Gabriel rodó la vista. ¿Por qué debería compartir la taquilla con semejante energúmena? ¿Por el simple hecho de haberle gritado en público? Era algo injusto. Mucho.
La directora le entregó una llave de la taquilla.
—En navidades evaluaremos de nuevo la situación para ver si se os levanta el castigo o debéis seguir compartiendo espacio.
—¡No es justo! —se quejó ella.
—¡Amenazar a un compañero tampoco, Sasha León Pierce, y lo has hecho!
Bufó como respuesta.
Gabriel levantó la mano.
—¿El castigo me tiene que incluir a mí, directora?
—Te vuelvo a repetir que has puesto en duda las cualidades de tu compañera en público y eso ha sido como señalarnos de mala praxis.
Bajó la mirada y se dispuso a afilar su aclaración.
—No cuestioné las enseñanzas de la academia, lo que cuestioné era el criterio de la compañera para mantener el control.
—Gabriel, será mejor que no hables más para no comprometerte.
El consejo de la directora dijo más de lo que le hubiera gustado entender. Gabriel se levantó, hizo un gesto de agradecimiento y salió del despacho; dejando a la larguirucha con su propia bronca.
El hambre empezaba a asomar y creyó oportuno acercarse al comedor de la academia.
En el pasillo de entrada estaba su nueva taquilla y se paró delante. Ahora el motivo era distinto, o eso quería creer, porque ¿Qué podría guardar un pianista en una taquilla?
Con la llave que le había entregado la directora decidió abrir la puerta. Él, que nunca fue curioso, se sorprendió por querer averiguar cosas de la larguirucha con la que compartiría casillero.
Había dos arcos, uno parecía bastante rudimentario si lo comparaba con el otro.
Pero se fijó en los libros que estaban colocados a un lado como si estuviese en una biblioteca. Leyó las tajuelas.
—Teoría del punto de mira, Historia del arco y sus héroes, Arco y ballestas. —Gabriel notó que el cuarto libro estaba más usado, pero también más cuidado— Constelaciones de la bóveda celeste.
Cogió el libro, no le había pasado inadvertido de que no tuviera ningún libro referente a la hípica o los caballos. Cuando miró la portada y vio los dibujos de las constelaciones, tuvo una idea. Cerró el libro y lo dejó donde estaba.
—Podría guardar un metrónomo y mi propio diapasón cuando me lo den, pero no tengo nada que abulte tanto como un arco y su carcaj. —miraba directamente las armas cuando las nombró— Va a parecer que solo me está dejando usar su taquilla por solidaridad. ¡No hay problema!
Solo tenía que ignorar sus alusiones e intentar no desagradarle más; para que así, en el trimestre siguiente, le pudieran dar su propia taquilla.
Llamó al abuelo Yun, mientras tenía puesta la vista fija en el libro de las estrellas.
—¡Hola, abuelo! ¿Te acuerdas de lo que me dijiste ayer de las asignaturas?
—Te conozco, Gabriel, ¿Tiene que ver con la chica con la que vas a compartir taquilla?
—¡No se te escapa una! Me he dado cuenta que le gusta la astronomía.
—¡Ni se te ocurra pintarle el ojo del telescopio con pintura!
—¡Yo no hago esas cosas, abuelo Yun!
—Tú dime y ya veré si me parece buena idea.
—He pensando que, cómo parece que no quiere decirlo; quizás si intento adornar la taquilla con constelaciones variadas, ella vea que no soy una presa a la que cazar.
El hombre al otro lado del teléfono tardó tanto en responder que Gabriel llegó a dudar si su abuelo le había colgado.
—Tengo amigos que me pueden dar pequeñas pegatinas del zodiaco, y hoy mismo. ¿Tanto quieres impresionar a esa chica?
—¡No, abuelo, no es eso! Ayer me amenazó y hoy me ha señalado con la flecha. No quiero que lo lleve a cabo, gracias.
—¡Con lo hábil que eres para pasar inadvertido, y justo con ella, quieres llamar la atención! Te lo haré llegar enseguida.
El abuelo Yun colgó sin darle tiempo a replicar.
—A tí no te ha amenazado. —Le dijo al teléfono cuando se lo apartó de la cara.
Cerró la taquilla con la llave y se la metió en el bolsillo. Tras la puerta se encontró con un chico rubio con el cabello lacio y un corte de cabello a lo mohicano pero vencido por la gravedad. Tenía los ojos de un azul pálido y triste, pero su expresión era de amenaza.
¿Él también?
—O sea, que eres quien va a compartir la taquilla con ese pibón.
No entendía nada. ¿Había llamado pibón a la larguirucha Sasha de arco?
—¿Nos conocemos? —Acertó a preguntar.
—Soy Ricardo Llorente, pero todos me llaman Ricky. —Se pasó la mano por el pelo y se la extendió— Encantado.
La mirada de Gabriel rebotó entre la mano y la cara del chico ante él. ¿El acosador del internado se quería hacer amigo de él? No tenía sentido.
Le estrechó la mano con severa reticencia. Simuló una sonrisa.
—¿Por qué compartes la taquilla con ese bombón?
—¿No lo has oído antes? Me amenazó y yo la insulté, punto.
—¡Es de las difíciles, me gusta! ¡La moreneta ya es mía!
Gabriel estaba atónito. Ese chico que se las daba de rey, había entrado nuevo como él y ya se las daba de dictador. Cayó en la cuenta de que no había dicho algo importante.
—¿Sabes, acaso, su nombre? Porque aludes a su físico y no lo has dicho todavía.
—¿Sara, Sandra? ¡Da igual, me la pienso ligar!
Ahora su compañera de taquilla le daba auténtica lástima, pero procuró no exteriorizarlo.
—¡Alaba su físico y la tendrás en el bote, colega! —ironizó.
Intentó dirigirse al comedor.
—¡Gracias por el consejo, chiquitín! —Ricky le adelantó y le ignoró.
Al verle, lo que pensó de Ricky fue que era un competo estúpido y que no entendía el sarcasmo. Pero también sintió una pequeña satisfacción al saber las creencias, aunque erróneas, de lo que el otro había entendido.
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Editado: 28.09.2026