Los Jinetes (libro 3 De La Saga Kuran)

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Después de terminar la ceremonia, Akatsuki y yo nos dirigimos a la mansión principal Kuran, ubicada a las afueras. Al llegar, Aido nos esperaba en las escaleras.

—Está todo listo —dijo.

Continué mi camino sin responder, mientras ambos me seguían al interior de la mansión. Sabían perfectamente lo que venía a continuación, así que ninguno hizo preguntas. Descendimos hasta el sótano, donde me dirigí a una habitación para cambiarme de ropa. Me deshice del vestido que había llevado durante la ceremonia y lo sustituí por unos pantalones de cuero ajustados, una camisa negra y una chaqueta. Después, me solté el cabello, dejando que los mechones rojizos cayeran libremente sobre mis hombros.

No pensaba ensuciar la ropa que había utilizado durante el memorial cuando terminé, salí y me reuní con Aido y Akatsuki. Los tres nos dirigimos a una sala donde el cazador que había sobrevivido se encontraba sentado en una silla Aido se había encargado de curar sus heridas, por lo que el muchacho estaba completamente consciente. No parecía tener más de veinticinco años.

Me detuve en la entrada y observé la habitación durante unos segundos antes de cerrar la puerta el mecanismo de seguridad se activó de inmediato, sellando la estancia.

No quería interrupciones.

Me apoyé contra la puerta, cruzando los brazos mientras observaba al prisionero. Aido y Akatsuki se colocaron frente a él.

—No les diré una mierda. ¿Qué más quieren de mí, vampiros? —escupió el cazador.

Chasqueé la lengua ante su actitud Akatsuki suspiró y se agachó frente a él para mirarlo directamente a los ojos.

—Mira, amigo. Quiero hacer esto de la manera correcta y sin lastimarte. De verdad, eso es lo que quiero. —Hizo una pausa y señaló discretamente en mi dirección—. Pero ¿ves a la pelirroja que está detrás de mí? Ahora mismo está pensando en arrancarte los dedos uno por uno hasta que decidas hablar. Así que te recomiendo que reconsideres tus opciones.

El muchacho apretó la mandíbula.

—¿Y qué importa? De todas formas, van a matarme, ¿no es así?

—¿Qué armas son esas? Habla, chico. Te queda una oportunidad.

Mi voz resonó en la habitación, cortando la conversación el cazador desvió la mirada hacia mí, pero no respondió debajo de sus pies, el suelo comenzó a cubrirse lentamente de una capa de hielo. El frío se extendió por la habitación mientras Aido mantenía la mirada fija en el prisionero.

—¡Dinero! ¡Solo quiero dinero! —exclamó el muchacho.

Me aparté de la puerta y caminé hasta colocarme junto a Akatsuki.

—Mi turno o si no esto avanzara.

Akatsuki me observó durante un instante antes de apartarse. Después, me dio la espalda, dejándome espacio me planté frente al cazador y extendí una mano hacia él.

—Voy a preguntártelo una vez más. ¿De dónde sacaron las armas?

—¡Que te jodan!

No necesité escuchar nada más le sujeté una mano y, con un movimiento brusco, le arranqué uno de los dedos su grito llenó la habitación. La sangre comenzó a correr por su mano mientras yo dejaba caer el dedo al suelo. El muchacho se retorció en la silla, intentando apartarse de mí, pero las ataduras se lo impidieron.

Incliné ligeramente la cabeza, estudiándolo.

—¿Sabes? Podría simplemente introducir mi mano en tu cabeza y freírte el cerebro. —Le apoyé la palma sobre la frente, obligándolo a mirarme—. Pero eso sería demasiado rápido. Y, sinceramente, no tendría ninguna gracia.

—Gure... —La voz de Aido me hizo girar la cabeza.

Lo miré de reojo.

—¿Qué?

Aido mantenía una expresión seria, aunque no necesitaba que dijera nada más para entender lo que estaba pensando volví la atención hacia el cazador.

—No me quites lo divertido, Aido.

Antes de que pudiera responder, volví a concentrarme en mi prisionero otro dedo cayó al suelo. Los ojos del muchacho se abrieron desmesuradamente y su respiración se volvió irregular. El dolor lo hacía jadear, incapaz de mantener la compostura con la que había comenzado el interrogatorio mis ojos adquirieron un tono más intenso, el rojo volviéndose casi imposible de disimular volví a colocar la mano sobre su frente, observándolo mientras intentaba contener los gritos.

—Vamos, muchacho. No puede ser tan difícil responder una pregunta.

Él negó desesperadamente con la cabeza.

—¡No sé nada! ¡Se los juro!

—Entonces empieza a hablar de lo que sí sabes.

Pero sus respuestas continuaron siendo las mismas: negaciones, súplicas y palabras sin sentido Y yo comenzaba a perder la paciencia.

Media hora después, contemplé el cuerpo inmóvil del cazador había muerto sin proporcionarnos la información que necesitábamos Me quedé en silencio unos instantes, observándolo con una mezcla de frustración y desprecio. Todo aquel esfuerzo no había servido para nada.

—No sabía nada —dije finalmente—. Solo les entregaron las armas esta mañana. Tenían que probarlas.

Aido estaba agachado frente a mí, limpiándome las manos manchadas de sangre. Su expresión era seria, y el silencio que nos rodeaba no hacía más que aumentar mi irritación.




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