Los primeros días fueron, contra todo pronóstico, buenos.
Me acostumbré al sabor del agua, aprendí a qué hora abría la panadería y cuál era el día de feria en la plaza. Descubrí que la heladera vieja zumbaba en tono menor y que la ducha tardaba dos minutos exactos en calentarse. Pinté de amarillo la puerta de mi cuarto, porque amarillo es un color que no puede estar de mal humor, y por las tardes leía en el porche mientras el jardín crecido me miraba de vuelta.
Hasta me hice amigo de la casa, en cierto modo. Le hablaba. "Ya, ya, ya voy" cuando cruje. "Está bien" cuando zumba algo en los caños. Es más fácil vivir con una casa si una la trata como a un animal grande y viejo: sin hacer movimientos bruscos, sin gritar.
Las flores las tiré el martes, con la basura. Salieron con las cáscaras de fruta y el cartón de las cosas que compré para armar mi cocina. Jarrón aparte, para lavar. No quería saber de qué jardín habían salido, ni por quién. Solo quería que dejaran de mirarme desde la mesita de noche.
Ese mismo martes llamé a la abogada.
—Quiero preguntarle algo —dije, cuando por fin me pasó la secretaria—. ¿Quién preparó la casa antes de que yo llegara? ¿Quién dejó flores en la habitación de arriba?
Hubo una pausa al otro lado. No larga. Pero con una textura rara, como cuando alguien revisa su memoria dos veces.
—Preparar la casa, dice —repitió la abogada, despacio—. Señorita... la casa quedó cerrada después del funeral de su tía. Nosotros no enviamos a nadie. No había nada que preparar.
—Pero las luces funcionan. El agua funciona. Y había flores frescas en la mesita de noche, recién cortadas. Alguien entró.
—Los servicios estaban pagados por adelantado, hasta fin de año —dijo—. Eso sí, pero llaves... llaves solo hay dos juegos: el que le entregamos a usted y el que quedó en la caja fuerte de la propiedad, sellado. Nadie más entró a esa casa, señorita. Que nosotros sepamos.
Que nosotros sepamos. Se quedó con esa parte en la boca, como si la frase le hubiera salido sola y un poco tarde.
Colgué y me quedé mirando el teléfono un rato. Después hice lo que ya me estaba volviendo costumbre: lo sumé a la lista de las cosas sin explicar, justo debajo de las rosas y encima del séptimo escalón, y seguí con mi día.
[...]
El pueblo, mientras tanto, me enseñó su propia manera de hablar. Que es, sobre todo, una manera de callar.
En el mercado, la chica de la caja me preguntó la dirección para el delivery. Se lo dije. Ella la anotó despacio, mirándome de reojo, y después dijo, en voz baja, casi para sí misma:
—La casa de doña Rosa.
Y no me preguntó nada más. Ni el piso, ni el número, ni si quería que dejaran las cosas en la puerta. Como si la dirección hablara por sí sola y nadie en su sano juicio quisiera más detalles.
Los repartidores dejan mis pedidos en la esquina, siempre en la esquina, apoyados contra el poste de luz, como si la sombra de la reja de mi casa fuera un límite que no se cruza. Los niños que andan en bici por la calle frenan a media cuadra, bajan por la vereda de enfrente y retoman el vuelo después, sin mirar hacia acá. Y los adultos... los adultos hacen algo peor, que es saludar. Saludan amable, cortés, y después cruzan la calle, o buscan el brazo del reloj, o se acuerdan de repente de algo urgente que tienen adentro de sus casas.
Nadie es grosero. Es un pueblo educado conmigo, a fuerza de distancia.
Hasta que una mañana decidí dejar de esperar que el pueblo viniera a mí, y fui yo al pueblo. A la casa de enfrente, con pastelitos de la panadería y la excusa de presentarme.
La señora Carmen abrió la puerta a medias. Era más joven de lo que esperaba, con las manos manchadas de tierra de las plantas que cuidaba en macetas, en el mismo lugar de la vereda donde la vi aquella mañana mirando mi ventana.
—Vengo a presentarme —dije—. Soy Luciana. La que... bueno, la de la casa de enfrente.
—Sé quién es —dijo ella. Y abrió un poco más la puerta.
La casa olía a café y a pan. Me sentó en la mesa de la cocina, me sirvió sin preguntar, y durante diez minutos hablamos de cosas perfectamente normales: cuánto duraba el invierno, dónde quedaba el mercado bueno, cuáles eran las rutas para salir del pueblo. De mi casa no dijo una palabra. Yo tampoco. Las dos estiramos esa normalidad como quien estira una frazada, para cubrir lo que se sabe que está debajo.
Hasta que Carmen secó su taza despacio y preguntó, sin mirarme:
—¿Y está durmiendo bien?
—Sí —dije—. Bien. La casa hace ruidos, pero... casas viejas. Ya me acostumbré.
—¿En qué habitación duerme?
—La principal. La que da al jardín.
Carmena asintió muy despacio. Con esa clase de asentimiento que no significa acuerdo, sino confirmación de algo que ya se sabía.
—Mi hermana vivió ahí —dijo, y se quedó callada un rato largo—. En esa habitación.
—¿Ah, sí? ¿Y ella...?
—Se fue.
Una palabra corta y cerrada, con una puntada debajo que sostuvo todo lo que no se dijo. Se fue. El pueblo tiene muchas de esas frases: cortitas de fuera, sin fondo de fondo. Pregunté si se fue lejos, y Carmen se puso de pie a enjuagar dos tazas que ya estaban limpias, y dijo, dándome la espalda:
—Al final, todos los que vivieron ahí se fueron, hija. La pregunta del pueblo no es adónde.
Calló. Enjuagó. Enjuagó de más, como si el agua hiciera ruido suficiente para llenar la conversación.
—¿Y cuál es? —pregunté en voz baja.
—Cuánto tardan en volver.
No entendí en el momento. Sonreí, incluso, como se sonríe a un chiste que uno no agarra del todo. Y ella me miró con una seriedad suave, cansada, y cambió de tema: el jardín crecido, que la señora Rosa lo cuidó toda la vida y que después de su muerte "ni así dejó de florecer", que las rosas de esa casa no se comportan como las demás rosas, que las mías, dijo, se le helaron tres inviernos seguidos y las de enfrente siguen ahí, abriéndose solas, año tras año, "como si tuvieran quien las riegue".
Editado: 03.10.2026