“gracias por Enseñarme lo que No Quiero”

“Tus ojos brillan.”

Hay frases que parecen inocentes hasta que conoces la historia que llevan detrás.

La tuya fue:

“Tus ojos brillan.”

Bonito.

Hasta romántico.

El pequeño detalle es que no me lo dijiste a mí.

Se lo escribiste a ella.

A tu ex.

Sí, esa misma mujer de la relación que, según tú, ya estaba superada.

La misma historia que había terminado por razones suficientes como para que cualquiera entendiera que ya no había nada que idealizar.

Pero ahí estabas tú.

Todavía mirando hacia atrás.

Todavía encontrándole brillo a sus ojos.

Qué capacidad tan admirable la tuya para encontrar luz justamente donde tantas veces te habían apagado.

Y yo mientras tanto...

al lado tuyo.

Enamorada.

Disponible.

Intentando construir contigo algo que yo creía nuevo.

Supongo que mirar hacia adelante era demasiado sencillo.

A veces el pasado tiene un encanto extraño, especialmente cuando uno decide recordar únicamente la parte que le conviene.

Cuando vi aquel comentario, sentí algo que todavía puedo recordar perfectamente.

No fue solamente celos.

Fue incredulidad.

Porque durante meses yo había construido una colección impresionante de excusas a tu favor.

“Él no es expresivo.”

“No sabe decir cosas bonitas.”

“No es romántico.”

“Simplemente demuestra el amor diferente.”

Qué tierna era yo.

Defendiéndote incluso de cosas que tú ni siquiera te molestabas en explicar.

Y entonces aparecieron esas tres palabras.

Tus ojos brillan.

Resulta que sí sabías ser expresivo.

Qué sorpresa.

Sí conocías los cumplidos.

Sí podías fijarte en los ojos de una mujer.

Sí podías encontrar una frase bonita y escribirla sin que nadie tuviera que preguntarte primero:

“¿Me veo bonita?”

Solo necesitabas la inspiración adecuada, aparentemente.

Y ahí entendí por qué aquel comentario me dolió tanto.

No era por ella.

Era por mí.

Porque yo llevaba demasiado tiempo esperando recibir de ti espontáneamente algo parecido.

No una declaración de amor.

No un poema.

No necesitaba que escribieras una novela.

Con tres palabras me habría bastado.

Mira qué económica era mi necesidad emocional.

Y ni siquiera eso llegaba.

Lo irónico es que yo siempre había sabido que tenía ojos bonitos.

Antes de ti jamás necesité que alguien me lo confirmara.

Me miraba al espejo y me gustaban.

Eran parte de ese brillo que yo tenía cuando llegaste.

Pero aquel día hice algo que hoy me parece absurdo.

Me comparé con ella.

La observé.

Me observé.

Y pensé:

¿Qué tiene ella que yo no?

Incluso llegué a pensar que yo era más bonita.

Y puede que lo pensara de verdad.

Pero con el tiempo entendí que esa comparación era una pérdida de tiempo.

Porque esto nunca fue un concurso de belleza.

Yo podía ser la mujer más hermosa del mundo y eso no iba a obligarte a mirarme como yo necesitaba.

Ese era el punto.

No importaba si mis ojos eran más bonitos.

Importaba que tú decidieras verlos.

Y mientras yo me preguntaba por qué nunca encontrabas palabras para mí, tú sí encontrabas tiempo para mirar hacia una historia que, según todo lo que yo conocía de ella, te había dejado más heridas que motivos para seguir idealizándola.

Eso también me parecía fascinante.

Porque uno pensaría que después de ciertas decepciones, el amor propio aprende.

Pero parece que no siempre.

A veces una persona puede tener delante a alguien dispuesto a quererla bien y seguir girando la cabeza hacia quien ya le demostró demasiadas veces que no sabía cuidar lo que tenía.

Y sí, me dolió.

No voy a fingir elegancia donde no la hubo.

Me dio rabia.

Porque mientras yo estaba intentando hacerte sentir querido, tú todavía parecías tener una lupa emocional para ella.

Sus ojos brillaban.

Qué bien.

Los míos también.

Solo que los míos estaban ocupados mirándote a ti.

Esa era la diferencia.

Yo te estaba mirando desde el presente.

Tú todavía parecías encontrar motivos para mirar hacia atrás.

Y mientras más pensaba en ello, más ridícula me parecía la situación.

Yo tratando de demostrarte que valía la pena.

Yo arreglándome para verte.

Yo buscando guardar recuerdos.

Yo intentando construir una relación.

Mientras tú conservabas una sensibilidad extraordinaria para notar detalles en una mujer con la que, según yo entendía, ya habías vivido suficientes decepciones.

Es impresionante lo selectiva que puede ser la memoria.

Hay personas capaces de olvidar todo lo que les hicieron...

pero recordar perfectamente cómo les brillaban los ojos.

Supongo que eso también es una forma de romanticismo.

Una bastante peculiar, pero romanticismo al fin.

Durante un tiempo me enojé con ella.

Después entendí que estaba mirando hacia el lugar equivocado.

Ella no me debía nada.

Tú sí tenías una relación conmigo.

Y eso cambió completamente mi rabia.

Porque el problema nunca fue que otra mujer existiera.

El problema era que yo me sintiera compitiendo con alguien que supuestamente ya pertenecía al pasado.

No debería haber existido una competencia.

Yo no tenía que ganarle a nadie.

No tenía que ser más bonita.

Más cariñosa.

Más comprensiva.

Más paciente.

Más mujer.

Nada.

Tú habías elegido estar conmigo.

Al menos eso creía.

Entonces, ¿por qué yo sentía constantemente que tenía que demostrar que merecía ese lugar?

Ahí comenzó una de las etapas más feas de nuestra relación.

Empecé a observar cosas que antes no observaba.




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