Jenna y Sasha estaban esperando en la cola del autoservicio. Recibieron una pieza de pollo asado con puré de patatas y guisantes en sus platos.
—Y este año por fin me dejarán mis padres, ¿te lo puedes creer?
—No te he entendido del todo, Jenna. ¿A tiro al plato o a esgrima?
Se sentaron en la parte más exterior de la única mesa que quedaba vacía.
—Mi especialidad es la ballesta, Sasha, ¡por fin podré tener en mis manos un arma normal!
Lo feliz que estaba su amiga no le restaba importancia al hecho de tener una escopeta en las manos. Jenna podía parecer muy volátil, pero era temperamental. Y eso, junto a un arma de fuego, era dinamita en las manos de la del pelo bicolor.
—Pasar de la ballesta a la escopeta es mucho para tí. —intentó calibrarla.
—No va a ser tan moderna, ¡ojalá!, será con mosquetón. ¡Como si fuera Isabel II de Inglaterra antes de su coronación!
Sasha se imaginó a su amiga con balines de plomo, redondos como canicas, en las manos.
Se le escapó una sonrisa al recordar las clases de historia cuando el profesor explicó el poco alcance de esa munición.
—A mí, con tal de que no me apuntes, me conformo.
Jenna le respondió sacando la lengua y empezó a pinchar los guisantes.
La mirada de Sasha se elevó de manera involuntaria y fue a parar a Gabriel de piano. Estaba en la cola para recibir lo último de su bandeja y ya tenía dos moscardonas intentando darle conversación.
Le observó negar algo a la de piel más blancucha y el cabello negro. Pero la pelirroja intervino y ya se rieron los tres. A esa la recordaba del año anterior porque era la mejor de arpa.
Y con esos pensamientos inconclusos, se le apareció un obstáculo.
—Hola, belleza, te voy a ganar.
Al examinarle, el chico ante ella era rubio, con el cabello largo y rapado a partes iguales. La mirada gris azulada de sobrado le venía grande.
—Disculpa, ¿nos conocemos?
—Nos vamos a conocer a fondo, monada; soy Ricky.
—Permíteme que lo dude, Ricky, pero no sé en qué disciplina estás; y asegurar que me vas ganar me parece algo arriesgado por tu parte.
—Soy de arma de fuego, y tú eres de arco, estamos hechos el uno para el otro. —Sonrió, guiñó un ojo, y frunció los labios para lanzarle un beso—. Me voy para que me eches de menos.
Sasha rodó los ojos en cuanto se fue. Jenna, por el contrario le contemplaba alejarse.
—Es súper guapo, ¿a que sí?
—Es un pretencioso que se cree divino, ¡qué rancio! —volvió a su plato—. ¡Un caso perdido!
—Ya me dijo Kenny que has discutido con un alumno de los nuevos.
—Tu primo es un entrometido, que lo sepas. —Se metió un trozo de pollo en la boca y lo masticó con irritación.
—Tú haciendo amigos eres única, Sasha. —se rio.
La mirada de ambas amigas se dirigió hacia el conserje, que atravesó el comedor hasta llegar a una mesa donde había cuatro chicas haciendo corro. Entregó un pequeño paquete de cartón a una persona que había en el grupo y se fue.
—¿Será un paquete urgente para que lo tenga que traer Hermenegildo? —cuestionó Jenna.
—Y nosotras, en cambio, tenemos que ir a buscarlo a la oficina de la directora. No es justo.
Tras el conserje, pudieron ver a esa persona que acaparaba tanta atención. Y esta vez, las admiradoras se habían multiplicado.
—¿Diana y las gemelas Ferrish en la misma mesa?
Sasha miró a su amiga con incredulidad. ¿Se fijaba en eso y no en que había cinco chicas adulando a un solo chico?
Le fastidió verle tan entregado. ¿Acaso le gustaba tener fans, o es que no tenía el amor propio suficiente para escoger? Fuera lo que fuese, lo resumió en arrogante.
Al terminar de comer, las chicas recogieron sus bandejas y salieron del comedor. Y en el pasillo de las taquillas le vieron otra vez, al nuevo de piano.
Apenas se cruzaron una leve mirada, y sin embargo, Jenna sí que afirmó con la cabeza como saludo.
Al acabar el pasillo, y cuando ya estaban lo suficientemente lejos para no ser oídas por Gabriel, Jenna parecía más emocionada de lo normal.
—¿No es romántico?
—¿De qué hablas?
—El chico de piano.
—Jenna, no te pillo.
Y la chica se paró en seco, haciendo que Sasha frenara el paso.
—¿No te has dado cuenta de que estaba parado frente a tu taquilla?
Sintió que se ruborizaba un poco, pero la lógica era obvia.
—Es que también es su taquilla, Jenna.
—No, es la tuya.
—¡Claro, es que no lo viste! —Sasha se sintió algo frustrada al percatarse de los datos que se le escapaban a su amiga—, ¡la directora me castigó, compartiendo taquilla con ese ligón arrogante!
Su amiga se cruzó de brazos y la examinó. Tras tres segundos, dió un paso para seguir caminando.
—Este año atraes especialmente el interés de los rubios guapos, no sé si es bueno o malo ser tu amiga.
Sasha la miró como si le hubiera salido una tercera coleta.
—Yo no les atraigo como tú crees. —replicó.
—Ricky se ha dirigido solamente a tí cuando se ha acercado a nuestra mesa, y el nuevo de piano te estaba poniendo pegatinas en la taquilla. ¡Sabiendo que me gustan los rubios!
Había oído algo que le crispó, ignorando el resto del reproche.
—¿Qué has dicho de Gabriel?
—¿Ves? ¡Hasta sabes su nombre!
—¡Cómo me quite mis estrellas! —Se volteó para regresar al pasillo.
—¡Sasha, para, has dicho que también era la suya! —Intentó frenarla Jenna, sin éxito— ¡también tiene derecho a personalizarla!
—No va a tocar mis pegatinas, ¡no, señor!
Al llegar, Gabriel ya no estaba. En su lugar, había colocado pegatinas de constelaciones por los diferentes huecos que había disponibles.
Se percató de que al lado de sus nombres había pegado las constelaciones de Sagitario para ella y Leo para él.
—Mira tú por dónde, que voy a saber su nombre y su horóscopo en menos de diez minutos.
—No me gusta.
—¿Me tomas el pelo? ¿qué hay de malo en que me guste saber eso?
Sasha no barajó todas las opciones, y sin embargo, solo quiso ofenderse.
—¡Quiere reirse de mí! —miraba específicamente a la pegatina de la constelación del centauro— ¡hasta ha averiguado mi fecha de nacimiento!
Jenna se irguió, con el ceño fruncido observó la pegatina.
—¿Esa tan complicada es la tuya?
—Sí. —Respondió rechinando los dientes.
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Editado: 02.11.2026