Los Jinetes (libro 3 De La Saga Kuran)

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Un grito escapó de mis pulmones mientras apretaba con fuerza la mano de Aurora.

—¡Una vez más, Gure! ¡Vamos, puja! ¡Lo estás haciendo bien! —escuché su voz junto a mí.

Obedecí, reuniendo las fuerzas que me quedaban. Al pujar, sentí cómo mis entrañas se estrujaban, arrancándome otro grito. Respiré hondo y, en un último esfuerzo, apreté los dientes De pronto, todo quedó en silencio Parpadeé varias veces, tratando de recuperar el aliento, hasta que un llanto inundó mis oídos. Un llanto pequeño, agudo, que hizo desaparecer por un instante todo el dolor.

Los cabellos rubios de Aurora aparecieron frente a mí. A su lado, la pequeña criatura lloraba mientras ella la sostenía con cuidado.

—Es una niña —anunció con una sonrisa.

Ichigo se acercó para revisar a la recién nacida, asegurándose de que todo estuviera bien. Cuando escuché que estaba sana, sonreí y cerré los ojos un momento, dejando que el dolor comenzara a desvanecerse poco a poco.

—Bien hecho, Gure. Iré por los demás.

Me incorporé despacio sobre la cama y, cuando me entregaron a la bebé, la acomodé entre mis brazos. Era tan pequeña… Su llanto comenzó a disminuir mientras la contemplaba, incapaz de borrar aquella sonrisa de mi rostro.

La puerta se abrió y Zero entró en la habitación. Sonreí al verlo acercarse; detrás de él aparecieron Cross, Kairen y los demás, uno tras otro.

Zero se inclinó para besar mi cabeza.

—¿Estás bien?

Asentí suavemente.

—Déjame verla —pidió Cross, extendiendo los brazos.

Se la entregué con cuidado. Él la contempló con una expresión enternecida, sosteniéndola como si tuviera entre sus brazos el tesoro más preciado del mundo.

—Es hermosa, Gure.

—Pero la pregunta es… ¿creo que no lo es? —intervino Aurora desde uno de los sillones de mi habitación.

Asentí mientras miraba a Kairen. Por un instante, advertí la expectativa en sus ojos; quizá también había esperado que la pequeña fuera una primogénita.

—No, no lo es. —Hice una pausa antes de continuar—. Y eso está bien.

No necesitábamos que nuestra hija ocupara un lugar determinado para que fuera importante.

—¿Cuál es su nombre? —preguntó Lilith, acercándose a Cross para contemplar a la bebé.

Miré a Zero. Él sostuvo mi mirada durante unos segundos y después respondió con firmeza:

—Davina. Su nombre es Davina.

Sonreí al escucharlo. Davina me gustaba cómo sonaba.

—Gure-sama.

La voz de Helena me hizo levantar la mirada. Había aparecido repentinamente en la puerta y su expresión bastó para borrar parte de mi tranquilidad.

—Acaba de suceder algo que necesita su atención.

Miré a Helena y después a Zero.

—Yo me encargo de ella —me aseguró él, comprendiendo de inmediato lo que debía hacer.

Asentí y aparté las sábanas para ponerme de pie. Mi cuerpo todavía resentía el esfuerzo del parto, pero mi capacidad de regeneración ya estaba haciendo su trabajo me dirigí al baño sin decir nada más necesitaba una ducha, cambiarme y descubrir qué había ocurrido porque, por la expresión de Helena, sabía que aquello no podía esperar.

Al bajar las escaleras de la mansión, encontré a Helena y Aido esperándome en el recibidor Helena había sido la guardia personal de Kairen, pero, tras la partida de Akatsuki, comenzó a encargarse de mis asuntos junto a Aido, quien había decidido permanecer a mi lado no podía culpar a Akatsuki por haberse marchado. Sin embargo, habían pasado cinco años desde entonces y, por más que intentara acostumbrarme a su ausencia, había una parte de mí que seguía sintiéndose incompleta vestía una camisa negra y pantalones del mismo color. terminé de acomodarme la ropa mientras me acercaba a ellos.

—¿Qué ocurrió?

Fue Aido quien respondió.

—Desapareció un niño de la familia Asagui.

Me detuve en seco.

—¿Qué?

Aido me entregó la tableta que llevaba entre las manos y caminó conmigo hasta el vehículo. Subí sin perder tiempo, sentándome a su lado mientras él ocupaba el asiento del conductor.

—¿Cómo que desapareció un niño de sangre pura?

—Esa es precisamente la cuestión, Gure.

Fruncí el ceño y dirigí mi atención a la pantalla. El video de seguridad mostraba a varios individuos irrumpiendo en una residencia. No solo se llevaban al niño, sino que asesinaban a sus padres sin vacilar.

Apreté los labios.

—Lo que me estás diciendo es que desapareció toda una familia.

—Así es, Gure. Los mataron a todos y se llevaron al niño.

Desvié la mirada hacia la ventana, intentando ordenar mis pensamientos. Una familia de sangre pura no era precisamente un objetivo sencillo, mucho menos cuando se trataba de un linaje como el de los Asagui.

—Los atacantes llevan algo en las manos —intervino Helena desde el asiento delantero—. Parecen armas.




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