Un día antes, domingo
Olga se despertó a las seis de la mañana. El día anterior, tuvo trabajo extra y después se reunió con su novio y pareciera que se citaron para pelear. Estando comprometidos y conociendo a ambas familias, solo faltaba detallar algunas cosas de la boda. Casi todo estaba listo excepto ella. Al acercarse más la fecha, sentía que unirse en matrimonio sería lo peor que podía hacer y más cuando la familia de su prometido la odiaba tanto.
El punto de la discusión fue que ella no se estaba tomando en serio la planeación y, aunque la fecha ya estaba apartada para la ceremonia, ella tenía una agenda llena de trabajo hasta diciembre. Eso no le gustó para nada a la familia de él pues creen que su poca seriedad y falta de compromiso solo los haría quedar mal dado que ella antepone el trabajo a cualquier otra cosa incluida su boda.
Al final no estuvieron de acuerdo y, en lugar de pelearse, ella solo pidió un descanso, pero al parecer se quedó dormida.
Salió de su habitación y su prometido estaba dormitando recargado en la pared cubierto con solo una manta. Habían prometido no dormir enojados, pero no lo habían cumplido aunque fuese involuntario.
—Oye, ven a la cama. Está frío este lugar.
—No, ya casi estoy despierto y tú necesitas descansar.
Estaba confundida. Ver al hombre con el que ha salido los últimos cinco años dándole espacio, pero no reclamando por haberse dormido le parecía extraño.
—Entonces, desayunamos y hablamos de nuevo.
—Descansa, yo lo hago.
Olga solo tenía libres los domingos. Ese día no había trabajo ni estudio, en cambio él tenía libres las mañanas casi toda la semana. Comenzó a cocinar. Olga limpió un poco y después se sentó en la mesa esperando la comida.
—Hablaré de nuevo con mis padres. Ellos entenderán que tu trabajo es tan importante como nuestra boda. Estaremos bien.
—¿Solo así? Recuerdo que se quejaban porque aún no quiero tener hijos aunque tenga treinta años.
—Te casas conmigo, no con ellos. Si es difícil, simplemente no tengas niños. Dedicaré mi vida a hacerte feliz como nunca tal como lo he hecho hasta hoy
La manera en que se comprometió con esas palabras le dio escalofríos. Faltaban exactamente dos meses para la ceremonia, su vestido estaba casi listo con la modista, los invitados ya habían confirmado y las familias se habían conocido... y aún así, no parecía buena idea. Ese pensamiento no la dejaba en paz y en ese momento, se escuchó el timbre.
Melvin, su novio, abrió la puerta. Un hombre guapo de traje y maletín le saludo con cordialidad.
—Buenos días, señorita Olga, espero no haber interrumpido. Envié un mensaje avisando de mi visita.
—Para nada... —respondió, pero la cara de enojo de Melvin se quedó grabada en su memoria como si le dijera «aún estando nosotros en medio de algo, solo debes trabajar».
—¿Que hay secretario, también trabaja en domingo?
—Una asignación de horas extras... si están ocupados, ¿debería regresar más tarde?
—No, quédese. Voy de salida. Te llamaré más tarde —le dijo a su novia y salió. Sin despedirse como lo hacía.
—Pase —pidió ella. Lo guío hasta la mesa donde seguía la comida intacta. La quitó y sirvió dos cafés. El secretario sacó de su maletín varios documentos que dejó a su vista y comenzó a explicar.
Se habían dado la libertad de añadir otra tarea a su haber en la cual debía enseñarle a vestirse como un hombre de negocios, además de subir el sueldo una vez más para cumplir con ese propósito considerando que sería un bono semanal se le entregaría cada sábado. Cuando leyó el contrato, había una cláusula más y negociable que establecía un periodo extra de enseñanza por una gran suma de dinero. Si no terminaba su programa de enseñanza antes de que concluya su contrato laboral, tendría que estar con ellos más tiempo y no quería eso. Aparte debía firmar un acuerdo de confidencialidad para no dañar la imagen de la empresa si se divulgaba la existencia de ese empleado y su relación con el dueño y presidente de la misma.
—¿Le han dicho al joven que pasará con su educación?
—Por supuesto.
—¿Tiene alguna opinión de él?
—La tengo, pero creo que ayude en algo
—Me gustaría escucharla —pidió Olga, pero parecía más una orden.
—La señora solo está desesperada porque no hay sucesor. La muerte del candidato que ella eligió, la obligó a aceptar a alguien que no piensa en su futuro. No creo que este hombre sea el adecuado para el puesto. Ella hizo un enorme sacrificio, pero perderá todo por pensar que esto es la solución a sus descuidos.
—Entonces, ¿piensa en alguien más?
—Si, el joven Vladimir. El sobrino más joven de la señora Ivanova
—Solo tiene 16 años, no sabrá nada de sucesión ni negocios. ¿Siquiera le han preguntado al respecto? —quiso saber Olga, que no entendía del todo ese tipo de asuntos familiares.
—El señor no lo considera por su juventud además... —comentó en voz baja—. El joven Vladimir supera en creces lo que ha hecho el joven Dmitri y cuando vea su historia académica, lo entenderá.
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Editado: 24.09.2026