Las puertas del ascensor se abrieron y seguí a Sebastian por un pasillo de paredes blancas hasta llegar a su oficina. El hombre abrió la puerta y me permitió entrar antes de cerrar detrás de nosotros El lugar era amplio, con ventanales que ofrecían una vista privilegiada de la ciudad. Un escritorio de madera oscura ocupaba el centro de la habitación, rodeado de estanterías y algunos documentos cuidadosamente ordenados.
—Toma asiento, Kura.
—Prefiero quedarme de pie.
Sebastian dejó escapar un suspiro y caminó hasta su escritorio. Se quitó el guante blanco para dejarlo sobre la superficie antes de mirarme.
—Supongo que no has venido hasta aquí para hablar de negocios.
—No me hagas perder el tiempo, Sebastian. ¿Qué está pasando con los cazadores?
—¿Por qué me lo preguntas a mí? —respondió con tranquilidad—. No soy responsable de cada decisión que toman los miembros de esta organización.
Solté una risa sin humor.
—Una familia de sangre pura fue asesinada en su propia residencia. Sus padres están muertos y su hijo ha desaparecido. Tus hombres aparecen en las grabaciones y tú pretendes convencerme de que no sabes nada.
Su expresión se endureció.
—Ten cuidado con lo que dices, Kura. Estás dentro de la Asociación de Cazadores, no en tu mansión. Aquí no puedes entrar, amenazar a mis empleados y exigir respuestas como si fueras dueña de este lugar.
Di un paso hacia su escritorio.
—¿Quieres hablar de amenazas? Podemos hacerlo, Sebastian. Pero ambos sabemos que no te conviene olvidar quién ha contribuido a que esta ciudad se mantenga en pie durante los últimos años.
Sus ojos castaños se clavaron en los míos.
—Y tú no deberías olvidar que el dinero no te convierte en intocable.
Una sonrisa fría se dibujó en mis labios.
—Nunca he necesitado ser intocable para hacer que otros se arrepientan de sus decisiones.
El silencio se extendió entre nosotros. Ninguno apartó la mirada.
Habían pasado años desde la última vez que nuestra conversación había tomado aquel rumbo, pero conocía demasiado bien a Sebastian para confundir su calma con debilidad. Él tampoco necesitaba levantar la voz para dejar claro que no estaba dispuesto a ceder.
—Voy a preguntártelo una vez más —dije—. ¿Quién se llevó al niño?
Sebastian apoyó ambas manos sobre el escritorio.
—Estamos investigando lo sucedido. Por lo que hemos podido averiguar, el ataque no se limitó a la desaparición del menor. Alguien se aseguró de que ninguno de los miembros de la familia pudiera dar la alarma.
—Qué conveniente. Una familia entera asesinada y la Asociación todavía no tiene respuestas.
—No he dicho que no tengamos ninguna.
Entrecerré los ojos.
—Entonces habla.
Sebastian permaneció callado unos segundos antes de continuar.
—Las primeras investigaciones indican que los responsables conocían los movimientos de la familia y sabían exactamente cuándo atacar. No fue un asalto improvisado. Alguien preparó aquello con anticipación.
Mi mandíbula se tensó.
—¿Y todavía no sabes quién fue?
—No con certeza.
—¿O no quieres decírmelo?
Su mirada se volvió más fría.
—No confundas mi prudencia con miedo, Gure. Si sigues presionando de esta manera, terminarás convirtiendo una investigación en un conflicto que ninguno de los dos necesita.
Me acerqué un poco más al escritorio.
—Entonces escucha con atención. No me importa qué acuerdos tengas con tus hombres ni qué secretos guardes dentro de esta organización. Puedes investigar, puedes proteger a tus subordinados y puedes intentar mantener el control de tu preciosa Asociación. Pero si descubro que alguno de tus cazadores está involucrado en la muerte de esa familia, no habrá muro, cargo ni alianza que lo proteja de mí.
Sebastian sostuvo mi mirada sin pestañear.
—Y yo te advierto algo, Kura. No cruces una línea que después no puedas deshacer. Si decides atacar a la Asociación basándote únicamente en tus sospechas, me aseguraré personalmente de que pagues las consecuencias.
La habitación pareció encogerse alrededor de nosotros No había una sola persona en aquella ciudad que pudiera hablarme de esa manera sin conocer los riesgos. Pero Sebastian nunca había sido un hombre que se dejara intimidar con facilidad.
—No me amenaces —murmuré—. No hoy.
—Entonces no me obligues a hacerlo.
Durante unos segundos, ninguno se movió. Después, Sebastian apartó la mirada y volvió a colocarse el guante blanco.
—Si descubro quién hizo esto, me encargaré personalmente del asunto. Te doy mi palabra.
Lo observé con desconfianza.
—Tu palabra no me devolverá a los muertos ni le devolverá su familia a ese niño.
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Editado: 04.11.2026