—Si espera que le diga que es inocente, no soy el abogado indicado.
El hombre frente al escritorio se removió en su asiento. Sus dedos jugaban con el borde del portafolio, apretándolo con nerviosismo. Eithan Beltrán no levantó la vista del expediente. Pasó una página con calma, como si el silencio no pesara.
—Yo… —titubeó el cliente—. No dije eso.
—No hace falta.
Eithan cerró el archivo con un movimiento preciso y, entonces sí, alzó la mirada. Sus ojos oscuros se fijaron en él con una serenidad incómoda, calculada.
—Lo que necesito saber —continuó— es si puedo ganar este caso. Lo demás… es irrelevante.
El hombre tragó saliva.
— ¿Ganar?
—Ganar —repitió Eithan, inclinándose apenas hacia adelante—. Desestimar pruebas. Debilitar testimonios. Crear duda razonable. —Hizo una breve pausa—. Eso es lo que hago.
El cliente dudó. Su mirada vaciló un segundo, como si evaluara cuánto debía decir.
—Hubo… un error —admitió al final, en voz baja—. Pero no fue mi intención.
Eithan lo observó en silencio. No había juicio en su expresión, tampoco empatía. Solo análisis.
—La intención no siempre importa —respondió—. Lo que importa es lo que pueda demostrarse.
Se recargó en el respaldo de su silla, cruzando una pierna con elegancia.
—Y lo que yo pueda destruir.
El aire en la oficina se volvió más denso.
—Dicen que usted nunca pierde —murmuró el cliente, casi como si buscara convencerse a sí mismo.
Eithan no respondió de inmediato. Sus dedos tamborilearon suavemente sobre el escritorio de madera. Nunca pierde. Las palabras no eran nuevas. Las había escuchado demasiadas veces.
—Mi padre nunca pierde —corrigió finalmente, con un tono neutro—. Yo todavía tengo que demostrarlo.
El hombre asintió con rapidez, aferrándose a esa idea.
—Entonces… ¿tomará el caso?
Eithan sostuvo su mirada unos segundos más. Evaluó. Calculó. Riesgos. Probabilidades. Exposición. Finalmente, tomó el expediente y lo deslizó hacia un lado.
—Le diré algo —dijo con voz firme—. Si decido representarlo, no será porque crea en usted.
El cliente se tensó.
—Será porque puedo ganar.
El silencio que siguió fue definitivo.
—Tiene hasta mañana para decidir si quiere un abogado… o quiere ganar —añadió Eithan.
El hombre asintió, nervioso, y se levantó apresuradamente. Murmuró una despedida torpe antes de salir de la oficina. La puerta se cerró con un clic suave. Eithan exhaló lentamente y desvió la mirada hacia la ventana. La ciudad se extendía bajo un cielo gris, cargado, como si la lluvia estuviera a punto de romper.
Por un instante, el reflejo en el cristal le devolvió su propia imagen: impecable, firme… suficiente.
Un golpe suave en la puerta lo sacó de sus pensamientos.
—Señor Beltrán.
Levantó la vista de la pantalla. Con un gesto de su mano izquierda indicó que pasara. Era Rosa, la secretaria de su padre, quien lo apoyaba con algunas tareas.
—Lamento molestarlo, pero…
— ¿Se presentó la chica a la entrevista? —interrumpió él.
Rosa negó levemente.
—La he llamado dos veces, pero no ha contestado ni ha devuelto la llamada.
Eithan cerró los ojos un momento y suspiró.
—Declínala. Publica la vacante nuevamente.
—De inmediato —respondió ella antes de retirarse de la sombría oficina.
Eithan observó su bolígrafo por unos segundos. Luego abrió el cajón de su escritorio y sacó un expediente: el resumen de una candidata. Necesitaba una secretaria personal, ya que Rosa estaba saturada atendiendo ambas oficinas.
El perfil lo había impresionado: licenciada en administración, maestría en gestión de recursos humanos y, además, cursando Derecho en línea los fines de semana. Tenía experiencia en despachos legales. Le habría gustado conocerla.
Revisó el documento una vez más, como si esperara encontrar algo distinto, pero no había fotografía. Solo palabras.
Marcó el número en su celular mientras giraba su silla hacia la ventana. La lluvia golpeaba el cristal con insistencia; llevaba más de una hora lloviendo. Tal vez el tráfico la había retrasado.
Se llevó el teléfono al oído.
—Número fuera de servicio.
Bajó el celular lentamente. Su mirada se perdió en la lluvia que corría por el vidrio. El cielo estaba gris, pero al menos el calor sofocante del último mes había cedido.
Un escalofrío recorrió su cuerpo. Su piel se erizó.
El sonido del teléfono lo sacó de su trance.
—Dime, Rosa.
—Señor Beltrán, le recuerdo que tiene cita con la señora Torres a las tres.
Miró el reloj. Faltaba media hora.
—Gracias. Saldré de una vez. Si llega la señorita Robles… dile que será para la próxima.
Colgó sin esperar respuesta.
Se levantó, tomó su saco y salió de la oficina, ignorando las miradas del personal que inevitablemente seguían su paso.
—Señor Beltrán, ¿prefiere que lo lleve? El clima está complicado —ofreció el chofer.
—No, gracias. Saldré por un asunto personal.
Subió a su auto y arrancó. Conducir era su escape: se desconectaba del mundo. A veces ni siquiera recordaba el trayecto, pero siempre llegaba.
Sin embargo, ese día era distinto. El frío volvió a recorrer su cuerpo. Un hormigueo incómodo. Una presión en el pecho. ¿Presentimiento? Apretó el volante.
De pronto, unas luces lo cegaron.
Giró bruscamente, pero fue demasiado tarde.
…
Despertó de golpe.
El aire no llegaba a sus pulmones.
Durante unos segundos no supo dónde estaba. Todo era un zumbido agudo, constante, que le perforaba los oídos. Intentó moverse, pero algo lo mantenía atrapado. Su pecho subía con dificultad, como si el mundo entero pesara sobre él.
Parpadeó.
Oscuridad… no. No era oscuridad. Era borroso.
Fragmentos de luces.
Lluvia.
El sonido… la lluvia.
Entonces lo sintió.
Dolor.
Un latigazo que le recorrió la cabeza, bajando por el cuello hasta los hombros. Soltó un quejido ahogado. Intentó llevarse una mano al rostro, pero algo inflado lo presionaba contra el asiento.
Editado: 01.10.2026