Qué curioso eres.
Cuando yo necesitaba respuestas, privacidad.
Cuando yo necesitaba tranquilidad, confianza.
Cuando yo preguntaba demasiado, era inseguridad.
Pero ahora que dejé de perseguirte, que ya no pregunto tanto, que aprendí a guardar distancia y a ocuparme de mí...
resulta que el misterio te incomoda.
Ahora quieres saber dónde estoy.
A qué hora llego.
Con quién hablo.
Qué hago.
Por qué me demoro.
Por qué estoy diferente.
Qué extraño.
Durante tanto tiempo intenté entrar en tu mundo y tú te encargaste de recordarme que había puertas que no tenía derecho a abrir.
Tu teléfono, por ejemplo.
Ese pequeño objeto que aparentemente contiene secretos de Estado.
No tengo acceso.
No hay transparencia.
No hay esa tranquilidad que tantas veces te pedí.
Pero debo confiar.
Claro.
Porque según parece, la confianza funciona mejor cuando una persona pregunta y la otra decide qué merece saber.
Y ahora dices que todo aquello quedó atrás.
Que ya pasó.
Que no existe nada.
Que debería superar las cosas.
Perfecto.
Me alegra que tú hayas podido cerrar tan fácilmente un capítulo que yo todavía tuve que aprender a leer con las heridas abiertas.
Debió ser cómodo.
Tú pasaste página.
Yo tuve que reconstruirme entre los párrafos.
Y, aun así, no te reviso.
No te persigo.
No te pregunto cada cinco minutos qué estás haciendo.
No porque de repente confíe ciegamente.
Sino porque algo dentro de mí cambió.
Ya no quiero vivir investigando a la persona con la que comparto mi vida.
Eso no es amor.
Eso es agotamiento.
Si para estar tranquila contigo tengo que convertirme en detective, entonces la tranquilidad nunca existió.
Lo que sí me resulta casi irónico es que ahora que estoy distante parece haberte nacido una preocupación nueva:
yo.
Ahora quieres controlar mis horarios.
Mi tiempo.
Mis espacios.
Ahora notas cuándo tardo.
Ahora preguntas.
Ahora observas.
Ahora pareces tener miedo de que yo pueda hacer algo.
Y no sé si reírme o entristecerme.
Porque durante años quise tu atención.
Solo que jamás imaginé que llegaría disfrazada de vigilancia.
Yo quería que te interesaras por mí.
Pero no así.
Quería que preguntaras cómo estaba, no que calcularas cuánto tardé.
Quería que quisieras saber qué había dentro de mi cabeza, no únicamente dónde estaba mi cuerpo.
Quería sentirme cuidada.
No supervisada.
Y quizá te preocupa que yo pueda hacerte lo mismo que tantas veces temí que tú me hicieras.
No lo sé.
No puedo entrar en tu cabeza.
Pero a veces tu necesidad de saber dónde estoy me deja una pregunta bastante incómoda:
¿Te preocupa perderme... o te preocupa que yo descubra que también puedo vivir sin pedirte permiso?
Porque hay una diferencia enorme.
Antes yo corría detrás de ti buscando seguridad.
Ahora camino sola buscando paz.
Y parece que mi paz te inquieta más que mis reclamos.
Tal vez porque cuando reclamaba sabías que todavía estaba completamente enfocada en ti.
Una mujer que pelea todavía está mirando hacia la relación.
Todavía quiere arreglarla.
Todavía espera algo.
Pero una mujer que empieza a estar tranquila...
esa sí da miedo.
Porque quizás ya entendió.
Yo entendí.
Entendí que no puedo obligarte a mostrarme tu teléfono.
No quiero hacerlo.
No quiero una contraseña arrancada después de una discusión.
No quiero acceso porque te cansaste de escucharme reclamar.
Quería transparencia porque te naciera darme tranquilidad.
Y si no nace, entonces tampoco quiero mendigarla.
Quédate con tu contraseña.
Quédate con tu privacidad.
Quédate con todas esas explicaciones que tantas veces me pediste aceptar.
Yo me quedo con algo que me costó muchísimo recuperar:
mi criterio.
Porque ya no necesito descubrir algo nuevo para saber cómo me siento.
Ese también fue uno de mis errores.
Creer que necesitaba encontrar una prueba definitiva.
Un mensaje.
Una conversación.
Una mentira imposible de negar.
Algo suficientemente grande para poder decir:
“Ahora sí tengo derecho a estar dolida.”
Qué absurdo.
Como si años sintiéndome insegura no fueran suficientes.
Como si necesitar una lupa para confiar fuera normal.
Como si mi dolor necesitara una captura de pantalla para ser válido.
Ya no.
Ahora escucho lo que siento.
Y lo que siento es distancia.
Mucha.
Después están tus “te amo”.
Antes esas palabras podían desarmarme.
Ahora algunas veces me encuentran completamente quieta.
Las escucho y algo dentro de mí pregunta:
¿Me amas... o necesitas asegurarte de que todavía estoy aquí?
Porque ya no me sirven las palabras por sí solas.
Me dijiste tantas veces que tu manera de amar era distinta que finalmente aprendí la lección.
Ahora observo.
Ya no completo tus frases con mis expectativas.
Ya no convierto pequeños gestos en grandes pruebas de amor.
Ya no pongo significado donde no estoy segura de que exista.
Así que cuando dices:
“Te amo.”
yo ya no escucho automáticamente:
“Te veo.”
“Te comprendo.”
“Te cuido.”
“Quiero construir contigo.”
Antes hacía esa traducción por ti.
Ahora no.
Ahora escucho exactamente las palabras que dijiste.
Nada más.
Y quizá por eso a veces me suenan vacías.
O peor.
A veces me suenan como una cuerda lanzada justo cuando notas que me estoy alejando.
No sé si esa es tu intención.