Los Jinetes (libro 3 De La Saga Kuran)

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Después de arrojar a uno de los dos cazadores contra el suelo, meneé la cabeza mientras los observaba no pensé que fueran tan inútiles la frustración que llevaba acumulando durante los últimos días parecía haberse desatado por completo. Ambos tenían el rostro cubierto de sangre y, aun así, seguían empeñados en enfrentarse a mí, como si todavía tuvieran alguna posibilidad de ganar.

Entonces, el arma en espiral de uno de ellos rozó mi mejilla no tuve tiempo de reaccionar una descarga brutal atravesó mi cuerpo, provocando que cayera de rodillas. Sentí cómo mis músculos se contraían sin que pudiera controlarlos. Por un instante, fue como si mi propio cuerpo hubiera dejado de obedecerme.

Maldición.

El otro cazador aprovechó mi debilidad y me sujetó por el cuello. Sus dedos se cerraron alrededor de mi garganta mientras mi cuerpo todavía se estremecía por las descargas bajé la guardia. Qué estúpida apenas tuve tiempo de levantar la mirada cuando el cazador que tenía frente a mí se preparó para atacar de nuevo.

Pero no llegó a hacerlo.

Una mano sujetó la muñeca del hombre que me estrangulaba. El sonido de los huesos al quebrarse se mezcló con su grito de dolor.

Akatsuki.

Lo vi retorcerle el brazo hasta obligarlo a soltarme. Después, con un movimiento seco, tomó al cazador por el cuerpo y lo lanzó contra el arma del segundo hombre la hoja atravesó al primero durante unos segundos, ninguno de los dos se movió.

Entonces sonreí.

Me acerqué al cazador que seguía con vida y lo miré directamente a los ojos. El miedo que apareció en su rostro me resultó casi divertido. Me incliné hacia él y hundí los colmillos en su cuello, bebiendo un poco de su sangre.

La sorpresa se transformó en terror.

Y entonces lo sentí.

La sangre recorrió mi garganta y se extendió por mi cuerpo, despertando una sed que llevaba demasiado tiempo ignorando. Una necesidad intensa, profunda, que amenazó con borrar cualquier pensamiento racional.

Quería más.

—A ti te necesito vivo —murmuré contra su cuello.

Sin embargo, antes de que pudiera apartarme por completo, el cazador cayó inconsciente me enderecé lentamente y chasqueé la lengua al descubrir que Aido estaba detrás de él, con el arma que había utilizado para golpearlo todavía en la mano.

—Basta —me reprochó—. No tienes por qué mancharte la ropa.

Desvié la mirada de golpe.

—No hagas berrinches —intervino Akatsuki, como si aquello fuera lo más normal del mundo—. Tenemos que limpiar este desastre.

Crucé los brazos sobre el pecho y fruncí el ceño.

—No estoy haciendo ningún berrinche.

—Por supuesto que no.

Lo miré de reojo, pero él no pareció interesado en discutir conmigo solté un suspiro y volví la atención hacia el cazador inconsciente.

—Quiero que lo lleven a la mansión de las afueras. Necesitamos interrogarlo. También quiero que encuentren a alguien que se encargue de retirar esas armas. No creo que podamos manipularlas con tanta facilidad.

Aido asintió.

—Me ocuparé de ello. Ya pedí ayuda.

Akatsuki permaneció a mi lado, observándome en silencio. No le pregunté qué estaba pensando. Probablemente había notado mi reacción después de probar aquella sangre, pero no tenía intención de hablar del tema en ese momento me acerqué a él y apoyé el hombro contra su cuerpo, dejando caer parte de mi peso sobre él.

—Te encargarás de llevarme al memorial.

—Está bien —respondió.

—Aido, tú encárgate de lo demás.

—Como órdenes.

Me aparté de Akatsuki y comencé a caminar hacia el automóvil. Él me siguió sin decir nada más subí al vehículo y me acomodé en el asiento, dejando escapar el aire que había estado conteniendo la descarga todavía me molestaba en los músculos, aunque no pensaba admitirlo delante de ellos me llevé los dedos a la mejilla. El roce del arma había dejado una marca, pero no era eso lo que me inquietaba.

Era la sangre.

Cerré los ojos durante un instante, intentando apartar de mi mente aquella sensación. Había bebido apenas un poco y, aun así, la sed había regresado con una intensidad que no me gustaba.

Chasqueé la lengua y retiré la mano del rostro no era el momento para preocuparme por eso tenía un memorial al que asistir y demasiadas preguntas que responder.

—Arranca —ordené.

Akatsuki ocupó el asiento del conductor y puso el automóvil en marcha mientras nos alejábamos, apoyé la cabeza contra el respaldo y observé el paisaje a través de la ventanilla algo me decía que aquella noche no iba a ser tan sencilla como esperaba.

Al llegar a la mansión de los Asagui, bajé del automóvil. Akatsuki ya estaba a mi lado cuando me incorporé, ofreciéndome una mano para ayudarme a descender la acepté sin decir nada y comenzamos a caminar hacia la entrada.

A medida que avanzábamos, las personas que llegaban al memorial se apartaban para dejarnos pasar. Algunos inclinaron la cabeza en señal de respeto, mientras otros pronunciaron mi nombre en voz baja, intercambiando miradas discretas a nuestro paso. La mansión estaba completamente iluminada. Desde el exterior podían distinguirse las luces de los enormes ventanales y las siluetas de quienes se habían reunido en el interior para despedir a la familia fallecida.




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