CAPÍTULO 4
Nadie dijo nada
A las ocho de la mañana, el fragmento que Vértice había borrado siete minutos después de publicarlo ya existía en demasiados lugares como para poder borrarlo de verdad.
Había versiones con subtítulos, versiones ralentizadas, versiones con música dramática y una en la que alguien había agregado una flecha roja señalando la mano de Sarah cuando apartaba la cámara. La frase “Si esto sale, Noel está acabada” aparecía recortada en imágenes, titulares y comentarios que no necesitaban escuchar nada más.
Esteban llegó a su oficina antes que Sarah. Cuando abrió el correo encontró tres mensajes marcados como urgentes.
El primero era de un organizador que quería “revisar” la participación de Sarah en un festival del fin de semana.
El segundo era de una marca que suspendía una reunión hasta que la situación estuviera “más clara”.
El tercero era de Vértice.
El programa lamentaba la filtración, aseguraba que el avance nunca debió publicarse fuera de sus canales oficiales y recordaba que el material utilizado había sido registrado dentro de las condiciones autorizadas por contrato.
No decía que la edición fuera correcta.
Tampoco decía que fuera incorrecta.
Esteban leyó el correo dos veces y llamó a un abogado antes de responder.
Sarah llegó veinte minutos después con dos cafés y una gorra que no solía usar.
—Compré uno para ti.
—Gracias.
—No sé cuál es cuál.
—Entonces retiro el agradecimiento.
Dejó ambos vasos sobre la mesa. Esteban giró el monitor para que ella pudiera leer los correos.
—Tres antes de las nueve —dijo Sarah.
—Dos. El de Vértice no cuenta como cancelación.
—Qué alivio.
Sarah abrió el mensaje del festival. Leyó hasta el final y volvió al comienzo.
—“Revisar” significa cancelar.
—Todavía no.
—Esteban.
—Sí. Probablemente significa cancelar.
Sarah se quitó la gorra y la dejó sobre una carpeta.
—¿Podemos obligar a Vértice a publicar todo?
—Podemos pelear para que entreguen el material. Publicarlo es otra cosa.
—Porque aparece Noel.
—Porque aparece Noel hablando de cosas que no autorizó a publicar.
Sarah asintió.
—Entonces no.
—No he dicho que quiera hacerlo.
—Lo estabas pensando.
—Estoy pensando todas las opciones. Es mi trabajo.
—Y ésta no es una opción.
Esteban apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Sarah, una cosa es no publicar la conversación completa y otra dejar que todo el mundo crea que amenazaste a Noel.
—Noel sabe que no la amenacé.
—El resto no.
—El resto no necesita escucharla diciendo que quiere desaparecer para saberlo.
Esteban guardó silencio.
—Si podemos demostrarlo sin usar eso, hazlo —continuó Sarah—. Si no, no.
No parecía una decisión heroica. Sarah tenía las uñas clavadas en el cartón del vaso y no había probado el café.
—Me da miedo perder trabajos —dijo—. Pero eso no cambia lo que dijo ayer.
Esteban asintió una sola vez.
—Entonces busco otra forma.
A media mañana encontraron una.
O eso creyeron.
Vértice aceptó emitir una declaración más precisa: el material difundido correspondía a una discusión relacionada con el uso de imágenes grabadas dentro del recinto, y la producción no tenía evidencia de una amenaza física entre artistas.
Era cierto.
También era inútil.
La frase “no tenía evidencia de una amenaza física” empezó a circular como si Vértice hubiera confirmado que había existido alguna otra clase de amenaza.
—Es impresionante —dijo Sarah leyendo un titular—. Cada vez que intentamos aclararlo suena peor.
—Deja de leer.
—Me sigues diciendo eso mientras me muestras cosas.
—Éste necesitabas verlo.
—Claro.
El teléfono de Esteban sonó antes de que Sarah terminara la palabra.
Era John.
—Noel quiere publicar algo.
—¿Qué cosa?
—Que Sarah no la amenazó.
Sarah levantó la vista inmediatamente.
—No —dijo.
John la oyó.
—Sarah, eso no revela lo que dijimos —respondió Noel desde el otro lado.
Esteban miró el teléfono.
—¿Está contigo?
—Sí.
—Ponlo en altavoz.
John ya lo había hecho.
Durante un segundo nadie habló.
—Hola —dijo Noel.
—Hola.
—Esto es absurdo.
—Sí.
—Entonces déjame decirlo.
—No.
Noel exhaló con fuerza.
—No voy a contar lo del pasillo. Sólo voy a decir que no me amenazaste.
—Y te van a preguntar por qué estabas ahí, por qué discutí con la cámara y qué querían borrar.
—Puedo no responder.
—Y van a seguir preguntando.
—Que pregunten.
—Noel.
Sarah miró por la ventana mientras hablaba.
—¿Te acuerdas de lo que me dijiste cuando perdiste la campaña?
—Tú perdiste la campaña.
—Sabes a qué me refiero.
Noel no contestó.
—Dijimos que no íbamos a salir a defender a la otra sin preguntar primero.
—Eso era una conversación estúpida durante la cena.
—Era un trato.
—Sarah, esto no era lo que quería decir.
—Yo tampoco.
La respuesta llegó demasiado rápido para ser preparada.
John y Esteban no intervinieron.
—Te estoy preguntando ahora —dijo Noel—. ¿Quieres que diga algo?
Sarah cerró los ojos unos segundos.
—No.
Noel tardó en responder.
—Está bien.
—Lo siento.
—Yo también.
John terminó la llamada poco después.
Fue la primera conversación real entre Sarah y Noel desde que comenzó el problema.
También fue la última durante varias semanas.
Aquella tarde Noel tenía una aparición pública para la campaña. El evento estaba planificado desde hacía meses y cancelarlo habría convertido una crisis ajena en una propia.
John le explicó antes de entrar que seguramente preguntarían por Sarah.