Keika

El silencio en lo hondo y el rescate de Angélica

Dentro de los recuerdos de mis primeros años de trabajo, hay un episodio que me estremece el corazón cada vez que vuelve a mi mente. Angélica, además de tener el tierno título de ser una de mis primeras alumnas, fue, sin yo buscarlo ni planearlo, una de las personas a las que le salvé la vida. Todo ocurrió en el agua, de una manera tan silenciosa que costaba medir su gravedad.

La inmensidad del mar y el cuidado milimétrico de Angélica

Nuestras temporadas de verano en la playa oceánica de La Paloma estaban marcadas por la inmensidad del mar, el oleaje fuerte de la playa oceánica, y por las rígidas fronteras que nos imponían los mayores. Sobre todo, por el cuidado milimétrico de Angélica, a quien todos en la familia le decíamos cariñosamente Keika.

Ella, junto con Emilia —otra señora que llegó a casa más o menos por la misma época—, eran las encargadas de mantener a raya a toda la gresca de hermanos.

Keika nos cuidaba con un celo absoluto que a mí, en mis ansias de aventura, me daba una rabia bárbara. Yo lo único que quería en la vida era meterme a nadar bien en lo hondo, pero ella no nos dejaba dar un paso de más ni a mí ni a mis hermanos. Los otros eran chicos, pero Irene y yo éramos las mayores y yo sentía que era capaz de nadar en lo hondo. No entendía por qué ella restringía mi libertad de hacerlo.

Ella, junto con Emilia —otra señora que llegó a casa más o menos por la misma época—, eran las encargadas de mantener a raya a toda la gresca de hermanos, que en ese entonces éramos cinco. Keika tenía como su "bebé" mimado a mi quinto hermano. Era un bebé gordo —o al menos eso me parecía a mí—, al que Keika embutía a diario yogur casero que ella misma preparaba con esmero. Lo vio nacer y lo consentía en todo. Emilia también, pero, andando el tiempo más bien se dedicó a malcriar a Isa, la sexta de nosotros

🌊 El silencio en lo hondo y el rescate de Angélica

Sin embargo, una tarde las cosas cambiaron de golpe en el mar. De repente, levanté la vista y la vi allá lejos, como a una cuadra entera de la orilla, en plena zona de peligro. Lo que realmente sucedía era que Keika estaba librando una batalla desesperada, silenciosa y solitaria contra una corriente de retorno que la estaba arrastrando implacablemente hacia el fondo.

Para mí, con mi inocencia de niña, no había drama ninguno en marcha: simplemente nadé hasta ella, la tomé firmemente de la mano y la rezongué con severidad por haberse metido en la parte profunda, esa misma que tanto nos prohibía a nosotros. Yo lo sentía como una terrible injusticia.

La agarré de la mano y comencé a caminar hacia una parte más llana. Sin saberlo, la ayudé a liberarse de la fuerza de esa corriente. Keika simplemente salió caminando conmigo por sus propios medios y sin escenas teatrales.

Ya en la orilla, me confesó con el corazón en la boca que el mar la tenía exhausta y que se estaba cansanda de luchar contra la corriente.

Yo tendría unos 12 años cuando eso pasó. Ahora, mirando para atrás con los años, me pregunto por qué Angélica nunca gritó pidiendo ayuda. No era una gurisa, era una mujer de mediana edad.

Tal vez todavía pensaba que lograría vencer al mar por sí misma, o quizás operó en ella ese orgullo tan humano de no querer hacerse notar frente a los demás, evitando ser señalada como alguien que no podía hacerse cargo de los niños que estaban jugando bajo su cuidado en el agua. Prefirió el riesgo del silencio antes que el peso de la vergüenza.

Grande fue mi sorpresa cuando caí en la cuenta del milagro que acababa de suceder por el simple hecho de haberle estirado la mano enojada....




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