Keika
No sé con exactitud qué edad tendría yo cuando Angélica vino a vivir con nosotros a casa, pero desde el primer día nos pidió que la llamáramos «Keika».
A lo largo de mi infancia hubo muchas empleadas en mi hogar —generalmente más de una a la vez—, pero ella tenía una cualidad única que me la hace recordar con un afecto muy especial. A pesar de ser una mujer adulta y de que a mis ojos infantiles luciera ya "vieja" (aunque tal vez rondaría apenas los cuarenta), Keika asistía con orgullo a la escuela nocturna. Creo que fue constante durante varios años, hasta que logró completar toda su educación primaria. Hoy, a la distancia, aplaudo de pie su enorme intención de superarse.
Sin embargo, lo más extraño y paradójico para mi mente de aquel entonces era que mi madre me mandaba a mí a ayudarla con los deberes escolares. Yo era una hija muy obediente; nunca discutía las órdenes de mis padres, así que como ella me lo pedía, yo iba y lo hacía. Pero en mi cabeza de diez años no lograba encajar la lógica de que una niña le estuviera enseñando a una adulta hecha y derecha.
Fue precisamente en ese momento cuando empecé a moldear un concepto fundamental: para aprender jamás hay edad, y ser mayor no significa necesariamente poseer todos los conocimientos.
La cuidadora de la pared
Como tantos nietos chicos y traviesos, mi hermana Andrea tenía la persistente costumbre de rayar las paredes de la casa con sus lápices. Las penitencias no servían de nada, pero Keika supo con una psicología magistral cómo lidiar con ese dolor de cabeza.
En lugar de retarla, llamó a Andrea con mucha seriedad, la nombró oficialmente «la cuidadora de la pared» y le encargó la importantísima misión de informarle de inmediato en cuanto viera a cualquier persona intentar dibujar en ella. ¡Fue santo remedio! Sintiéndose investida de semejante autoridad, Andrea nunca más volvió a tocar los muros.
#1401 en Otros
#223 en Relatos cortos
#28 en No ficción
historias de vida, deseos de superación, reflexiones desde el amor
Editado: 30.09.2026