Libro 1 Historias de un bosque y un gitano (4)

II

En un santiamén empieza la magia. A Grigore le aparecen branquias en el cuello y mejillas; membranas entre los veinte dedos y aletas en los tobillos son otros cambios notables. Su cuerpo se cubre de escamas azules; la mayoría no se puede apreciar porque no se ha quitado la camisa ni los pantalones, sumando sus collares, anillos y brazaletes. El cambio del tigre es más drástico: la mitad de su cuerpo se transforma en una gran cola de pez, mientras que la otra mitad se mantiene con su pelaje, patas, garras y cabeza. Le crecen aletas en las patas (en la parte trasera) y una larga aleta en todo el lomo; las branquias le aparecen en el cuello y son grandes, parecidas a las de un tiburón.

—Ya pueden abrir los ojos —les asegura Leonora.

Ambos personajes lo hacen al mismo tiempo, sorprendiéndose del cambio de sus cuerpos; se toman varios segundos para contemplarse lo que pueden de ellos mismos.

—Otra visita al reino submarino. Espero que la misión no sea muy complicada; quisiera saludar a unos amigos acuáticos —dice Grigore en voz baja.

Segundos después se percata que el tigre no deja de nadar rápido por todos lados.

—¡¿Colega tigre?!, ¡¿eres tú?! —exclama Grigore con sus pensamientos mientras mueve los labios.

El tigre marino deja de nadar y se acerca con su amigo.

—¡Es sorprendente todo esto compañero! ¡Ser un animal acuático es fantástico! A excepción de un detalle: me es algo incómodo comunicarme con los pensamientos —menciona emocionado el felino, también moviendo su hocico como si estuviera hablando en tierra firme.

—Sí, es algo incómodo; para mala fortuna es la única manera de comunicarse bajo el agua —expresa el jefe zíngaro.

—¿Esto es el mar? —pregunta el tigre al tanto que contempla el piso de arena.

La reina Leonora empieza a carcajearse; hace mucho tiempo que no escucha un chiste tan bueno. Pasadas las risas, le aclara al tigre marino.

—Amigo, no estamos en el verdadero mar. Sígueme a mi castillo para que en verdad te asombres.

Los tres personajes empiezan a nadar hacia la ciudad submarina. En poco tiempo llegan al fondo del acantilado, un panorama que el tigre observa por primera vez. Hay muchas piedras de diversos tamaños por todos lados, aparte de algas, peces y algunos corales dispersos en el paisaje. Dirigiendo a sus invitados, la reina del mar nada en dirección Oeste por el Norte, bordeando el acantilado; metros adelante se encuentra su destino. La mayoría de los habitantes del reino (peces, sirenas y tritones) viven en cabañas simples de piedra; hay de techo plano y otras son de techo triangular. Las casas para los peces son copias en miniatura de las demás; la población restante prefiere vivir en las cuevas del acantilado. No hay calles en el suelo marino. Todas las viviendas se encuentran en desorden, aprovechando los espacios arenosos disponibles; muchas de ellas bordean la pared natural. La ciudad es muy grande; de hecho, le gana al bosque Piim-Asud por varios metros.

—Este si es un paisaje para admirar, felino —le dice Leonora al compañero de Grigore.

El tigre no le presta mucha atención al comentario, porque está muy distraído con cada detalle del pueblo submarino. Hay algo de ajetreo por parte de los habitantes que pasean por toda la ciudad. De entre los pueblerinos el príncipe tritón Enam se acerca con su madre, acompañado de un pequeño grupo de amigos y un par de vasallos; Leonora le recuerda que tiene que estar en la casa a tiempo para la comida, dejándole continuar su entretenimiento antes de sus estudios privados. En poco tiempo todas las miradas se dirigen a los dos visitantes, más en el tigre acuático, por el simple hecho de que es primer ejemplar de un tigre marino (en el sentido literal de la palabra).

—Les doy la bienvenida a mi ciudad. Disfruten de su estadía —expresa la reina Leonora, realizando una segunda invitación al final—. Ahora, vamos a mi castillo.

En el centro del reino han construido ese lugar, separado del resto de casas cercanas por unos metros de arena blanca. Tal parece que solo son restos de tres torres, pero en realidad fueron Leonora y su esposo quienes ordenaron que así lo construyeran. Unas ruinas de una amplia pared circular y dispareja, junto con el marco de una puerta rectangular es el salón real y el salón del trono. En un extremo del muro se encuentra una alta escalinata, la cual termina en una alta base circular labrada a partir de un enorme bloque de mármol blanco, la cual incluye dos escalinatas igual circulares; en medio de esta base se encuentran los dos tronos reales, esculpidos en mármol azul. En medio del salón, ocho columnas forman un camino hacia los mismos tronos; la escalinata y las columnas también son de mármol blanco. Todas estas decoraciones están agrietadas y dañadas a propósito, más las columnas (un par de ellas están partidas a la mitad). No hay nada en el piso, salvo arena y rocas. Otro par de ruinas de dos torres se encuentran en ambos lados. La mayor parte de una torre alta, al parecer de vigilancia, se encuentra casi intacta; de la otra torre solo se encuentra la mitad de la estructura.

Después de haber guiado y darle un «tour» gratuito a uno de los dos invitados, Leonora se sienta en su trono; el gitano y el tigre se quedan a un par de metros alejados de ella, nadando todo el tiempo.

—¿No se encuentra el rey? —pregunta Grigore.

—Está ayudando con los patrullajes en los límites de nuestro territorio—. Ahora se dirige con el tigre—. ¿Qué te parece mi reino?

—Solo diré que es muy interesante y bello el paisaje —comenta él mientras da un vistazo rápido alrededor.

—Bien, me alegra ese comentario. Ahora pasemos a la tarea que quiero encomendarte, aliado zíngaro.

—Escuché rumores de que se trata de una búsqueda —menciona Grigore.

—Escuchaste bien. Una familia muy amiga de nosotros nos despertó a muy tempranas horas de la madrugada; todavía no había salido el sol. Nos informaron que su hijo ha desaparecido. Están muy preocupados.




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