El silencio volvió a llenar la estancia. Haruto permanecía de pie, como si sus piernas hubieran olvidado cómo moverse, con la mente todavía tratando de encajar todas las piezas que acababan de caerle encima. Reina lo observó con una ternura que nadie más había visto en ella, y soltó una risita suave.
—Vaya cara tienes... Parece que tu cabeza está intentando ordenar demasiadas cosas a la vez.
Él parpadeó, saliendo de su aturdimiento.
—¿Eh?
—Es normal —continuó ella con calma—. En menos de una hora has descubierto que la presidenta estricta y distante es la niña con la que te escondías en el parque... y que ella ha guardado una promesa que tú creías perdida en el olvido.
Reina tomó su brazalete del consejo estudiantil del pequeño mueble de la entrada y se lo ajustó con cuidado.
—Te daré todo el tiempo que necesites. Sé perfectamente que esto ha sido demasiado repentino. No espero que lo asimiles todo en unos minutos.
Sus ojos violetas se encontraron con los suyos con una sinceridad absoluta.
—Pero quiero que tengas claro una cosa: no hice esto por un capricho, ni por ganar popularidad, ni porque sea solo una norma del programa. Y tampoco es algo que dure solo mientras estemos en la academia.
Esas palabras hicieron que Haruto levantara la mirada de golpe. Ella no hablaba de un trato escolar, ni de tres años de convivencia temporal. Hablaba de algo mucho más grande, mucho más profundo.
—Quiero que te vayas haciendo a la idea —dijo ella acercándose un paso más—: cuando terminemos nuestros estudios... espero que cumplamos de verdad lo que prometimos bajo el cerezo.
El corazón de Haruto dio un vuelco tan fuerte que creyó escucharlo. Reina lo decía con la misma naturalidad con la que se habla del tiempo: sin vergüenza, sin dudas, segura de lo que quería.
—Pero eso puede esperar —añadió abriendo la puerta—. Ahora mismo hay algo mucho más urgente: el escándalo que acabo de armar.
—¿Pequeño escándalo? —preguntó Haruto con voz apagada al recordar los gritos y las miradas atónitas.
Reina soltó una risa divertida, la primera que se le escapaba sin reservas.
—Está bien, quizás no fue tan pequeño. Debo volver al consejo; hay muchas preguntas que responder... y muchas otras que es mejor evitar. Te traje aquí para que no tuvieras que soportar ahora mismo a cientos de personas preguntándote quién eres y de dónde nos conocemos.
Solo imaginarse rodeado de todos esos ojos y voces le dio escalofríos.
—Mientras tanto —señaló el interior de la casa con un gesto—, recórrela si quieres. Ya es tu hogar también. Volveré en cuanto consiga calmar las aguas.
—De acuerdo... —alcanzó a decir él.
Ella le dedicó una última sonrisa cálida y salió. La puerta se cerró suavemente tras ella, devolviendo el silencio a la residencia.
Haruto se dejó caer despacio sobre el sofá, hundiendo la espalda en los cojines y llevándose una mano a la frente. Todo volvía a su mente con una claridad dolorosa: el parque, los libros que ella le dejaba mirar, la forma en que lo abrazaba cuando sus hermanas lo molestaban, aquel pequeño colgante... y la promesa hecha con los meñiques entrelazados.
Con el paso de los años, las mudanzas, las nuevas clases y las responsabilidades, esos recuerdos se habían ido apagando hasta quedar enterrados. Había olvidado algo que para ella había sido el centro de todo este tiempo.
—Lo olvidé... —susurró con voz rota—. Olvidé algo que ella cuidó durante ocho años.
Lo que más le dolía no era la confusión, ni el cambio repentino en su vida, sino haber fallado a quien nunca lo había olvidado. A quien había esperado en silencio, año tras año, manteniendo su palabra.
—Debió pensar tantas veces que yo también la recordaba... —murmuró mirando sus manos.
Y sin embargo, al volver a verlo, ella no le había reprochado nada. No le había gritado ni le había exigido explicaciones. Simplemente había estado ahí, cumpliendo su parte del trato.
Una pequeña sonrisa, mezcla de culpa y una gratitud inmensa, apareció en sus labios.
—Gracias... —dijo casi sin voz—. Gracias por esperarme todo este tiempo.
Fuera, la brisa agitaba suavemente los pétalos de los cerezos que bordeaban las calles de las residencias. Mientras tanto, muy lejos de allí, en el auditorio de la Academia Kōsei, el verdadero caos apenas comenzaba a tomar forma.
Las puertas del auditorio se abrieron de nuevo. En cuanto la figura elegante de Reina Saegusa apareció en el umbral, decenas de cabezas giraron casi por reflejo.
—¡Es la presidenta!
—Ha vuelto...
—¿Dónde está el chico?
—¿Se fueron juntos, verdad?
El murmullo que las profesoras apenas habían conseguido calmar volvió a crecer con fuerza.
—¡Silencio, por favor!
—¡Continúen con la actividad!
—¡No se distraigan!
Los docentes recorrieron los pasillos intentando recuperar el orden. Algunas alumnas seguían conversando con los estudiantes de primer año, otras empezaban a mostrarles las instalaciones junto a quienes ya habían elegido para iniciar su convivencia. Poco a poco el evento recuperaba su ritmo... aunque era evidente que nadie lograba concentrarse del todo después de semejante anuncio.
A un costado del escenario, la directora Akiko Takamori observaba todo con los brazos cruzados. A su lado, la profesora Kaori Shimizu ocultaba una sonrisa tras una carpeta.
—No puedo creer que realmente lo hiciera... —murmuró la orientadora.
—Yo tampoco —suspiró la directora.
Kaori la miró de reojo.
—Aunque debo admitir que fue... bastante romántico.
Akiko cerró los ojos un instante.
—Romántico, sí... —volvió a mirar el recinto—. Pero también acaba de convertir el primer día de clases en el tema de conversación de toda la academia.
Kaori soltó una risita.
—Eso nadie podrá negarlo.
Mientras tanto, Reina avanzaba con la misma calma de siempre, como si no hubiera puesto patas arriba la institución en cuestión de minutos. Los estudiantes se apartaban automáticamente para abrirle paso; algunos intentaban preguntarle algo, otros solo la observaban con curiosidad, pero ella no se detuvo ante nadie. Caminó hasta la zona reservada al Consejo Estudiantil, donde todos guardaron silencio al verla llegar. Nadie se atrevió a hablar... salvo una persona.
Editado: 28.09.2026