Aquel recuerdo no paraba de repetirse en su mente, como un fragmento roto que se negaba a encajar. Intentaba aferrarse a él, reconstruirlo, arrancarle algún detalle más… pero cada intento solo hacía que el miedo creciera. Era como asomarse a algo que no debía ver. Ella ya estaba cansada de su situación. Decidió volver a la tienda al día siguiente.
Esta vez fue sola.
El lugar se sentía distinto sin compañía. Más amplio. Más silencioso. Sus pasos resonaban suavemente mientras caminaba por los pasillos, recorriendo con la mirada cada rincón, como si algo —o alguien— fuera a aparecer de nuevo. Buscó el moño negro. Ahí estaba, en el mismo lugar que el día anterior. Inmóvil. Ordinario. Inofensivo.
Pero no ocurrió nada.
Ninguna imagen. Ninguna sensación. Ningún recuerdo. Soltó un suspiro, entre frustración y cansancio, y apartó la mirada. Tal vez todo había sido producto de su mente… o tal vez no estaba lista para recordar.
Intentando distraerse, comenzó a revisar las prendas de ropa. Sus dedos se deslizaron entre telas hasta que eligió una falda azul marino y una camisa blanca. Sin pensarlo demasiado, se dirigió al probador.
Dentro, el espacio reducido la envolvió en silencio. Se miró en el espejo. El atuendo le quedaba bien… pero algo no encajaba. Había una sensación extraña, como si estuviera viendo a otra persona. Frunció ligeramente el ceño.
Entonces, con un gesto automático, levantó su cabello y lo recogió en una coleta alta. Volvió a mirarse. Y en ese instante, una voz dulce cruzó por su mente, clara, cercana.
—Qué hermosa te ves Valeria… eso te queda muy bien.
Su corazón se detuvo. En el espejo… detrás de ella… alcanzó a distinguir la silueta de una mujer. Era difusa, casi como un reflejo mal enfocado, pero estaba ahí.
Ella parpadeó una vez.
Dos veces.
Y al girar…
Ya no había nadie.
El probador volvió a estar vacío. El silencio regresó, más pesado que antes. Su respiración se volvió irregular mientras sus manos temblaban ligeramente.
Valeria.
Ese era su nombre.
Lo sabía ahora.
No porque lo recordara… sino porque algo dentro de ella lo reconocía como una verdad incuestionable. Se quedó inmóvil unos segundos, observando su reflejo. Pero ahora ya no se veía igual.
A unos metros de la entrada, un hombre permanecía junto a un automóvil estacionado. Había llegado allí sin saber exactamente qué esperaba encontrar. Llevaba varios minutos observando a las personas que entraban y salían del establecimiento, hasta que algo llamó su atención.
Valeria.
Por un instante, se quedó completamente inmóvil.
No había duda. Era ella.
Su mirada permaneció fija en la joven mientras salía del establecimiento acompañada por un hombre de mediana edad. Él le abrió la puerta trasera del vehículo y esperó a que Valeria entrara.
Estaba viva.
El hombre sintió que la tensión se acumulaba en su mandíbula. Durante unos segundos simplemente la observó, como si necesitara comprobar que realmente era ella y que no se trataba de una confusión.
Pero había algo extraño.
Valeria caminaba con tranquilidad. No parecía estar buscando a nadie. No miraba a su alrededor con preocupación. Ni siquiera parecía saber que alguien la observaba desde unos metros de distancia.
Eso le confirmó algo que ya sospechaba.
Ella no lo había reconocido.
El hombre bajó lentamente la mirada y dio un paso hacia atrás, procurando mantenerse fuera de su campo de visión.
No podía acercarse.
Todavía no.
Esperó hasta que el automóvil comenzó a alejarse y, solo entonces, se apartó del lugar.
Cuando ella ingresó a la oficina, Eithan levantó la vista del documento que tenía frente a él. Parpadeó un par de veces, como si necesitara asegurarse de que realmente la estaba viendo.
El atuendo le quedaba demasiado bien. La falda azul marino marcaba una elegancia natural, y la camisa blanca contrastaba con la suavidad de su piel. Pero fue el detalle de su cabello recogido lo que lo descolocó por completo.
La hacía ver… distinta. Más segura. Más… difícil de ignorar. Eithan movió ligeramente la cabeza, apartando ese pensamiento antes de que echara raíces.
—Te has tardado —dijo, retomando un tono neutral—. ¿Fuiste a comprar ropa?
—Sí, bueno… —ella bajó la mirada hacia sí misma, como si apenas recordara lo que llevaba puesto—. Fui de nuevo a la tienda. Creí que si iba otra vez… podría recordar algo más.
Hubo un breve silencio.
Eithan se levantó de su silla y caminó hacia ella con pasos medidos, observándola con atención, como si cada pequeño cambio en su expresión pudiera decirle algo importante.
— ¿Has recordado algo?
Ella levantó la mirada y sonrió levemente. Era una sonrisa pequeña, pero distinta a las anteriores. Había algo más firme en ella.
—Me llamo Valeria —dijo, casi en un susurro—. Sé que es poco, pero…
—Para nada.
La interrumpió con suavidad.
Ella notó entonces la expresión en su rostro. No era solo cortesía. Era… alivio.
—Tienes un lindo nombre, Valeria.
Escuchar su nombre en boca de Eithan le produjo una sensación extraña. Era la primera vez que alguien la llamaba así desde que había despertado, y por un instante sintió que aquella palabra le pertenecía de nuevo.
—Valeria... —repitió en voz baja.
Eithan asintió.
—Sí. Valeria.
Durante unos segundos permanecieron en silencio.
Ella levantó la mirada hacia él y descubrió que estaba más cerca de lo que había pensado. No sabía por qué esa cercanía la hacía sentirse ligeramente incómoda. Quizá era simplemente porque todavía estaba aprendiendo a confiar en él.
Eithan pareció notarlo también y dio un pequeño paso atrás.
—Es un avance importante —dijo, retomando un tono más sereno—. Los nombres suelen estar ligados a recuerdos profundos. Tal vez esto sea solo el comienzo.
Valeria asintió lentamente.
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Editado: 19.10.2026