Qué curioso.
Para algunas cosas nunca te faltó iniciativa.
Para publicar cualquier tontería, sí había tiempo.
Para compartir una historia, un video, una frase, una canción, cualquier cosa que te pareciera interesante, el teléfono funcionaba perfectamente.
Pero cuando se trataba de nosotros...
qué coincidencia.
Ahí siempre fallaba la señal.
Yo era la que decía:
“Tomémonos una foto.”
Yo buscaba el momento.
Yo sacaba el teléfono.
Yo intentaba guardar recuerdos de una relación que, aparentemente, solo yo tenía interés en recordar.
Y tú posabas.
Claro.
Tampoco era cuestión de hacer un sacrificio tan grande.
Una sonrisa rápida, una foto y listo.
Después, si aparecía en tus redes, misteriosamente podía desaparecer.
Supongo que había que cuidar mucho la estética del perfil.
No fuera a ser que una fotografía con tu pareja arruinara todo aquel contenido tan importante que sí merecía permanecer publicado.
Y entonces yo reclamaba.
Otra vez.
Qué mujer tan complicada era yo.
Imagínate.
Querer sentir que mi pareja no tenía problema en reconocer que estaba conmigo.
Una exigencia verdaderamente insoportable.
Pero tú siempre tenías la respuesta perfecta:
“Yo no soy de publicar esas cosas.”
Qué conveniente.
Porque eras bastante de publicar.
Solo que, aparentemente, “esas cosas” éramos nosotros.
Y cuando intentaba explicarte que no se trataba de Instagram, Facebook o una fotografía, me mirabas como si yo estuviera haciendo un drama digno de una telenovela.
“Estás exagerando.”
Esa frase también te quedaba muy bien.
Era práctica.
Servía para todo.
Si algo me molestaba: exageraba.
Si algo me dolía: exageraba.
Si preguntaba demasiado: exageraba.
Si pedía una demostración de cariño: exageraba.
Qué maravilla.
Así nunca había que preguntarse si tal vez tú estabas haciendo algo mal.
El problema siempre podía ser mi sensibilidad.
Y yo, enamorada y bastante ingenua, terminaba creyéndolo.
Quizá sí estaba pidiendo demasiado.
Quizá debía ser más relajada.
Quizá tenía que aprender a querer como tú querías.
Así que empecé a pedir menos.
Menos fotos.
Menos palabras.
Menos explicaciones.
Menos detalles.
Prácticamente estaba haciendo un curso intensivo para convertirme en la novia perfecta:
la que no necesita absolutamente nada.
Porque parecía que esa era la única versión de mí que no incomodaba.
Y lo intenté.
De verdad.
Intenté convertirme en esa mujer a la que no le importa nada.
La que dice:
“Tranquilo, no pasa nada.”
Aunque sí pasaba.
La que sonríe.
La que no pregunta.
La que no reclama.
La que comprende.
Dios, cuánto comprendí.
Te comprendí tanto que terminé sin comprenderme a mí.
Lo gracioso es que yo nunca quise grandes demostraciones.
No necesitaba flores cada viernes.
No necesitaba cenas carísimas.
No esperaba poemas escritos a mano ni serenatas debajo de la ventana.
Aunque viendo lo complicado que era conseguir un simple “qué bonita estás”, supongo que pedir una serenata habría sido prácticamente solicitar un milagro.
Yo quería cosas pequeñas.
Espontáneas.
Una foto porque te naciera.
Un mensaje bonito porque pensaste en mí.
Un gesto que no hubiera tenido que explicarte antes.
Porque ahí estaba el problema.
Cuando algo finalmente ocurría después de diez reclamos, ya no sabía si lo hacías porque querías...
o porque yo había entregado previamente un manual de instrucciones.
Y qué romántico.
Nada dice “amor espontáneo” como tener que explicar paso por paso cómo quieres sentirte querida.
Hubo momentos en que hasta me sentía ridícula.
Porque yo misma pensaba:
¿De verdad estamos peleando por una fotografía?
Pero nunca fue por una fotografía.
Era por lo que significaba.
Yo quería saber que también te nacía construir recuerdos conmigo.
Quería sentir que nuestra relación no era algo que debía permanecer escondido en algún cajón.
Quería sentir que tu vida pública y tu vida conmigo pertenecían al mismo hombre.
Pero parecía que pedir eso era demasiado.
Y entonces apareció tu frase favorita:
“Yo tengo otra manera de amar.”
Qué frase tan útil.
Casi mágica.
Servía para cerrar cualquier conversación.
No soy cariñoso: tengo otra manera de amar.
No digo cosas bonitas: tengo otra manera de amar.
No publico nada contigo: tengo otra manera de amar.
No entiendo lo que necesitas: tengo otra manera de amar.
Durante mucho tiempo pensé que mi obligación era aprender esa manera.
Así que hice el esfuerzo.
Aprendí a buscar cariño en tus silencios.
A encontrar intención donde no había palabras.
A interpretar gestos.
A traducir ausencias.
A convencerme de que algo que me hacía sentir vacía, en realidad estaba lleno de amor y yo simplemente no sabía reconocerlo.
Me convertí en traductora oficial de tus sentimientos.
Qué agotador.
Porque mientras yo aprendía tu idioma, nunca sentí que tú tuvieras demasiado interés en aprender el mío.
Y ahí estuvo siempre nuestra diferencia.
Yo pensaba:
¿Cómo puedo hacer para que él se sienta amado?
Y cada vez más empezaba a sospechar que tú pensabas:
¿Por qué ella necesita tanto?
Hasta que un día dejé de pedir.
Y quizá pensaste que finalmente había entendido.
Que había madurado.
Que había dejado de exagerar.
Que nuestra relación por fin estaba tranquila.
Pero no.