Sabía que Zero entendía lo que significaba para mí aquel momento. Mirar a mi hija dormida en la cama, contemplar su rostro tranquilo y saber que, por unas horas, podía dejar de lado todas mis preocupaciones era algo que todavía me costaba apreciar sin sentir miedo de perderlo.
Zero me rodeó la cintura con los brazos y apoyó los labios cerca de mi oído.
—Sonríe.
Giré ligeramente el rostro hacia él, confundida por aquella petición, hasta que escuché su suave murmullo.
—Sé que quieres ir con ellos.
Mi sonrisa se amplió un poco. A veces, aquel hombre parecía conocerme incluso mejor de lo que yo misma me conocía.
—Ve, Gure —añadió finalmente.
Me giré para mirarlo a los ojos. No necesité responderle con palabras. Le di un beso suave antes de acariciar por última vez el cabello de nuestra hija y abandonar la habitación.
Después de un rato caminando por los pasillos de la mansión, llegué al salón, donde aquellos dos hermanos conversaban entre risas.
Mis ojos recorrieron a cada uno de ellos. Vestían ropa casual, como si el tiempo no hubiera pasado y todavía fuéramos aquellos tres que encontraban cualquier excusa para reunirse y olvidarse del resto del mundo.
Cinco años.
Cinco años sin verlos juntos de aquella manera.
Por un instante, los recuerdos de aquellos días brillaron en mi mente. A veces me preguntaba si entonces todo había sido más sencillo. Éramos más jóvenes, teníamos nuestros propios problemas, pero al menos podía encontrarlos a ambos sin tener que preguntarme cuánto tiempo permanecerían a mi lado.
Akatsuki fue el primero en notarme. Su sonrisa se desvaneció ligeramente cuando nuestras miradas se encontraron, como si mi presencia hubiera interrumpido algún pensamiento que prefería mantener oculto.
—Una copa —anunció Aido, levantándose de inmediato.
Se acercó a mí y tomó mi mano con aquella familiaridad que nunca había perdido. No tardaron en regresar las risas, las bromas y los recuerdos. Durante unas horas, el tiempo pareció retroceder, permitiéndome disfrutar de algo que había extrañado más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Más tarde, terminé sentada en uno de los sillones del salón, con Aido recostado y la cabeza apoyada sobre mis piernas. Sus ojos estaban cerrados mientras mis dedos acariciaban distraídamente su cabellera rubia.
Era una vieja costumbre.
Una de esas pequeñas cosas que nunca había olvidado, porque me transmitían una paz difícil de encontrar en cualquier otro lugar.
Lo observé durante unos segundos, deslizando los dedos entre sus cabellos. Me gustaba verlo dormir, saberlo vivo, sentirlo cerca de mí. Después de tantas pérdidas, había aprendido a valorar incluso los momentos más insignificantes.
Frente a nosotros, Akatsuki permanecía sentado en otro sillón, observándonos en silencio.
Cuando nuestras miradas se encontraron, dejé de acariciar el cabello de Aido por un instante.
—Gracias por regresar —dije de pronto.
Akatsuki frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué?
Suspiré y volví a deslizar los dedos entre los cabellos de Aido, que parecía demasiado cómodo para preocuparse por nuestra conversación.
—Tú... —comencé, pero las palabras se atascaron en mi garganta.
No sabía cómo expresar todo lo que había sentido durante aquellos cinco años. Tampoco sabía si realmente quería hacerlo.
—Me quedaré —dijo él de repente.
Levanté la mirada.
Akatsuki sostuvo mis ojos, esta vez sin apartarse ni esconderse detrás de una sonrisa.
—Me quedaré, Gure. He comprendido que sufro más estando lejos de ustedes que enfrentándome a todo lo que dejé atrás.
Lo contemplé en silencio. Había algo distinto en su voz, una determinación que no recordaba haber escuchado antes.
—Akatsuki...
—No he dejado de amarte, Gure —confesó de golpe.
Mis dedos se detuvieron sobre el cabello de Aido.
Aparté la mirada ligeramente. Aquellas palabras todavía tenían el poder de remover cosas que creía haber aprendido a mantener en silencio.
Pero ya no era la misma mujer que había sido cinco años atrás. Había amado, había sufrido y había seguido adelante. Mi vida había cambiado de formas que ninguno de nosotros habría podido imaginar.
—Lo sé —murmuré finalmente.
Akatsuki guardó silencio unos segundos antes de continuar.
—Pero he aprendido a vivir con eso. No espero nada de ti, Gure. Solo quiero estar aquí, con ustedes. Y si algún día tu vida dependiera de ello, no lo dudaría ni un segundo. Daría mi vida por ti.
Regresé la mirada hacia él.
No había reproches en sus palabras. Tampoco aquella desesperación que alguna vez había acompañado sus sentimientos. Solo una promesa, pronunciada por alguien que había encontrado la manera de seguir amando sin exigir que ese amor fuera correspondido.
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Editado: 04.11.2026