CAPÍTULO 7
Lo que quedó
Durante las semanas siguientes, Esteban mejoró lo suficiente como para que todos dejaran de mirarlo cada vez que tosía.
No estaba curado. Seguía tomando los medicamentos, seguía yendo a controles y Sarah seguía borrando de su agenda cualquier reunión que considerara una estupidez. Pero el cansancio disminuyó y el último examen había sido, según el médico, tranquilizador. La palabra que más repetían era estable.
Esteban empezó a odiarla.
—¿Cómo estás? —preguntó Sarah una mañana.
—Estable.
—¿Dormiste?
—Establemente.
—¿Tomaste las pastillas?
—Con una estabilidad ejemplar.
Sarah le lanzó un lápiz. Esteban lo atrapó contra el pecho y lo dejó junto al teclado.
—Violencia en el trabajo. Voy a anotarlo en tu evaluación.
—¿Tengo evaluación?
—Ahora sí.
Aquel día tenían demasiado trabajo para seguir discutiendo. Sarah debía cerrar un contrato pequeño para una cantante nueva; Esteban tenía que revisar la producción de un evento y John llevaba media mañana intentando convencer a un patrocinador de que cambiar tres veces el horario de Noel no convertía el tercer horario en una buena idea.
Las cosas habían vuelto a parecer normales. No iguales. Normales.
Sarah incluso había empezado a guardar dinero. No mucho, pero lo suficiente para que el acuerdo inicial con Esteban dejara de sentirse como una cuerda de emergencia. Una tarde encontró una oferta para trabajar en producción de eventos y la dejó abierta en una pestaña durante casi una hora.
—¿Vas a postular? —preguntó Esteban sin girarse.
—¿Estás mirando mi pantalla?
—Refleja en la ventana.
—Eso es peor.
—¿Vas a postular?
Sarah volvió a mirar la oferta.
—No sé.
—Deberías.
—¿Me estás echando?
—Estoy intentando dejar de pagarte.
—Qué considerado.
—Fue el acuerdo.
Sarah cerró la pestaña, pero guardó el enlace.
• • •
Dos días después, Sarah volvió a coincidir con Noel en un ensayo. Esta vez ninguna necesitó decidir cómo saludar a la otra.
—Llegas tarde —dijo Noel.
—Llegué cuatro minutos antes.
—Por eso.
Sarah dejó una carpeta sobre una mesa.
—Trabajar con John te arruinó.
—Trabajar con John evita que la gente arruine mis horarios.
Noel estaba de buen humor. Había terminado una campaña larga y, por primera vez en semanas, tenía dos días completos sin grabaciones. Hablaron de trabajo, de una maquilladora que había confundido dos camerinos y de una canción que Sarah consideraba insoportablemente pegajosa.
No hablaron de Vértice. No hablaron del retiro de Sarah. Tampoco era necesario hacerlo cada vez que estaban juntas.
Cuando Sarah estaba por irse, Noel vio el pastillero que sobresalía del bolso de trabajo.
—¿De Esteban?
—Sí. Lo dejó en la oficina.
—¿Está mejor?
—El médico dice que está estable.
Noel sonrió apenas.
—Bien.
Sarah asintió. Era una conversación pequeña, pero durante el regreso pensó que quizá algún día podrían volver a hablar sin medir cada frase.
Al llegar a la oficina dejó el pastillero frente a Esteban.
—Noel preguntó por ti.
—¿Para demandarme?
—Para saber si estabas mejor.
Esteban abrió el cajón y guardó las pastillas.
—Dile que sigo molestando gente.
—Eso ya lo sabe.
• • •
El último día que Sarah vio a Esteban, discutieron por una factura de transporte.
No fue una discusión importante. Ni siquiera fue una buena discusión.
—Son nueve mil de más —dijo Sarah.
—Ya lo vi.
—Entonces ¿por qué está aprobada?
—Porque son nueve mil.
—Esa no es una razón.
—Es una cantidad demasiado pequeña para dedicarle veinte minutos.
—Llevamos doce.
—Precisamente.
Sarah abrió el correo para reclamar igual. Esteban la miró hacerlo y negó con la cabeza.
—Cuando tengas tu propia empresa, nadie va a querer trabajar contigo.
—Pero mis facturas van a estar perfectas.
A las siete y cuarto, Esteban cerró el computador. Sarah levantó la vista sorprendida.
—¿Te vas antes que yo?
—Recomendación médica.
—Voy a escribirle una carta de agradecimiento al cardiólogo.
—No le des ideas.
Sarah terminó de enviar el correo del transporte mientras Esteban se ponía la chaqueta. Antes de salir, él señaló la pantalla de ella.
—Postula a ese trabajo.
Sarah fingió no saber de qué hablaba.
—No sé de qué hablas.
—Refleja en la ventana.
—Vete.
Esteban sonrió y abrió la puerta.
—Buenas noches, Sarah.
—Buenas noches.
No hubo una última frase importante.
Ninguno de los dos sabía que necesitaban una.
• • •
A la mañana siguiente, Sarah llegó a la oficina a las ocho y doce. Esteban no estaba.
A las ocho y veinte le envió una fotografía de la factura corregida con el mensaje: “GANÉ”.
A las ocho y cuarenta escribió: “No tienes que felicitarme, pero deberías”.
A las nueve empezó a irritarse.
A las nueve y quince llamó. El teléfono sonó hasta cortar.
Esteban se había retrasado antes. Había olvidado citas, perdido llaves y, una vez, aparecido cuarenta y tres minutos tarde con una bolsa de farmacia. Pero siempre contestaba.
Sarah llamó otra vez.
Después llamó a John.
—¿Está contigo?
—No. ¿Por qué?
—No llegó.
John guardó silencio apenas un segundo.
—¿Lo llamaste?
—Cinco veces.
—Voy para allá.
No llegaron a la casa de Esteban juntos. John estaba más cerca y Sarah encontró tráfico. Cuando dobló la esquina vio una ambulancia detenida frente al edificio y supo la respuesta antes de que alguien se la dijera.
La arritmia había ocurrido durante la madrugada.