El Despegar De Las Sombras

CAPITULO 1

La luz de las nueve de la mañana en la fábrica nunca perdonaba nada. Entraba a raudales por los ventanales polarizados del área de operaciones, iluminando el polvo en suspensión y el desorden crónico del escritorio contiguo. Esteban Vera llegó tarde, como era su costumbre los martes, ajustándose el nudo de la corbata con una mano mientras con la otra arrojaba un pesado archivador azul sobre la superficie de melanina que Rafaela limpiaba cada mañana con toallas húmedas. El golpe seco de la carpeta hizo que el portalápices temblara.

—Rafaela, necesito que te encargues de toda la revisión anual de las filiales. Revisa cada número, cada reporte y arma el paquete completo antes del viernes —ordenó Esteban, sin siquiera mirarla a los ojos, ya con un pie girado hacia el pasillo—. Yo estaré fuera atendiendo un asunto que no puede esperar con los directivos del norte. Ya sabes cómo se ponen si no les mostramos la importancia que requieren.

Rafaela levantó la vista de la pantalla, sintiendo el familiar peso del fastidio acumulándosele en la base del cuello. A su alrededor, el zumbido de las impresoras y el murmullo de los analistas de turno creaban una atmósfera de trabajo constante, pero lo de Esteban ya rayaba en el descaro.

—Pero Esteban, faltan datos importantes de la planta sur y el equipo logístico no ha mandado los inventarios cerrados del último trimestre —respondió ella, marcando las líneas con el dedo índice sobre el informe preliminar—. Si presento esto así, los auditores van a notar el boquete financiero en menos de cinco minutos.

Esteban soltó una carcajada corta y seca, dándose la vuelta con la palma de la mano apoyada en el marco de la puerta.

—Para eso te pago, Rafaela, para que hagas magia y cuadres las piezas sueltas. Confío plenamente en tu criterio, eres la única que entiende este desorden. No me falles, por favor, que tengo el tiempo justo —zanció él, desapareciendo por el pasillo antes de que ella pudiera formular una sola objeción válida, dejándola sola con la montaña de papeles y la sensación de que su sueldo de asistente jamás cubriría la gerencia fantasma que le tocaba cargar.




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