Los Jinetes (libro 3 De La Saga Kuran)

PROLOGO

Apoyé la frente contra el cristal de la ventana, contemplando el horror que se desarrollaba al otro lado Mi cuerpo apenas podía mantenerse en pie. Sentía los músculos pesados, las piernas débiles y un agotamiento que parecía haberse instalado hasta en mis huesos. Estaba harta de aquellas paredes, de las luces que nunca se apagaban y de los hombres que hablaban de cuerpos como si fueran simples objetos. Y, sin embargo, no podía apartar la mirada Sobre una camilla, un niño se retorcía mientras los científicos continuaban con sus experimentos. Sus pequeñas manos tiraban de las correas que lo sujetaban, sus labios se movían desesperadamente, pero el cristal no dejaba pasar sus gritos.

Apreté los puños.

El primer niño había muerto a las 03:17 de la madrugada.

Nadie se había sorprendido.

—Anoten el resultado —ordenó el científico.

Una mujer escribió unas líneas en su terminal mientras el cuerpo era retirado de la sala. No preguntaron su nombre ni su edad. Solo importaba que el experimento había fracasado.

Sesenta niños habían sido reunidos para aquel proyecto.

Sesenta vidas convertidas en números, sometidas a procedimientos que ni siquiera yo terminaba de comprender.

Me llevé una mano al rostro, intentando contener la frustración. Mi respiración era pesada y tuve que apoyarme contra la pared cuando un mareo me obligó a cerrar los ojos.

Maldita sea yo también estaba desgastada. También conocía el dolor de aquellos procedimientos, el cansancio de no saber qué vendría después y la impotencia de sentir que mi propio cuerpo ya no me pertenecía.

¿En qué momento había terminado convertida en otra prisionera? Volví a mirar hacia la sala los guardias acababan de traer a una niña. Apenas tendría seis años. Caminaba con dificultad, mirando a su alrededor, hasta que la sujetaron para colocarla sobre la camilla entonces levantó la cabeza y dirigió sus ojos hacia mi ventana sus labios formaron una palabra que no pude escuchar.

Mamá.

Sentí que algo se retorcía dentro de mi pecho no la conocía. Ella tampoco podía conocerme. Sin embargo, en aquel instante, fui incapaz de apartar la mirada de su rostro los científicos comenzaron a preparar los instrumentos cerré los ojos, apretando los dientes mientras una rabia oscura se acumulaba dentro de mí. Quería destruir aquel lugar, arrancar a los niños de aquellas manos y hacer pagar a cada uno de los responsables, pero apenas tenía fuerzas para mantenerme en pie y ellos lo sabían.

—Sesenta niños —murmuré, observando nuevamente la sala—. ¿Qué demonios están buscando?

Nadie respondió al otro lado del cristal, el experimento continuó y yo permanecí allí, contemplando mi propia impotencia, sin saber que aquella sangre que tanto deseaban estudiar terminaría convirtiéndose en el principio de una pesadilla que cambiaría nuestras vidas para siempre porque aquellos niños no eran simples sujetos de prueba y lo que estaban intentando despertar dentro de ellos jamás debió ser tocado.




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