Lo que quedó de nosotros

Capítulo 6: Todavía había tiempo

CAPÍTULO 6

Todavía había tiempo

Habían pasado casi cuatro meses desde que Sarah dejó de presentarse como idol. Al principio, cada mañana al entrar a la oficina de Esteban sentía que estaba invadiendo la vida de otra persona. Después dejó de pensarlo. Tenía una llave, una cuenta de correo, una lista de tareas y un sueldo que aparecía puntualmente a fin de mes. Eso, por el momento, era suficiente.

Descubrió que gran parte del trabajo de un manager consistía en cosas que nadie veía. Confirmar que un vehículo llegaría a la hora correcta. Revisar que un contrato dijera lo mismo en la página doce que en la dos. Llamar a alguien que no quería contestar. Volver a llamar. Pedir disculpas por errores que no habían sido propios y discutir por errores que sí.

Esteban empezó entregándole tareas pequeñas. Una semana después ya le pasaba carpetas completas.

—Esto no es pequeño —dijo Sarah una mañana, sosteniendo una carpeta con ambas manos.

—Lo era ayer.

—Tiene treinta y ocho páginas.

—Entonces creció.

Sarah lo miró unos segundos y terminó riéndose. Esteban ya había vuelto a la pantalla.

La mayor parte del tiempo trabajaban así. Sin discursos. Sin hablar de Vértice. Sin preguntarse si Sarah volvería alguna vez a un escenario. La corrección pública había servido para cerrar el problema legal, pero no para reconstruir una carrera. Sarah tampoco parecía interesada en intentarlo todavía.

Había días en que eso le molestaba y días en que sentía alivio.

• • •

Una tarde John llamó porque un coordinador había cambiado, por tercera vez, el horario de un ensayo de Noel. Esteban tenía una reunión fuera de la ciudad y no podía acompañarlos.

—Mando a Sarah —dijo.

Hubo un silencio al otro lado.

—¿Sarah?

—Mi ayudante.

—Sé quién es Sarah.

—Entonces ahorramos tiempo.

John suspiró.

—Pregúntale primero.

Esteban levantó la vista. Sarah estaba a menos de dos metros y había escuchado toda la conversación.

—¿Quieres ir?

—¿Con Noel?

—Con una planilla, cuatro productores y Noel. En ese orden.

—Qué oferta irresistible.

—Puedes decir que no.

Sarah miró la agenda abierta en su computador.

—Voy.

El encuentro con Noel fue menos incómodo de lo que las dos habían imaginado.

Noel llegó veinte minutos antes, como siempre. Sarah ya estaba allí, comprobando los horarios de prueba de sonido. Durante unos segundos ninguna supo si saludarse como antes, darse la mano o fingir que aquello era completamente normal.

—¿Ahora eres su ayudante? —preguntó Noel.

—Eso dice mi contrato.

—¿Te gusta?

—Me paga.

Noel sonrió por primera vez.

—Eso no responde.

—Aprendí del mejor.

Trabajaron durante casi tres horas sin discutir. Sarah resolvió un problema con el vestuario, consiguió diez minutos adicionales para que Noel descansara y convenció al productor de mover una entrevista que se superponía con el ensayo.

Al terminar, Noel la encontró guardando papeles.

—Eres buena en esto.

—No le digas a Esteban. Va a darme más trabajo.

—¿Vas a volver?

Sarah sabía exactamente a qué se refería.

—No lo sé.

—Está bien.

Sarah esperaba otra cosa. Una pregunta. Una recomendación. Incluso una frase optimista. Noel sólo recogió su bolso.

—Nos vemos, Sarah.

—Nos vemos.

Por primera vez en meses, ninguna de las dos borró un mensaje esa noche. Tampoco se escribieron. Pero el silencio ya no se sintió igual.

• • •

Cuando Esteban regresó dos días después, Sarah notó que algo había cambiado. No en su forma de hablar ni en su ropa. Era algo más pequeño: dejó las llaves dos veces en lugares equivocados, se quedó mirando una hoja sin leerla y, a media mañana, cerró el portátil y apoyó la frente sobre una mano.

—¿Dormiste?

—Sí.

—Eso fue demasiado rápido para ser verdad.

—Dormí poco.

Sarah iba a responder cuando Esteban tosió. No fue una tos especialmente fuerte, pero tardó unos segundos en recuperar el aire.

—¿Fuiste a la cita?

Esteban la miró.

—¿Qué cita?

—La tarjeta que escondiste el otro día como si estuvieras en una película de espías barata.

Él soltó una risa breve.

—Sí.

—¿Y?

—Me mandaron más exámenes.

—¿Por qué?

—Porque los médicos son adictos a los exámenes.

Sarah no sonrió.

—Esteban.

Él volvió a abrir el portátil.

—Cuando tenga algo que contar, te cuento.

La frase la irritó. Pero no insistió.

Tres semanas después, ya no hizo falta.

• • •

John encontró a Esteban sentado en una escalera de emergencia detrás de un estudio. Noel estaba grabando en el piso superior. Esteban tenía una botella de agua entre las manos y la camisa húmeda en la espalda.

—¿Qué haces aquí? —preguntó John.

—Contemplando una escalera.

—Te ves horrible.

—Gracias.

John bajó dos peldaños y se sentó frente a él.

—¿Te desmayaste?

—No.

—Esteban.

—Me mareé.

John esperó.

—¿Qué tienes?

Esta vez Esteban no hizo una broma.

—Una cardiomiopatía. La encontraron por los exámenes.

John tardó un momento en responder.

—¿Qué tan grave?

—Depende de cuánto te guste la palabra “grave”.

—No hagas eso.

Esteban miró la botella.

—Hay riesgo de arritmias. Me dieron medicamentos. Tengo controles. Tengo que bajar el ritmo, dormir más y dejar de actuar como si tuviera veinte años.

—¿Y lo estás haciendo?

—Estoy sentado.

—Porque casi te caes.

Esteban sonrió, pero John no.

—¿Sarah sabe?

—Sabe que estoy haciéndome exámenes.

—Eso no fue lo que pregunté.

—No.

—Díselo.




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