Carmen no me hizo pasar a la cocina esta vez. Me llevó al cuartito del fondo, ese que huele a ropa guardada y a años, cerró la ventana que daba a mi casa — primero la ventana, después la puerta — y recién entonces se sentó, juntando las manos sobre la mesa como quien va a comulgar.
—Usted duerme en la pieza principal —dijo. No era pregunta.
—Sí.
—Y las flores ya volvieron.
—Sí —dije, y se me hizo un nudo raro en la garganta, de esos que no avisan si van a salir como llanto o como risa—. Volvieron. A mi almohada. Y yo las había tirado.
Carmen asintió despacio, mirándose los nudillos, con la cara de quien recibe una noticia que esperaba desde hace treinta años.
—Siempre empieza con las flores —dijo—. Escúcheme bien, porque esto se cuenta una sola vez en la vida, y yo ya no estoy para segundas.
[...]
—Mi hermana se llamaba Elena —empezó—. Yo tenía dieciocho, ella veintitrés. Volvió al pueblo un año malo, con una valija y la cara de la gente que vuelve derrotada, y la casa esa tenía pieza de alquiler, porque la familia dueña vivía lejos y solo dejaba allí a la señora Rosa, que la cuidaba. Elena tomó la pieza principal. La que da al jardín.
—La mía —dije, en voz muy baja.
—La suya —dijo Carmen, y me miró un tiempo largo—. A la segunda semana, las flores. Aparecían en su mesa de noche, frescas, cortadas de esos rosales que usted ve ahí hace treinta años que se abren solos. Elena estaba feliz. Decía que el pueblo ya la quería, que algún enamorado anónimo le dejaba obsequios. Yo tenía dieciocho y también me pareció lindo. Nadie le dijo que no era lindo.
—¿Qué vino después?
—Los sueños.
Se me heló algo pequeño en el pecho, un hielo de tamaño de una semilla, pero que cae donde cae.
—Soñaba con un pasillo —siguió Carmen, en voz más baja—. Un pasillo que no es de la casa, aunque empieza en la casa. Largo, con luz de vela, y al fondo una puerta. Todas las noches el mismo sueño: ella caminando por el pasillo, y detrás de la puerta alguien canturreando bajito, una musiquita que no era de este lado. Elena me la tarareaba de día, para hacerse la graciosa. Me acuerdo. Me acuerdo entera, y eso es lo que más miedo me ha dado siempre en la vida: que se recuerda.
Yo no dije nada. No dije que en treinta años esa musiquita no se le había ido a nadie.
—¿Después qué más? —pregunté.
—Después Elena empezó a levantarse de noche. La encontraba parada en la escalera, parada fija, en el séptimo escalón, escuchando hacia abajo, con la cabeza inclinada como se escucha un bebé que respira. Yo la agarraba del brazo y la llevaba a su cama, y a la mañana no se acordaba. Decía que la casa era cálida. Que la casa la trataba bien. Que la casa le había preguntado su nombre.
Carmen cerró los ojos un segundo.
—Ella me lo contó riendo, ¿entiende? Riendo. "La casa me preguntó cómo me llamo y yo se lo dije." Y yo tenía dieciocho años y no sabía que hay cosas a las que uno no les da su nombre, porque después lo usan. Uno no le da su nombre a lo que le habla desde adentro de las paredes.
Me quedé muy quieta. En mi cabeza, con una claridad cruel, se iban acomodando mis propios días en el mismo orden en que Carmen iba nombrando los de Elena: las flores, el olor, los escalones de noche, el séptimo. Como un mapa que me habían hecho caminar sin mostrármelo, y que ahora alguien encendía de a poco.
—Un lunes de setiembre —dijo Carmen—, Elena no apareció. La puerta de su pieza cerrada con llave por dentro, la ventana abierta, y sobre su cama... pétalos. Los regueros de un ramo entero, desparramados con una prolijidad que no era de ella. Y Elena, no. Ni en el cuarto, ni en el jardín, ni en el pueblo, ni en el mundo, desde ese día hasta este en que usted me está mirando. La policía dijo que se fue, que la gente se va, que las que se van dejan cartas y las que se van de esa manera dejan también. Y el pueblo dijo "pobre familia", y después dijo "la casa", y después no dijo más nada para siempre, porque ese es su modo de hablar.
—¿Y la señora Rosa?
—La señora Rosa —dijo Carmen, y se le puso una ternura rara en la voz, mezclada con rabia vieja—. Rosa no se sorprendió. Eso es lo que nunca le perdoné. Cuando todo el mundo buscaba a mi hermana en la estación y en el río, Rosa cruzó la calle, me puso las dos manos en la cabeza, como se hace con las criaturas, y me dijo: "Tu hermana le gustó a la casa." Y yo le saqué las manos de encima de un manotazo, ¿y sabe qué me dijo, con toda su calma? Me dijo: "La casa no se enamora rápido, Carmen. Pero se enamora para siempre."
El cuarto se quedó en un silencio de cuerpo entero. Por la ventana cerrada pasaba la luz amarilla de la tarde, y afuera, en el mundo normal, un perro ladró dos veces y se calló, como si también supiera.
—Rosa vivió en esa casa toda su vida —siguió Carmen, cansada ya, hablándome a la mesa más que a mí—. Y no le pasó nada. ¿Y por qué no le pasó nada? Por sus manías. Por sus manías que todos respetábamos y nadie entendía. Nunca dejaba flores dentro de la casa cuando anochecía, se las sacaba con las manos si era necesario. Tenía el jardín como usted lo ve: para que la casa tuviera sus gustos allá afuera y no se le ocurriera venir a darse los gustos adentro. La saludaba. Le hablaba. Le servía la mesa... y nunca se sentaba sola, nunca. Le ponía plato a la casa. Y una vez al año, no me pregunte cuándo porque no lo sé, encendía velas en toda la casa, del primero al último cuarto, y pasaba la noche ahí sola, y nadie del pueblo le preguntó nunca qué hacía, porque hay preguntas que el pueblo ya sabe que no hay que hacerlas.
Editado: 03.10.2026