Entré en mi oficina, seguida de Aurora y Marcel. Cuando los tres estuvimos dentro, la puerta se cerró a nuestras espaldas y dejé escapar un suspiro, agotada.
—¿Cómo es posible que un sesenta por ciento de vampiros estén muertos? —murmuré.
Aurora tomó asiento en el sofá, acomodándose con una pierna cruzada sobre la otra. Marcel se sentó a su lado, aunque su atención permanecía fija en mí.
—Has estado concentrada en la familia Gure muy concentrada —respondió Aurora, intentando encontrar una explicación a todo esto.
Me dejé caer en el borde del escritorio, apoyando una mano sobre la madera mientras dirigía la mirada hacia la mesa situada frente al sofá. Sobre ella descansaba un tablero de ajedrez. Las piezas seguían distribuidas en una partida inconclusa, como si alguien hubiera abandonado el juego antes de conocer el resultado.
Me mordí el labio.
Había algo que no estaba viendo.
Los informes, los testimonios, los registros de los distritos y las declaraciones de los cazadores estaban frente a nosotros. Habíamos revisado cada detalle una y otra vez, buscando alguna conexión que explicara las desapariciones. Sin embargo, cuanta más información reuníamos, más preguntas aparecían.
—¿Crees que Sebastian te está ocultando algo, Gure? —preguntó Marcel.
Levanté la mirada hacia él.
—No quiero pensar que sea así.
Sebastián podía ser muchas cosas, pero acusarlo sin pruebas sería un error. Uno que no estaba dispuesta a cometer, por mucho que la incertidumbre comenzara a carcomerme por dentro.
—Entonces habrá que investigar —repuso Marcel—. No podemos seguir dependiendo de los informes que nos entregan los cazadores. Si hay algo que no quieren que sepamos, tendremos que encontrar otra manera de averiguarlo.
Mis ojos se encontraron con los de Aurora.
—Déjamelo a mí —intervino ella—. Buscaré información entre las brujas. Quizá alguna haya escuchado algo que todavía no ha llegado a nuestros oídos.
Asentí lentamente. No era mucho, pero al menos era un camino por el que podíamos avanzar antes de que pudiera responder, la puerta se abrió de golpe Aido apareció en el umbral.
—Gure, esta noche habrá un evento en memoria de la familia. Necesito que confirmes tu asistencia.
Cerré los ojos y me llevé una mano al rostro por supuesto. Porque, además de intentar descubrir qué estaba ocurriendo en mis distritos, también tenía que ocuparme de los compromisos que acompañaban a mi posición.
—Confirma mi asistencia —respondí con cansancio.
—De acuerdo.
—Ahora, por favor, retírense. Quiero estar sola un momento.
Ninguno protestó. Aurora se levantó del sofá, seguida de Marcel, mientras Aido esperaba unos segundos antes de abandonar también la oficina. La puerta se cerró y, por fin, el silencio volvió a envolverme.
Me giré hacia el escritorio.
Había papeles por todas partes. Informes abiertos, documentos pendientes de revisión, anotaciones escritas a toda prisa y nombres que comenzaban a repetirse en mi cabeza incluso cuando intentaba descansar me pasé ambas manos por el rostro y respiré profundamente ¿Qué era lo que no estaba viendo La pregunta se repetía una y otra vez, sin ofrecerme una sola respuesta?
Había aprendido a desconfiar de las coincidencias, a reconocer las amenazas antes de que llegaran a mi puerta y a anticiparme a quienes creían poder utilizarme. Había sobrevivido a demasiadas cosas como para ignorar aquella sensación que se instalaba en mi pecho.
Pero esta vez era diferente.
No sabía dónde buscar. No sabía en quién confiar. Y lo peor de todo era que, por primera vez en mucho tiempo, tenía la desagradable impresión de que alguien estaba moviendo las piezas de una partida cuyo tablero ni siquiera podía ver.
Mi mirada volvió a detenerse en el ajedrez.
Una partida inconclusa.
Solté una risa seca, sin humor.
—¿Qué demonios se me está escapando?
—Entonces, ¿hoy sí me entregarás avances, doctor Erick?
La voz de Sebastián resonó en una oficina completamente blanca. No había adornos en las paredes ni objetos innecesarios sobre el escritorio. Todo se encontraba perfectamente ordenado, desde los documentos apilados en una esquina hasta los instrumentos que descansaban dentro de una vitrina de cristal.
El hombre sentado detrás del escritorio levantó la mirada.
El doctor Erick acomodó sus lentes con el dedo índice y esbozó una sonrisa discreta. Era alto, de piel blanca, cabello negro y figura delgada. Su aspecto pulcro y su expresión serena no dejaban entrever la naturaleza de los trabajos que llevaba a cabo en aquel lugar.
—Claro, señor. Después de tanto tiempo, finalmente tenemos avances.
Sebastián lo observó durante unos segundos, evaluando sus palabras antes de responder.
—Espero que esta vez no se trate de otra promesa.
#1269 en Fantasía
#158 en Ciencia ficción
magia aventura personajes sobrenaturales, vampiros accion, cazadora de criaturas sobrenaturales
Editado: 04.11.2026