El mismo pueblo, la misma ausencia
Dos años.
Dos años en los que tu nombre
no era solamente un nombre,
sino un lugar al que quería volver
incluso cuando ya estaba en casa.
Dos años en los que el futuro
tenía algo de nosotros,
en los que tu presencia
hacía que la vida pareciera
menos inmensa y más nuestra.
Y después,
la nada.
No una guerra,
no una despedida digna de recordarse,
no siquiera ese último encuentro
en el que dos personas comprenden
que ya no les queda nada por salvar.
Solamente la nada.
Como si alguien hubiera apagado la luz
de una casa en la que todavía vivíamos,
y cada uno, a oscuras,
hubiera encontrado una salida distinta.
Lo extraño es que seguimos aquí.
El mismo pueblo,
las mismas calles,
el mismo cielo cayendo sobre los tejados.
Quizá pasamos cerca
sin que el destino nos lo diga.
Quizá hemos respirado el mismo aire
en tardes que no significan nada
para nadie más.
Y, sin embargo,
no volvimos a encontrarnos.
Ni una casualidad,
ni una mirada,
ni ese segundo absurdo
en el que el pasado se cruza contigo
y te devuelve, sin permiso,
todo lo que creías haber perdido.
No nos buscamos.
Tal vez por orgullo,
tal vez por miedo,
tal vez porque hay silencios
que, una vez pronunciados,
terminan hablando por nosotros.
No sé qué lugar ocupo ahora
en la memoria de tus días.
Ni si alguna canción te devuelve mi rostro,
si alguna esquina conserva algo,
si alguna vez mi nombre aparece en tu mente
sin que tengas que llamarlo.
Solo sé que hubo un tiempo
en que dos años parecían suficientes
para imaginar una vida entera,
y ahora una vida entera
podría pasar
sin que volviéramos a mirarnos.
Qué extraño es el amor:
puede convertir a dos desconocidos
en el centro del universo del otro
y después devolverlos al mundo
sin explicarles cómo se hace
para ser desconocidos otra vez.
No sé si te perdí el día que te fuiste
o si te fui perdiendo
en cada día que pasó después.
Pero hay algo que todavía no comprendo:
¿cómo puede acabarse algo
que ocupó tanto espacio?
¿Cómo puede una historia de dos años
no dejar siquiera una coincidencia,
un último cruce,
una prueba pequeña
de que alguna vez existimos?
Quizá esa sea la parte que más duele:
no que ya no estés conmigo,
sino que la vida haya seguido
como si nunca hubieras estado.
Y aquí seguimos.
Tú, en algún lugar de este pueblo.
Yo, en algún otro.
Con las mismas calles entre nosotros,
con la misma luna sobre los techos,
con todo un mundo de por medio
y apenas unos kilómetros de distancia.
Fuimos tanto.
Y ahora,
si alguien preguntara qué quedó de nosotros,
no sabría qué responder.
Porque no quedó una fotografía rota,
ni una carta,
ni siquiera el recuerdo de un último adiós.
Quedó este pueblo.
Y la extraña manera
en que sus calles, desde entonces,
parecen saber de memoria
todos los caminos
menos el que podría llevarme hasta ti.
Editado: 23.10.2026