El Renacer De La Verdadera Heredera

CAPÍTULO 6

El cerrojo de la habitación de Sara resonaba en la mente de todos como un recordatorio sombrío de que la paz en la residencia Grissom se había quebrado sin remedio. Robert permanecía convaleciente en sus aposentos privados bajo estricta vigilancia médica, mientras Lady Marg deambulaba por los pasillos con el rostro consumido por el insomnio y la sospecha.

A la mañana siguiente, la quietud opresiva de la mansión fue interrumpida por el sonido metálico de cascos sobre la grava. Un carruaje negro azabache, con el blasón de un halcón de plata sobre fondo obsidiana, se detuvo ante la escalinata principal. No hacía falta que el heraldo anunciara al visitante: era el carruaje privado de Lord Leonardo Szmanda.

Un lacayo con librea entregó un sobre lacrado directamente a Catherine, quien descendía con paso sereno hacia los jardines. La misiva no iba dirigida a la familia Grissom, sino a ella de forma exclusiva: una invitación formal para un paseo a caballo por los terrenos colindantes del bosque imperial, acompañada por una escolta de honor.

A través de las rejas de su ventana en el segundo piso, Sara observaba la escena. Tenía el cabello revuelto, los ojos hinchados por el llanto y las uñas rotas de arañar el marco de madera. Al ver el carruaje de Leonardo aguardando por Catherine, un grito ahogado de rabia animal se atoró en su garganta. El hombre al que le había rogado una mirada durante años ahora enviaba su propio coche para llevarse a su enemiga a la vista de toda la servidumbre.

Catherine subió al carruaje sin dirigir una sola mirada hacia las ventanas superiores. Media hora más tarde, el carruaje se detuvo en un pabellón de caza privado, enmarcado por altos robles y el susurro constante de un río cercano.

Leonardo ya estaba allí. Vestía una casaca de montar de cuero negro y botas altas con espuelas plateadas, sosteniendo las riendas de un imponente semental negro. Al ver descender a Catherine, sus labios esbozaron esa media sonrisa afilada que solía paralizar a sus adversarios en la corte.

—Veo que mis hombres hicieron un trabajo limpio en los callejones del bajo distrito, mi señora —dijo él con una reverencia leve y pausada—. Me alegra saber que el té de ayer en la casa Grissom resultó ser tan... digestivo.

Catherine avanzó hacia el pabellón con la falda de terciopelo esmeralda recogida en una mano, sosteniéndole la mirada con absoluta compostura.

—El boticario del callejón del Cuervo tenía una mercancía lamentable —respondió ella con calma mordaz—. Robert sobrevivió, pero la lealtad ciega que sentía hacia Sara ha quedado herida de muerte. Y eso vale más que un ataúd prematuro.

Leonardo soltó una risa seca, genuinamente entretenido por la frialdad con la que hablaba de su propia familia de sangre. Dio un paso hacia ella, reduciendo la distancia hasta que Catherine pudo percibir el aroma a cuero, sándalo y lluvia fresca que lo envolvía.

—Es usted una criatura fascinante, Lady Catherine —murmuró él, bajando el tono hasta convertirlo en una caricia peligrosa—. Cualquier otra joven en su posición habría llorado ante el Duque rogando por justicia. Usted prefirió armar un cadalso con los propios clavos de su enemiga. Dígame, ¿dónde aprendió una dama de la alta alcurnia a quebrar voluntades con semejante precisión?

—En un lugar donde la ingenuidad se pagaba con la muerte, milord —replicó Catherine sin pestañear—. La vida enseña rápido cuando el suelo se tiñe de rojo bajo tus pies.

Leonardo clavó sus ojos grises en los de ella, buscando una fisura, un atisbo de duda o miedo, pero solo encontró la firmeza inquebrantable de un igual. Levantó la mano enguantada y rozó apenas los dedos de Catherine antes de tomar su muñeca con delicada firmeza.

—No me importa de qué infierno escapó para llegar aquí —susurró él, con una intensidad que hizo vibrar el aire entre ambos—. Solo sé que no pienso apartarme de su lado mientras reduce a cenizas ese nido de lobos. Considéreme su cómplice más fiel. Aunque tengo una duda... ¿cuál es el siguiente movimiento contra los hermanos?

Catherine curvó los labios con una serenidad letal.

—Robbins es un bruto que solo entiende de fuerza bruta, pero Russell... Russell tiene una debilidad más costosa: las mesas de juego clandestinas y los pagarés sin fondo. Y sé exactamente en qué club nocturno perderá hasta el último centavo esta misma noche.

Leonardo sonrió con deleite sombrío.

—En ese caso, permítame comprar la deuda antes de que amanezca. Será un placer ver a un Grissom arrodillado en mi despacho pidiendo clemencia.

Mientras tanto, en la mansión Grissom, la puerta de los aposentos de Sara se abrió con un crujido sordo. Russell, el hermano menor, entró con sigilo asegurándose de que los guardias del corredor estuvieran distraídos. Llevaba la camisa desabrochada y un sudor frío le perlaba la frente.

—Sara, necesito tu ayuda —siseó Russell, cerrando la puerta con prisa—. Los hombres del club del Dragón Dorado vendrán a cobrar hoy. Son tres mil monedas de oro. Si padre se entera de esta deuda después del escándalo del tónico, me desheredará y me arrojará a los cuarteles de frontera.

Sara, sentada en el borde de su cama destrozada, levantó la cabeza lentamente. Una chispa de malicia desesperada iluminó sus ojos enrojecidos.

—¿Tres mil monedas? —repitió ella con voz ronca—. No tengo esa cantidad en efectivo aquí, Russell. Pero sé quién tiene joyas y pagarés imperiales que valen cuatro veces esa cifra.

Russell tragó saliva con dificultad.

—¿Catherine?

—Esa usurpadora trajo cofres enteros de la casa donde fue criada —susurró Sara, levantándose y tomándolo de la solapa con dedos crispados—. Su habitación está llena de zafiros y títulos de crédito al portador. Si entras ahora que se ha marchado con Lord Leonardo y tomas solo un par de collares, podrás pagar a tus acreedores. Y cuando ella note la falta... la acusaremos de haber vendido las joyas familiares para pagar a los hombres que atacaron a mi sirvienta en el baile.



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En el texto hay: misterios, romance, renacer

Editado: 25.10.2026

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