El Despegar De Las Sombras

CAPITULO 5

La puerta de cristal de la sala de juntas apenas terminaba de cerrarse cuando una silueta joven, flanqueada por una carpeta repleta de notas a color, se interpuso en el camino de Rafaela. Era Camila Isuasti, la nueva pasante de ingeniería que la dirección acababa de incorporar al área de operaciones. Traía una sonrisa educada pero afilada como un vidrio roto, de esas que delatan una ambición desmedida y las urgencias de quien quiere comerse el mundo pisando los talones de los demás, creyendo que al haber entrado por enchufe, tendría todos los privilegios

—Licenciada Serrano, disculpe que la interrumpa —dijo Camila con un tono de falsa inocencia, bloqueando el paso hacia el pasillo de la planta—. Estaba revisando los diagramas de carga para el despacho de la línea tres y hay un detalle que no me cuadra. Según mis cálculos teóricos, el margen de tolerancia térmica que usted aprobó en el último informe está al límite de la fatiga del material. Supongo que consideró un coeficiente de seguridad más amplio para evitar daños estructurales, ¿verdad? O tal vez... se le pasó por alto en medio de tanto papeleo administrativo.

El desafío estaba lanzado de manera sutil, calculado milimétricamente para dejarla en evidencia frente a los supervisores que aún merodeaban por el pasillo. Camila buscaba un traspié, un segundo de duda que demostrara que la asistente de Esteban era solo una burócrata cansada y no una ingeniera capaz.

Rafaela sintió el pulso acelerarse por una fracción de segundo, pero en lugar de alterarse, ajustó la carpeta bajo el brazo y clavó los ojos oscuros en los apuntes de la pasante.

—El coeficiente de dilatación que utilicé contempla las variaciones térmicas reales de los motores de la planta y no los supuestos ideales de los libros de texto que acabas de leer, Camila —respondió con una voz baja, fría y absolutamente aplastante—. Si hubieras revisado el histórico de mantenimiento en lugar de confiar ciegamente en el software básico, sabrías que un margen mayor provocaría un bloqueo en la válvula de alivio. Pero no te preocupes, cuando regreses a tu escritorio y corrijas la variable, entenderás por qué las cosas aquí funcionan con física aplicada y no con teoría de pasillo.

Camila palideció ligeramente, cerró la carpeta de golpe y masculló una disculpa apresurada antes de desaparecer hacia las oficinas de producción.

Rafaela se quedó un momento sola en el pasillo, mirando hacia la puerta por donde había huido su jefe hacía unos minutos.

Esteban convocó de manera improvisada a una junta en la sala de reuniones principal de la planta central para anunciar el viaje de inspección anual a las filiales de la sierra del país. Los gerentes mayores ocupaban los asientos de cuero mientras él caminaba de un lado a otro con falsa prestancia.

—Nuestra brillante asistente corporativa será la encargada de viajar este año a las sucursales para verificar in situ que la operación marche sobre ruedas y los números no mientan —anunció Esteban ante los directivos, fingiendo un orgullo corporativo que jamás sentía en el día a día.

Al terminar la junta, cuando el resto de los ejecutivos abandonó la sala comentando carpetas, Rafaela se cruzó de brazos frente a la puerta cerrada y lo miró fijamente.

—Sabes perfectamente que esa inspección técnica le corresponde por jerarquía al jefe de operaciones de la zona y no a mí. ¿Por qué me mandas sola a apagar ese incendio?

—Porque tú conoces los papeles y las fallas ocultas mejor que nadie en esta empresa, Rafaela. No te pongas difícil ahora, es solo un viaje corto de tres días y regresas antes del fin de semana —respondió él, esquivando su mirada y acomodándo los papeles con prisa.




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