Nunca imaginé que un matrimonio pudiera terminar así.
No con una infidelidad descubierta a medianoche.
No con una maleta en la puerta.
No con gritos.
No con un portazo.
A veces un matrimonio no se rompe de golpe.
A veces simplemente deja de sentirse como un matrimonio.
Y un día despiertas, miras a la persona que duerme a tu lado y te das cuenta de que conoces su respiración, sus horarios, sus manías, la forma en que deja las cosas sobre la mesa...
pero ya no sabes qué está pasando dentro de su corazón.
Y probablemente él tampoco sabe qué está pasando dentro del tuyo.
Eso somos ahora.
Dos personas que saben demasiado la una de la otra y, al mismo tiempo, dos completos extraños.
Seguimos bajo el mismo techo.
Compartimos espacios.
Rutinas.
Responsabilidades.
A veces conversaciones.
Incluso momentos en los que, desde afuera, podríamos parecer una pareja normal.
Pero hay silencios que solo conocemos nosotros.
Hay una distancia que ninguna fotografía podría mostrar.
Y existe algo todavía más difícil de explicar:
sigo enamorada de ti.
Sí.
Después de todo.
Después de las discusiones.
Después de las inseguridades.
Después de las palabras que esperé.
Después de las fotografías que nunca llegaron.
Después de sentirme invisible tantas veces.
Todavía te amo.
Y quizá esa sea la parte más cruel de esta historia.
Porque sería mucho más sencillo si ya no sintiera nada.
Si pudiera mirarte y encontrar indiferencia.
Si pudiera decir que dejé de amarte y cerrar esta puerta sin volver la cabeza.
Pero no.
Todavía hay algo.
Solo que ahora ese amor está cansado.
Está herido.
Está desconfiado.
Ya no corre hacia ti con los brazos abiertos.
Ahora te mira desde lejos.
Con cuidado.
Como quien alguna vez se quemó y todavía recuerda perfectamente el calor del fuego.
Me preguntas por qué estoy fría.
Y a veces ni siquiera sé cómo responderte.
Porque no me volví fría.
Me fui enfriando.
Hay una diferencia.
Nadie se despierta una mañana y decide dejar de sentir.
Primero espera.
Luego reclama.
Después vuelve a esperar.
Vuelve a explicar.
Perdona.
Justifica.
Intenta.
Llora.
Se decepciona.
Y vuelve a intentarlo.
Hasta que algo dentro comienza a protegerse.
Creo que eso me pasó.
Mi frialdad no nació de la falta de amor.
Nació del cansancio de amar sintiéndome sola.
Y ahora tengo miedo.
Miedo de volver a darte una oportunidad de verdad.
No de seguir viviendo contigo.
Eso ya lo hacemos.
Hablo de abrirte nuevamente esa parte de mí que alguna vez te entregué sin miedo.
Porque no sé si puedo volver a hacerlo.
No sé si puedo entregarte otra vez mi ilusión y confiar en que esta vez no termine preguntándome qué hice mal.
No sé si podría volver a creer un “voy a cambiar” sin preguntarme cuánto durará.
No sé si quiero volver a construir expectativas sobre algo que ya me enseñó demasiadas veces lo doloroso que es esperar.
Y tal vez eso sea lo que más has perdido de mí.
Mi ilusión.
Porque todavía tienes mi cariño.
Todavía existe amor.
Todavía tenemos una historia.
Pero aquella mujer que imaginaba emocionada una vida entera contigo...
esa mujer está agotada.
Y no sé si pueda regresar.
A veces pienso que podríamos intentarlo.
Que quizá ahora sí.
Que tal vez después de todo lo vivido podamos empezar diferente.
Y por unos segundos aparece esa parte de mí que todavía quiere creer.
Pero inmediatamente aparece otra.
La que recuerda.
La que me dice:
“¿Y si vuelves a terminar exactamente en el mismo lugar?”
Y entonces cierro la puerta otra vez.
No porque quiera castigarte.
Porque tengo miedo de volver a perderme.
También me asusta algo que jamás pensé que me daría miedo:
conocer a alguien más.
Porque ya no soy aquella mujer que entró despreocupada a esta relación.
Ahora conozco el precio de equivocarme.
Y no quiero volver a pagarlo.
No quiero conocer a alguien y pasar los primeros meses preguntándome cuándo aparecerá su verdadera versión.
No quiero enamorarme pensando si algún día volveré a sentirme insuficiente.
No quiero volver a construir una casa emocional para terminar viviendo sola dentro de ella.
No quiero fracasar otra vez.
Y tal vez por eso estoy aquí, atrapada en un lugar extraño.
Tengo miedo de quedarme.
Y también tengo miedo de irme.
Tengo miedo de volver a elegirte.
Y tengo miedo de elegir a alguien más.
Qué ironía.
Antes tenía miedo de perderte.
Ahora tengo miedo de perderme otra vez por intentar conservarte.
Pero hay algo que finalmente puedo reconocer sin rabia.
Tú no eres una mala persona.
Nunca necesité convertirte en un monstruo para justificar mi dolor.
No lo eres.
Tienes cosas buenas.
Tienes cualidades que alguna vez hicieron que me enamorara de ti.
Hay razones por las que sigo sintiendo algo.
Hay momentos que fueron reales.
Hubo cariño.
Hubo deseo.
Hubo historia.
Y quizá tú realmente creíste que estabas amándome.
Ese es precisamente el problema.
Tal vez sí me amaste.
Solo que nunca supiste cómo amarme a mí.
Y parece una diferencia pequeña.
No lo es.
Porque una persona puede tener amor dentro y aun así no saber entregarlo en el lugar donde el otro lo necesita.
Tú me dabas lo que para ti significaba amor.
Yo esperaba lo que para mí significaba sentirme amada.