Libro 1 Historias de un bosque y un gitano (5)

I

Hola a todos.

Ha regresado su humilde servidor, Don Pancracio Teodosio Tercero, cronista de hazañas imposibles y guardián de secretos milenarios que harían temblar al más valiente.

Hoy, sin la compañía de mi querida Doña Agripina (que ha decidido dejarme solo con mis delirios, como de costumbre), me dispongo a narrarles una empresa tan colosal que hasta los dioses se inclinan para escucharla.

No exagero (nunca lo hago).

Ahora que ya conocen un poco más a los dos héroes principales, Grigore y Sir Emil, les relataré la odisea que ambos hermanos soportaron durante días angustiosos.

Prepárense.

Lo siguiente ocurrió cinco meses después del nombramiento de Sir Emil… y desde ese momento, el destino del territorio de Ítkelor jamás volvió a ser el mismo.

Prepárense un buen café, porque esto tardará un tiempo.

…

El viaje será largo.

Es en serio.

😐

Grigore acaba de visitar a unos cuantos de los suyos en el bosque de Frorl, que se ubica dentro del reino del Sur. A diferencia de sus semejantes en Güíldnah, todas las viviendas de los romaníes del Sur son carromatos; desde lejos parecen barcos encallados en medio de árboles.

Ya va en camino de regreso a su campamento montado en su corcel rojizo, el cual mantiene un paso calmado. Es día tranquilo, con el aire teñido de cobre gracias al sol de la madrugada tardía. Aparte de su indumentaria acostumbrada Grigore viste una larga capa con capucha negra, ocultando su imagen de gitano; fiel protección contra los soldados del reino cercano y las lenguas venenosas de los pueblerinos que lo ven pasar, quienes no dejan de susurrar maldiciones y mentiras acerca de los gitanos.

En medio de la arboleda de Frorl un gavilán se le acerca; el ave de pecho blanco con rayas marrones se encuentra alterado, huyendo del mismo viento.

—¡Gi… gi… giteno ma… ma… meyor! ¡Ha… ha… ayuda por fovor!

—¡Tranquilízate ave! ¡Tranquilo! —le dice el líder romaní, descubriendo su cabeza.

Al tanto que reposa en el hombro de Grigore para recuperar el aliento, el mensajero trata de no enterrar demasiado sus filosas uñas en la piel del aliado.

—Primero empieza a dar respiraciones profundas. Así me podrás decir el recado urgente —le ordena el zíngaro, volteando a verlo.

El gavilán recupera el aliento de manera ruidosa; jadea muy similar a una persona que acaba de correr un maratón.

—Todo el… bosque Piud… solicita su presencia… ¡Es una emergencia descomunal! —exclama alarmado el ave.

—¡¿Ya les avisaste a «Los guerreros olvidados del Este»?!

—No… No lo he hecho… Me ordenaron… que lo buscara a usted.

—Si la emergencia es tan grande voy a necesitar de su ayuda —le explica Grigore, acomodándose la capucha para que le cubra la cara—. Ve rápido con ellos; nos encontraremos en Piim-Asud.

Cumpliendo la orden, el ave emprende el vuelo en un santiamén.

Con una orden fuerte con las riendas y un grito de «¡arre!», por parte de su jinete, el caballo purasangre empieza la carrera. En poco tiempo sale del bosque Frorl, tomando uno de los tantos caminos de tierra hechos por el hombre; tiene que eludir a uno que otro transeúnte o carreta en medio del trayecto. Se dirige al Estenordeste, saliéndose del camino principal; en esa dirección no hay caminos de tierra y hay menos campesinos.

Las carreteras rústicas que llevaban al reino del Este se han borrado con el tiempo, gracias a una pradera café claro que ha reclamado el extinto gobierno. Divisando el punto de referencia (una cabaña de piedra abandonada y a punto de desplomarse), el gitano mayor le ordena a su caballo doblar al Norte. El zíngaro sabe dónde está y adonde ir con ayuda de una brújula de bolsillo, que el hechicero Bárem le ha regalado tres meses atrás.

En medio del camino se encuentra con una parte de un bosque. Decide seguir de frente; no hay que preocuparse de los pocos árboles que le estorban. Sin ninguna vacilación el corcel se adentra en el segmento de mar verde en frente de ellos. Evita sin ningún problema todos los obstáculos emergentes: troncos caídos, árboles, ramas o rocas. Caballo y jinete atraviesan la arboleda en unos cuantos segundos.

Pocos minutos después Grigore gira la cabeza hacia la derecha. Ante sus ojos se despliega la antigua ciudad del Este, desierta y silenciosa, con su castillo al fondo erguido como un espectro de piedra. El aire parece contener un murmullo invisible, como si las ruinas guardaran secretos que prefieren no ser revelados.

Mientras que observa el desértico cuadro, dos caballos a galope se le acercan por la izquierda.

—¡Gitano mayor! —saluda Sir Ahren sobre su caballo blanco, preguntando al final—. ¡¿Disfrutando del paisaje?!

—¡Nunca me ha gustado la panorámica de la región! ¡Mucho gusto, colega romaní! —comenta Sir Terrence montado en un caballo negro.

—¡Camaradas! ¡¿Dónde se encontraron al ave?! ¡Pensaba que se encontraban en su cuartel improvisado, en medio de Od-Saikr!

—¡Estábamos de visita con unos campesinos del reino del Sur! ¡El ave nos descubrió desde los cielos, justo cuando nos despedíamos! ¡Se quedó tomando aire en un árbol cercano! ¡¿Alguna idea de cuál puede ser la emergencia?! —pregunta Sir Ahren.

—¡Ninguna! ¡Al parecer es bastante serio!

—¡Entonces apresurémonos! —expresa Sir Terrence.

Tomándoles varios minutos de cabalgata, los tres personajes se aproximan a su destino.

Un mar de hadas se mantiene vigilante en la orilla de Piim-Asud; al avistar a los héroes acercarse, todas se regresan al interior de la arboleda. Sin disminuir la velocidad, los tres jinetes se adentran en el bosque hasta llegar a un par de metros del claro real. Ya no pueden avanzar más, debido a que ya no hay lugar para moverse; bajan de sus corceles, los amarran en distintos árboles y se apresuran a llegar con los reyes de Piud.




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