“gracias por Enseñarme lo que No Quiero”

Tu manera de amar me apagó

Este capítulo me cuesta más que los otros.

Porque aquí ya no quiero hablar desde la rabia.

Quiero hablar desde la herida.

Desde esa parte de mí que todavía recuerda todo lo que imaginó contigo.

Porque yo sí tenía expectativas.

Muchas.

Tal vez demasiadas.

No porque esperara que fueras perfecto.

No porque quisiera un hombre de película.

Simplemente pensé que, con el tiempo, ibas a aprender a quererme de una manera que pudiera sentir.

Creí que algún día ibas a mirarme distinto.

Que ibas a conocer mis inseguridades y, en lugar de alimentarlas, ibas a ayudarme a calmarlas.

Que después de tantas conversaciones entenderías que yo no te estaba pidiendo grandes cosas.

Solo quería sentirme importante para ti.

Quería sentirme elegida.

Quería sentir que tenerme en tu vida te hacía feliz.

Y durante mucho tiempo pensé:

Algún día.

Algún día será más cariñoso.

Algún día le nacerá decirme algo bonito.

Algún día será él quien quiera tomarnos una fotografía.

Algún día entenderá que no estoy peleando por una publicación, sino porque quiero sentir que no soy alguien a quien tiene que esconder.

Algún día aprenderá a quererme como yo necesito.

Viví demasiado tiempo enamorada de ese “algún día”.

Y quizá ese fue uno de mis mayores errores.

Porque mientras yo esperaba la versión de ti que imaginaba que podía existir, la versión real de ti seguía enseñándome exactamente cómo eras.

Y yo seguía pensando que el amor tendría paciencia suficiente para cambiarlo todo.

Me duele admitirlo, pero yo tenía una ilusión enorme contigo.

No quería una relación de paso.

No estaba jugando.

No eras simplemente alguien con quien compartía una cama.

Yo te había colocado en mis planes.

En mis sueños.

En mi futuro.

Cuando te miraba, veía años.

Veía una vida.

Y quizá tú nunca supiste el lugar que ocupabas dentro de mí.

Porque yo no solo estaba viviendo nuestra relación.

Yo la estaba imaginando hacia adelante.

Pensaba que algún día íbamos a mirar hacia atrás y reírnos de nuestras discusiones.

Que llegaríamos a ese punto en que finalmente nos entenderíamos.

Que después de tanta insistencia tú aprenderías mi lenguaje y yo terminaría de comprender el tuyo.

Yo esperaba que el tiempo nos acercara.

Pero en algún momento pasó exactamente lo contrario.

El tiempo empezó a mostrarme todo aquello que yo llevaba meses tratando de no ver.

Y duele.

Duele mucho aceptar que alguien puede estar a tu lado y, aun así, no hacerte sentir acompañada.

Duele compartir tantos momentos con una persona y seguir sintiendo que algo esencial falta.

Duele tener que explicar demasiadas veces la misma herida y sentir que, después de cada explicación, sigue exactamente en el mismo lugar.

Yo no esperaba que leyeras mi mente.

Te lo dije.

Te expliqué cómo me sentía.

Te dije lo que necesitaba.

Te mostré mis heridas incluso cuando me daba vergüenza hacerlo.

Y cada vez que me abría contigo, había una pequeña parte de mí pensando:

Ahora sí va a entender.

Pero muchas veces salía de esas conversaciones sintiéndome todavía más sola.

Porque lo que para mí era dolor, para ti parecía exageración.

Lo que para mí era una necesidad emocional, para ti parecía un reclamo innecesario.

Y entonces aparecía otra vez aquella frase:

“Yo tengo otra manera de amar.”

No sabes cuántas veces intenté vivir dentro de esa frase.

Intenté acomodarme.

Intenté entender.

Intenté decirme que quizá el problema era que yo esperaba demasiado.

Pero ahora puedo decir algo que antes me daba miedo reconocer:

yo esperaba más de ti.

Sí.

Esperaba más.

No cosas materiales.

No grandes gestos.

Esperaba más cuidado.

Más sensibilidad.

Más intención.

Esperaba que cuando supieras qué me dolía, intentaras no volver a tocar exactamente la misma herida.

Esperaba que, después de verme llorar por algo, aquello significara lo suficiente como para que quisieras cambiarlo.

Esperaba que un día te dieras cuenta de que yo no quería ganar una discusión.

Quería sentirme querida.

Y quizá eso sea lo que más me duele.

Yo no quería tener razón.

Quería tenerte.

Pero tenerte de verdad.

No simplemente compartir espacio.

No solo tener una relación que existiera porque ninguno de los dos había terminado de irse.

Yo quería sentir que estábamos construyendo algo.

Y durante demasiado tiempo creí que, si esperaba un poco más, aparecería esa versión de nuestro amor que yo había imaginado desde el principio.

Esa donde yo no tuviera que pedir tanto.

Esa donde tú me miraras y supieras.

Donde mis ojos no tuvieran que competir con ningún recuerdo.

Donde una foto juntos no fuera motivo de discusión.

Donde escuchar algo bonito de ti no pareciera un premio que tenía que ganarme.

Yo de verdad creía que algún día ibas a amarme como yo sentía que merecía ser amada.

Y escribir eso me duele.

Porque significa aceptar que durante mucho tiempo coloqué mi esperanza en el futuro para poder soportar el presente.

Me decía:

Todavía no.

Todavía estamos aprendiendo.

Todavía está sanando cosas de su pasado.

Todavía necesita tiempo.

Todavía no entiende.

Siempre había un “todavía”.

Hasta que comprendí que los años también se construyen con “todavías”.

Y mientras esperaba, algo en mí se iba apagando.

No dejé de quererte.

Ese es el problema.

Hubiera sido mucho más fácil si simplemente hubiera dejado de sentir.

Pero no.

Yo seguía amándote mientras empezaba a sentirme triste dentro de nuestra relación.




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