde no llegaba la luz, había alguien sentado en la silla de su mamá. Con las piernas cruzadas. Jugando con algo en la mano.

Era su hermanito. La observaba asustado.

Un sujeto completamente cubierto lo estaba sosteniendo.

Y sin voltear a verlos, dijo bajito, riéndose:

— Justo a tiempo. Los estaba esperando a los dos.



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En el texto hay: lenguaje adulto, violencia, romance oscuro

Editado: 27.09.2026

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