Hitotsu no Katei

Capítulo 2: El primer paso

El sol de la mañana bañaba con luz dorada el pequeño jardín de la residencia Aizawa. Los pétalos de los cerezos enanas que bordeaban el camino de entrada brillaban con el rocío de la noche, y el aire llevaba el aroma suave de la tierra mojada y el té recién hecho que se escapaba por la ventana de la cocina.

Dentro, en el recibidor, Haruto se ajustaba por tercera vez el cuello de su camisa blanca frente al espejo. El uniforme de la Academia Nacional Kōsei le quedaba perfecto, pero cada movimiento le parecía exagerado, cada detalle le hacía sentir que todos los ojos estarían puestos sobre él. Se colgó la mochila al hombro, acomodándola hasta que quedó justo en su sitio, y respiró tan profundo que su pecho se infló un instante.

—Bueno... allá voy —susurró, casi para sí mismo.

Apenas dio un paso hacia la puerta principal, una voz resonó desde el fondo de la casa:

—¡Espera, espera, no te vayas todavía!

Miyako apareció casi corriendo por el pasillo, todavía con el delantal estampado de flores puesto y las llaves del coche colgando de un dedo. Se detuvo frente a él, acomodándole el cuello de la camisa una vez más, como si temiera que algo estuviera fuera de lugar.

—Ya tengo todo listo —dijo con prisa, señalando hacia la puerta—. Entra, arrancamos ya mismo o llegaremos con los minutos contados.

Haruto sonrió con cierta incomodidad, apartando suavemente las manos de ella.

—No hace falta, mamá. Gracias, pero no hace falta.

Miyako ladeó la cabeza, entre confundida y preocupada.

—¿Eh? ¿Cómo que no hace falta? Te llevo en cinco minutos, sin esperas, sin cansarte.

—Prefiero ir caminando —respondió él con calma, aunque sus dedos apretaban levemente la correa de la mochila—. La academia no queda tan lejos, y... me vendrá bien estirar las piernas. Necesito despejarme un poco antes de entrar.

Miyako frunció el ceño, cruzándose de brazos.

—Pero hace un poco de frío, y el sol todavía no calienta bien... Y si te cansas a mitad de camino, ¿qué haces?

—No me cansaré —aseguró Haruto con una media sonrisa—. Conozco el camino, lo he recorrido muchas veces en bicicleta. Es solo caminar, nada más.

Ambos se quedaron mirándose unos segundos más: ella, con el deseo de protegerlo un poco más; él, con la necesidad de dar ese primer paso por sí mismo.

Finalmente, Miyako soltó un largo suspiro, dejando caer los brazos a los costados.

—Está bien... si es lo que quieres. Pero al menos... ¿puedo acompañarte hasta la puerta del portón?

Haruto negó con rapidez.

—No, mamá, por favor.

—¿Ni siquiera hasta la acera de enfrente?

—Tampoco.

—¿Y si solo te digo adiós desde el umbral?

—¡Mamá! —exclamó él, entre la risa y la súplica.

Kenta apareció entonces apoyado en el marco de la puerta de la cocina, con una taza de café humeante en la mano y una sonrisa tranquila.

—Déjalo ir, Miyako —dijo con voz suave—. Necesita recorrer ese camino solo. Es su primer día, su primer paso en ese mundo nuevo. Si lo acompañamos, le quitamos la mitad de lo que significa empezar.

Miyako infló ligeramente las mejillas, mirando primero a su marido y luego a Haruto.

—Está bien... —repitió, esta vez con un tono más resignado—. Pero prométeme que si te sientes mal o te pasa algo, llamas enseguida. No importa la hora ni dónde estés.

—Te lo prometo —dijo Haruto, acercándose para darle un abrazo rápido pero sincero—. Gracias.

Se acomodó la mochila una última vez, giró el pomo de la puerta y salió al jardín. Cuando llegó al portón de hierro, se detuvo un instante y levantó una mano sin darse la vuelta del todo.

—¡Nos vemos esta tarde!

—¡Cuídate mucho, hijo! —gritó Miyako desde el recibidor—. ¡Y no te olvides de nada! ¡Y si alguien te molesta...!

—¡Ya lo sé, mamá! —respondió él con una risa suave, antes de empezar a caminar.

La puerta se cerró lentamente tras él. Dentro de la casa, Kenta y Miyako se quedaron parados unos momentos, observando cómo la figura de Haruto se alejaba por la acera, entre las sombras de los árboles.

Miyako cruzó los brazos, apoyando la espalda en el marco.

—No entiendo por qué no quiso que lo acompañara. Solo quería asegurarme de que llegara bien.

Kenta dio un pequeño sorbo a su café.

—Tú misma sabes la respuesta. Ya no es un niño pequeño. Quiere demostrarse a sí mismo que puede hacerlo solo.

Ella desvió la mirada, mirando hacia la calle donde ya no se veía a Haruto.

—Yo no soy de las que arman problemas... —murmuró con un tono casi infantil.

Kenta soltó una risita baja.

—Claro que no.

—Bueno... no todos los días —corrigió ella, y al oír la risa de él, giró rápidamente hacia él con los ojos entrecerrados—. ¿Qué fue esa risa?

—Nada, nada... solo que tienes razón, no eres de las que arman problemas... casi nunca.

—¡Te burlaste! ¡Te estás burlando de mí! —exclamó ella, empezando a golpearlo suavemente en el hombro con la palma de la mano—. ¡Pues ríete otra vez! ¡A ver si te ríes!

—¡Ay, ay! ¡Que duele, señora protectora! —reía él, dejándose hacer sin apartarse—. ¡Me rindo, me rindo!

Las risas de ambos se quedaron en la casa, mezclándose con el viento suave que recorría la calle.

Haruto caminaba a paso tranquilo, dejando que la brisa fresca le acariciara el rostro. Los cerezos que bordeaban la avenida agitaban sus ramas, dejando caer algún pétalo rosado sobre el asfalto. Respiró hondo, llenando los pulmones de aire puro.

—Al menos evité una catástrofe —murmuró para sí mismo, con una media sonrisa.

En ese momento, un leve zumbido vino desde el bolsillo de su pantalón. Sacó el teléfono y vio el nombre en la pantalla: Mamá.

Sonrió antes incluso de abrir el mensaje.

Buenos días, Haruto.

Muchísima suerte en tu primer día. Sé que todo saldrá bien, eres un chico maravilloso.

Ah... y por favor dime que Miyako no insistió en acompañarte hasta la puerta de la clase.



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En el texto hay: escolar, romance, harem

Editado: 28.09.2026

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