Libertad cautiva

Indiosincrasia

—¡Vengan todos!

Los gritos de varios jóvenes resonaban a lo lejos.

Era un lugar increíblemente hermoso. Un paisaje donde la tierra era fértil, el corazón agrícola de Terlia, del que brotaban los alimentos que sostenían a todo el continente.

Se trataba de un paseo escolar rumbo a Llaras. Una visita para conocer la magia del lugar donde nacía la mayor parte del comercio. Un arte que había permanecido enterrado tras la desgracia y que, con el paso de los años, había resurgido impulsado por la necesidad de la vida misma.

—De prisa, muchachos. Pueden instalarse con cuidado por este lado.

Frente a ellos había una pequeña casa de piedra clara con un techo inclinado de madera oscura. Del lado derecho se encontraba una amplia ventana abierta, probablemente para dejar salir el olor de las cosechas. A través de ella podía verse un hermoso jardín cercado con una sencilla valla de madera, por la que trepaban enredaderas. Justo en el centro, un gran manzano coronaba el lugar.

Había cuatro literas. La mujer indicaba dónde dormiría cada quien mientras Dira usmeaba el lugar. Curioseando, entró a la cocina.

Un chico se encontraba amasando pan. Con una brocha extendía una fina capa de algún líquido aceitoso sobre la masa y después la colocaba en un gran recipiente para dejarla reposar. Dira lo observó repetir el proceso una y otra vez, completamente asombrada.

En Rocosas el pan solo podía comprarse en los establecimientos. No había materia prima para prepararlo; simplemente llegaba desde otras regiones para ser comercializado. Seguramente aquellos panes terminarían viajando también a otros lugares de Terlia.

—¿Tienes hambre o solo estás espiando?

—Ammm… —se colocó el cabello detrás de la oreja—. Disculpa, no era mi intención incomodar.

Iba a entrar cuando el chico la detuvo.

—Espera.

Se lavó las manos y fue por una cofia. La abrió y con cuidado se la colocó a Dira.

—Disculpa, yo no…

—No te preocupes. Esta tarea debe ser demasiado higiénica. No queremos que alguno de tus cabellos aparezca en la cena de alguien.

Mientras hablaba, volvió a lavarse las manos.

—Ahora sí puedes pasar… si quieres ayudar.

Inclinó ligeramente la cabeza.

—Sí. ¿Por qué no?

—Vas bien para ser de Rocosas.

Le explicaba cada paso con detenimiento mientras la observaba.

—¡Sí! Es impresionante lo que hacen aquí.

—Claro. Si no, ¿por qué crees que cuando hay viajes escolares siempre eligen venir aquí?

—¡Teddy! ¿Puedes ayudarme con los chicos…?

La mujer abrió los ojos.

—Querida, con razón me faltaba alguien en la litera. Creí que habían venido siete.

Soltó una risita apenada.

—Lo siento, estaba viendo la casa.

—No te preocupes, no tienes que disculparte. Teddy es el mejor en lo que hace. Es impresionante lo rápido que trabaja.

Todo aquello lo decía desde la puerta.

—Teddy, hijo ¿Puedes venir, por favor?

—Bueno, este…

Hizo un gesto con la mano, como si intentará recordar algo.

—Addy. Puedes decirme Addy.

—Bueno, Addy. Siempre hacen falta un par de manos. Cuando quieras, ya sabes.

La miró de reojo y le sonrió.

Addy se sonrojó un poco.

La noche fue larga. Un lugar desconocido la abrazaba. La amabilidad de su gente era reconfortante, pero, al parecer, las actividades comerciales se realizaban durante la noche. Por más que se esforzara por no escuchar, era imposible; su sueño siempre había sido ligero. Si de por sí le costaba dormir en su hogar, hacerlo en un lugar desconocido sería aún más difícil.

Se levantó y se sentó en una orilla. Empezó a balancear los pies. Fue hacia donde habían colocado sus equipajes de mano, sacó una foto de su madre, la tomó entre sus manos y la acercó a su pecho. Cerró los ojos, los apretó y se quedó un momento en esa posición, hasta que un sonido sordo proveniente del jardín llamó su atención.

Entreabrió la puerta y observó un poco. Un grupo de jóvenes, desalineados y llenos de tizne, subían a grandes camiones comida, pan y, al mismo tiempo, bajaban herramientas de metal y algunas otras cosas. Para su sorpresa, de pronto alguien inclinó la cabeza y quedó justo frente a donde ella estaba mirando. Quedaron ojo con ojo. Entonces sintió un jalón en la puerta que hizo que se abriera por completo, obligando a Dira a echarse hacia atrás por la sorpresa.

—Vaya, sí que eres curiosa.

—Yo no...

—Deberías responder más rápido. Cualquiera pensaría que intentas robar suministros. Pareces una espía. —Mostró una sonrisa.

—No puedo dormir por el ruido. Vine a ver qué era...

—Son los de Ceiza. Ellos son los que se encargan del comercio en general.

Hizo una breve pausa, desvió la mirada y la regresó al instante.

—Me sorprende que no puedas dormir. Por lo que veo, es la parte favorita de tus compañeros. Veo que mamá los puso a practicar muchas cosas.

—Solo nos pidió cortar tomates, fue todo. —Decía con un tono apenado y con ganas de reírse.

—Así es mamá. Dicen "viaje" y ella ve más manos para ayudar

Soltó una pequeña palmadita en el hombro de Addy.

— ¿Qué llevas ahí? —Señaló su mano.

—Ahhh... esto... es una foto de mi madre.

—¿Puedo verla?

—Claro.

Se la entregó algo indecisa.

—Vaya, tu madre es linda. Ya veo, ya veo... —Le lanzó una mirada coqueta mientras seguía observando la foto.— ¿Ella vendrá por ti? Quisiera contarle que su hija es una persona muy curiosa.

Le devolvió la foto sin dejar de verla, para luego centrar la vista en Addy.

—Ella... falleció hace poco, por eso llevo una fotografía.

—Lo siento. Yo y mi gran bocota. —Inclinó la cabeza en señal de disculpa.

—Tranquilo, no pasa nada.

Levantó la mirada y sonrió apenado.

—¿Quieres caminar un poco?

—¿Ahora?

—Sí. Es de noche y el cielo está bien iluminado. Es algo maravilloso, sin duda.

—¿Qué pasará si alguien nos ve? ¡Me regañarán!



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Editado: 23.09.2026

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